José Carlos Llop

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Retrato en claroscuro

Si nos quedamos dentro de los parámetros del tiempo, no sé cómo se recordarán estos años del siglo XXI entre los que nacieron en él, pero para los que lo hicimos en el siglo XX tres son las cosas de mayor carga simbólica en un mundo que descree de los símbolos. La primera, el 11 de septiembre de 2001, o la irrupción sangrienta de la Historia desmintiendo su fin. La segunda, el telescopio James Webb, o la milagrosa presencia del tiempo y el espacio que hasta hoy eran no-tiempo y no-espacio y estábamos destinados a no conocer. Y 'last but not least', la desaparición de la Reina Isabel II, o el tiempo que hemos sido y nos ha hecho y desaparece con ella y ella es su metáfora más perfecta, como lo son la rosa y el aleph.…  Seguir leyendo »

Escritura y poder

Existe una conocida fotografía de Stefan Zweig y Joseph Roth, tomada en un café de Ostende en el año 1936. En ella, sólo Roth mira a la cámara y en su gesto ya se adivina su muerte en París, cuando empezaba a oírse el eco de las botas de la Wehrmacht. Nada de eso se vislumbra en el rostro de Zweig, que mira con sonrisa afectuosa a su amigo. Stefan Zweig es, en 1936, un escritor que ha triunfado en Europa y América, un escritor al que el destino sonríe como él sonríe a Roth. Es un hombre rico, elegantemente vestido, acogido en todos los salones.…  Seguir leyendo »

En lo que va de siglo XXI, seis son las películas de mi hit-parade particular:

In the mood for love, de Wong Kar Wai; El arcarusa, de Sokurov; Lust, caution, de Ang Lee; Melancholia, de Lars von Trier; Lavied’Adéle, de Abdellatif Kechiche, y La gran belleza, de Paolo Sorrentino (las dos últimas, de reciente incorporación y todavía bajo su fascinante influjo). Todas ellas son películas lentas y sin embargo no lo resultan más allá de una forma de disfrutar del tiempo y saber usarlo y estirarlo. Todas ellas son ahijadas, en cierto modo, del cine de Antonioni y ahí hay una diferencia generacional.…  Seguir leyendo »

Hace unos años, mientras era juzgado en Italia por sus relaciones con la mafia, Giulio Andreotti se reunía todos los domingos con un grupo de estudios os en la Casa de Dante en Roma. Invitaban a un profesor universitario distinto cada domingo y juntos leían un canto de la La Divina Comedia. Luego, lo comentaban y se iban a casa más eruditos que antes en lo dantesco, adjetivo que no designa un incendio ni una catástrofe por mucho que el periodismo se empeñe y nosotros lo creamos. La imagen de todos leyendo al unísono según qué cantos –en Inferno hay donde elegir– debía de parecer la escena previa de la orgía en Eyes Wide Shut.…  Seguir leyendo »

Hay personajes y personas susceptibles de convertirse en personajes, que están muy bien en los libros y no tanto en la vida. Pueden ser apasionantes literariamente hablando, pero no tomaríamos con ellos ni un café. Hace poco se ha publicado en España una novela francesa —Laurent Binet, su autor— cuyo protagonista es Reinhard Heydrich, aplicado sádico durante la ocupación alemana de Checoslovaquia y uno de los ideólogos de la Solución Final. Es un buen ejemplo, creo, de lo que digo. A estas alturas —otra cosa son los pecados de juventud, que también pueden ser formativos— me iría a comer, encantado, con Petrarca, con Brueghel El Viejo, con Thomas Hardy o con Anthony Powell, pero no —por poner un ejemplo— con el falso conde de Lautréamont, entre otras cosas porque en la única fotografía que de él existe, aparece como un tipo siniestro capaz de meter sus dedos en mi plato (por si no bastara el espíritu que sostiene sus Cantos).…  Seguir leyendo »

Hace algunos años estaba en la habitación de un hotel, ordenando los poemas que iba a leer al cabo de unas horas en la librería Rafael Alberti, en Argüelles, uno de los barrios de Madrid que más me gustan. Me levanté y encendí la televisión, que es algo que se hace en los hoteles para estar menos solo, o solo de otra manera. Fui cambiando de canal hasta que oí una canción de Leonard Cohen: By the river's dark. La película era reciente y sin mucho interés: sucedía en la Alaska actual y había tramperos y una relación amorosa entre un blanco y una india.…  Seguir leyendo »

Cuando apareció en España la última novela de Orhan Pamuk, El Museo de la Inocencia, los pilares de ejemplares en librerías fueron catedralicios. Pamuk no es un autor de bestsellers, pero el éxito sin precedentes —no había ocurrido lo mismo con ninguna de sus novelas— de un libro como Estambul hacían que El Museo... de Pamuk —encima, nobel reciente— se considerase un éxito de ventas antes incluso de su edición española. Y si digo antes es porque durante un año —desde su aparición en Turquía, supongo— los periódicos trataron de la creación de su Museo de la Inocencia con algo más que cierta frecuencia.…  Seguir leyendo »

Mientras las tropas alemanas confiscaban las obras de arte degenerado, orientadas por críticos de arte, anticuarios y marchantes, algunos con el flamante uniforme de la Wehrmacht y otros con el no menos flamante —aunque mucho más siniestro— de las SS, en el París ocupado ocurrían otras cosas relacionadas con estos asuntos. Por ejemplo que entre aquellos que requisaban y apartaban las pinturas condenadas por los nazis, había agentes de Goering que seleccionaban las que tenían que ir a parar a manos de su jefe, mientras que otros hacían lo mismo para Von Ribbentrop, ya saben, el que firmó con Molotov el pacto germano-soviético.…  Seguir leyendo »

Recuerdo la tarde en que compré la primera edición en español de «Villa Triste», la novela de Modiano que acaba de publicar ahora Anagrama [el libro fue editado en 2009]. Fue en el invierno de 1976 y uno de los neones de la librería donde lo hice, parpadeaba con luz grisácea. Yo tenía veinte años y quizá eso contribuyera -el protagonista de «Villa Triste» tenía, más o menos, la misma edad- a que aquella novela llegara a ser una de las principales novelas de mi juventud. Como Patrick Modiano llegaría a ser uno mis autores contemporáneos favoritos.

Las novelas de juventud son como los amores de juventud: atraviesan el tiempo, pero es mejor no tocarlos: pensemos en «El cuarteto de Alejandría».…  Seguir leyendo »

Parece que el Ayuntamiento de Barcelona ha sentenciado las pajarerías de Las Ramblas a un año de vida. Después -y después también de siglo y medio- las jaulas han de desaparecer de uno de los paseos más populares de Europa. No sé lo que pensaría Alfred Hitchcock, ni André Pieyre de Mandiargues -que las retrató en La marge y con esa novela barcelonesa ganó el Goncourt-, allá donde estén uno y otro. Como tampoco sé qué diría Gil de Biedma, cuyo trabajo en la Compañía de Tabacos de Filipinas -su sede, ahora hotel de lujo, estaba en las Ramblas- le hizo escribir ese mantra oficial de la resaca que es el verso y silbarán los pájaros -cabrones-.…  Seguir leyendo »

Hacía apenas una hora que había salido del cine. Al llegar a casa miré una pintura de Venecia que hay en mi biblioteca y, junto a ella, dos libros ilustrados sobre el escritor inglés Evelyn Waugh. Uno lo compré en Londres hace veinte años y se titula Evelyn Waugh y su mundo. El otro es La Generación Brideshead: Evelyn Waugh y sus amigos. En el primero participan distintas personas que conocieron a Waugh de cerca: desde el conde de Birkenhead o Lady Dorothy Lygon, al crítico y escritor David Lodge o el padre D´Arcy, jesuita que contribuyó a su formación católica cuando Waugh -de origen protestante- decidió convertirse al catolicismo.…  Seguir leyendo »

Ocurre con las novelas a veces lo que con ciertas personas que se cruzan en nuestra vida y la cambian de uno ú otro modo. La lectura del Cuarteto de Alejandría, por ejemplo, hecha a edad temprana, no sólo le cambia la vida a uno sino que le da algunas claves para interpretarla e interpretarse a sí mismo en ella. Claves que -como en el famoso poema de Cavafis sobre la ciudad- estarán allá donde vayas. La novela de Lawrence Durrell crea, además, una especie de adicción literaria por ciertos paisajes, ciertas épocas de decadencia y ciertos tipos urbanos. Yo, por ejemplo, he conocido a Nessim y también a Pursewarden.…  Seguir leyendo »

Tengo en una estantería de mi estudio la fotografía de un cuadro de Pelayo Ortega titulado Bosque. Sobre un fondo verde azulado hay en él unos troncos negros que surgen del suelo y unos haces de luz neblinosa que surgen del cielo. Entre ambos -troncos y haces- hay al fondo un ciervo misterioso que cruza el silencio y la escena vacía. El cuadro es de 1990 pero si pensamos la vida como una larga sinfonía, de ese movimiento podría haber nacido la imagen -el acorde- de otra escena silenciosa, esta vez cinematográfica. Me refiero a la película The Queen, en el momento en que con su Land-Rover estropeado junto a un lago de Balmoral, la Reina de Inglaterra ve surgir del bosque un ciervo majestuoso, con los ijares humeantes, que la mira, estático y con un aire más solemne todavía que el que pudiera tener Isabel II en la cena que ofreció al presidente Sarkozy y Carla Bruni.…  Seguir leyendo »

Siempre que voy a París paseo por Palais Royal. Es uno de mis ritos. Si no lo cumpliera no tendría la sensación de haber estado en la ciudad. De Palais Royal me gusta todo: su arquitectura, sus jardines, las modernas columnas de Buren -a medio camino entre los colores de Scully y la señal de tráfico-, sus comercios y, al fondo, el Grand Vefour, aunque haya perdido el Grand por el camino. Me gusta también pensar, mientras paseo bajo sus arcadas, en Jean Cocteau observando desde su apartamento a Cary Grant durante el rodaje de Charada y a Colette, por qué no, haciendo lo mismo desde el suyo con Audrey Hepburn.…  Seguir leyendo »

Hace un par de años, se organizó en París una exposición sobre Camus y Sartre. Es difícil saber si ambos pensaron alguna vez en bailar juntos ese minué, después de tanta esgrima previa y con sable. Sartre supongo que sí: era un hombre que se creía tan merecedor de toda clase de homenajes, que incluso aquellos que acogieran lo que le incomodó en vida, cuestionándole, debían de parecerle bien. Albert Camus no sé, uno tiene la impresión de que ante tal posibilidad habría elegido una exposición privada, quizá al estilo del comienzo de El hombre que amaba a las mujeres y esa escena de las piernas de sus amantes desfilando ante su tumba en una deliciosa sucesión de pas-à-deux.…  Seguir leyendo »

Debo admitir que soy un descreído. Quiero decir que literatura y nación no siempre me parecen conceptos que viajen juntos. Y el hecho de haber nacido en una ciudad, Palma, con dos lenguas -y usarlas indistintamente en mi vida cotidiana-, me imposibilita para creer en maximalismos y declaraciones de pureza. Como lector he disfrutado lo mismo con Ausías March que con Garcilaso, con Llorenç Villalonga que con Baroja, con Cernuda que con Foix... Como escritor, digamos que mi formación literaria le debe tanto a Gabriel Ferrater, como a Proust o a Scott Fitzgerald. No exagero, ni comparo: cada uno tiene el valor que tiene y su grado de influencia -que no depende de la lengua, sino de su uso- es diferente.…  Seguir leyendo »

El escritor húngaro Sándor Márai se exilió de su país natal durante el fascismo de los años veinte, sobrevivió como pudo a la invasión nazi y tuvo que huir de Hungría cuando cayó en las garras del oso comunista. Vivió y envejeció en EE.UU. y ya nunca fue quien había sido: un escritor reconocido en casi toda Europa y muy respetado en su casa, esa cosa tan difícil. Sus obras desaparecieron de las librerías, en Budapest pareció que se lo había tragado un agujero negro y él, mientras tanto, no llegó jamás a acostumbrarse a su nueva vida, lejos de la Europa que había conocido.…  Seguir leyendo »