José María Izquierdo

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de mayo de 2009. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

Que cada palo aguante sus huesos

Ha estado recluido algún tiempo José K. —¡tan añoso!— en su chiribitil, a la espera de que algún amanecer abriera puertas y ventanas. Hoy ya puede salir a la luz, si bien ha preferido hacerlo con gafas oscuras y sombrero mexicano, ambas cosas para evitar el deslumbramiento tras abandonar la oscura cueva, pero este último aderezo, además, como homenaje a Andrés Manuel López Obrador, ándele compadre, a ver hasta dónde llegamos. ¡Cuánta novedad contemplan sus cansados y deslumbrados ojos, desde un mocetón en lugar de un registrador de la propiedad, a un líder o una lideresa más bien jovenzano en la derecha, y mujeres, muchas mujeres donde antes había adustos señores de traje y corbata!…  Seguir leyendo »

Tanto se ha escrito, que seguramente cualquier lector avezado sabe que el juez Pablo Ruz, instructor de los sumarios Gürtel y Bárcenas, ocupa el juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, pero lo hace en comisión de servicios desde junio de 2010. Allí llegó interinamente para sustituir al defenestrado Baltasar Garzón tras una batalla por tierra y mar desatada por todas las fuerzas vivas para acabar con el juez que había hecho explotar el caso Gürtel un año antes con una redada en la que se detuvo a Francisco Correa y demás cómplices. Ruz ha recibido ya varias prórrogas del Consejo del Poder Judicial, y ahora, el 24 de diciembre, vence un penúltimo plazo.…  Seguir leyendo »

A ver cómo crece, si crece, el rollizo bebé

No acaba de verse José K. con esa coleta que de mala manera, urgido por las prisas, ha añadido a su rala cabellera, tan blanca como dispersa. Retuerto ante el espejo en exceso azogado, quería comprobar nuestro hombre si dicho aditamento, tan de moda estos días en el arreglo masculino, traía nuevos aires a su ajado rostro, dotándole de mejor color y un rejuvenecimiento general a su porte, que reconoce algo deteriorado. Y ya, de paso, pretendía comprobar si ese cambio en su aspecto —look, ha oído que le dicen— traería consigo, como guante de látex, similar renovación en los adentros, más exactamente en las entrañas ideológicas, que lleva años oyendo José K.…  Seguir leyendo »

Iluminado por las marchas de la dignidad y alumbrado por el delgado pabilo de una llama temblorosa —el recibo de la luz ha subido en demasía— José K. relee en su tabuco viejos libros que hablan de la Gran Guerra, aquella de la que ahora se cumple el centenario. Enrollado en la manta, que la primavera tarda en asomar, entrevé nuestro hombre algunas semejanzas entre aquellos terribles sucedidos —diez millones de muertos, amén de incontables heridos— y los duros agobios que hoy sufrimos los ciudadanos en esta España asustada y encogida. Aunque no todos, como ahora él mismo nos enseñará.

Locas visiones de entresueños le sugieren a José K.…  Seguir leyendo »

El espejo devuelve a José K. una figura patética. Ha buscado, tantas horas libres en este su forzado tedio de jubilado, en el baúl de los recuerdos —el acompañamiento que sigue se lo deja a ustedes— aquella trenca verde que un día arrambló en el armario, y ya puestos, hasta localizó en un rincón el pantalón de campana que acompañaba, como Pili a Mili o como Engels a Marx, a la citada prenda de abrigo. Ha sustraído con discreción un poco de musgo del belén del portal y se lo ha pegado con cierta habilidad en los carrillos, en un desesperado ensayo por recuperar aquellas patillas de tanto lucimiento.…  Seguir leyendo »

A José K., pobre, le duelen todas las falangetas, falanginas y falanges de todos los dedos de las dos manos. Advierte, en este agitado despertar, que el tormento, además, se transmite a los cinco huesos del metacarpo e incluso a los ocho del carpo —o muñeca— de cada una de ellas. En total, 54 huesecillos, que no son pocos. Pero añadan, por favor, las láminas ungueales, las lúnulas y hasta los hiponiquios, que también le tienen en un ay. Quejido metafórico, afortunadamente, porque nuestro hombre vuelve a mirarse las sarmentosas y manchadas —cosas de la edad— extremidades superiores, y por mucho que se fija, no observa herida, tajo o brecha escandalosa, pero tampoco corte ni incisión ligera.…  Seguir leyendo »

José K. no se quiere levantar esta mañana. Espíritu solidario, afanoso por acompañar siempre los usos de sus conciudadanos, ha decidido hacer lo que todos hacen y que pasa a resumirles con una sola palabra: nada. Eso es lo que él ve —la inacción— y así lo dice. De modo que acurrucado en el refugio del catre, un ojo abierto y el otro cerrado —como todo su entendimiento, a medio funcionar— quiere José K. fantasear sobre las cosas que suceden a su alrededor. En primer lugar, las más inmediatas, como constatar que no se tomará el café con leche en su bar de siempre por un cúmulo de circunstancias.…  Seguir leyendo »

José K. tiene una extraña peculiaridad lingüística. Será, quizá, por ese carácter insurrecto y levantisco que le acompaña desde pequeño —¡qué lejos aquellos tiempos de Pepito K.!— pero que se ha agudizado con la edad, casi tanto como las arrugas de la cara o, admitámoslo, también las del alma. La enfermedad, leve, es sin embargo manifiesta. Así que le dicen dulce y responde acíbar, le dicen blanco y contesta negro, le dicen dios y responde bueno o generoso. No puede remediar esta singularidad, por lo que ahora, a estas alturas de garrota, ha tomado la decisión de adoptarla como se admite a cierta edad la firma y la rúbrica.…  Seguir leyendo »

Vemos a José K. inmerso en un trabajo que ahora conoceremos, más concentrado y afanoso que nunca, sin prestar atención a su emisora de siempre, rumor de fondo en su costroso transistor. Ha optado por quedarse en la mesa de la cocina —única, por otra parte— en el muy modesto tabuco en el que agota sus años de vejez. Íngrimo en su rincón, alejado de ruidos externos perturbadores, nuestro hombre avanza en su labor. José K., impactado por esta vuelta al siglo XX, o quizá al XIX, o al XVIII, o incluso al XVII o el XVI, a los que nos lleva el ministro Wert y su vuelta a la asignatura de religión, ha decidido preparar un esquema para un próximo libro sobre la materia que se podría dar, por ejemplo, en todos los centros de la Comunidad Autónoma de Madrid.…  Seguir leyendo »

José K. se ve a veces protagonista —que no galán— de estrambóticos filmes. Hoy imagina una mezcla imposible de neorrealismo y Apocalypse now. ¡Ama tanto a De Sica! ¡Tanto a Coppola! La escena arranca con una visión de sí mismo en camiseta de tirantes y pantalón de pijama durante el delicado ejercicio diario de colar el café con su obligada manga. Es entonces, ya ven en qué momento tan poco heroico, cuando llega el fin del mundo: un estruendo lo llena todo mientras un tornado de paredes, marcos de ventana, muebles, ollas, vuela a su alrededor en un batiburrillo que apenas en unas décimas de segundo pierden su consistencia para hacerse añicos indiferenciados.…  Seguir leyendo »

No es cierto, se dice José K. en ese duermevela en el que se han convertido sus noches desde hace algunos meses, que el cementerio esté lleno de cenas copiosas. Lo estará, sugiere, de cenas en exceso frugales, como la suya, que la pensión da para lo que da y se acabaron aquellos tiempos de las acelgas y el lenguadito. Las acelgas. Sin más. Y en esa soñera, se entrevé nuestro hombre a sí mismo deambulando por las calles del barrio, vestido con maltrechos harapos que parecen sacados de Los Miserables. Gran Victor Hugo. Quizá por acercarse al siglo, el dios de los sueños le calza, además, un gorro frigio, consciente de que a José K.…  Seguir leyendo »

José K. duerme mal últimamente. Se despierta con la sensación de haber tenido unas pesadillas terribles. Empapado en un reconocible sudor frío, se enrolla la manta alrededor de su ya magro cuerpecillo y corre —es un decir— a hacerse un cafetito en el infiernillo. Amanece por el ventanuco de la cocina y nuestro hombre da por acabada la noche —y el sueño— que para sufrir, mejor se hace bien despierto y con la cabeza lo suficientemente despejada para hacer frente a esa maldad ignota, viscosa y repugnante que le ha despertado con un zarpazo de terror y el corazón en aceleración desbocada.…  Seguir leyendo »

No parece necesario insistir en la existencia ambiental de ese huracán de desafección a la política —y a los políticos— que impregna, como una sustancia viscosa que todo lo cubre y ensucia, tanto sesudos artículos como despejadas charlas de café. Leemos y oímos que la maldad intrínseca de cuanto personal se dedica al ejercicio de la representación política solo es comparable al nivel de su corrupción. Hablamos de las élites extractivas que dicen algunos intelectuales y esos chorizos que nos cuentan algunos taxistas. Que son los mismos: los políticos. ¿Pero lo son algunos? ¿Pocos, muchos, o quizá lo son todos? Todos, todos ellos sin excepción.…  Seguir leyendo »

Ha decidido José K. doblar su carta —hecha a mano, papel fino, rayado, para no desviar la letra, algo temblorosa ya— y meterla dentro de una botella del vino blanco que se ha racionado durante tres meses. Si le quedaran fuerzas, ensueña, aprovecharía algún viaje del Inserso y se acercaría a un trocito de playa que entrevé libre, ya dispuesta a morir ahogada, que pronto llegará Miguel Arias Cañete para llenarla de hoteles donde estirados camareros untarán la manteca colorá con arte y oficio. Allí se ve José K., lanzando la botella al mar con un sonoro grito cual si fuera un enfático actor en un anfiteatro siciliano: “Para que sepas encarar tu duro destino, ahí te llega el mensaje de un anciano que un día vio la luz y hoy anda a tientas por un negro túnel”.…  Seguir leyendo »

José K. lleva unos días entrenándose. Se pone el despertador a horas imprevistas y baja corriendo —así, iluso, llama él a su trotecillo— hasta el portal de su casa. Que a falta, primero, de un búnker, segundo, de un refugio antiatómico, no tiene más remedio nuestro hombre que llegarse hasta la estación de metro más cercana, lo que causa alguna escena de pavor en el respetable, cuando ven entrar, un punto acelerado, a un anciano barbado en pijama, con el orinal y una bolsa con dos bocadillos y un botellín de agua. Más las pastillas. Y es que José K. está asustado, que hasta duda de si un pobre jubilado como él puede tener voz en esta gran debacle, en esta hecatombe.…  Seguir leyendo »

Confía José K., quizá de forma irresponsablemente ingenua, en que al menos no lleguen a los castigos físicos. Nos recortarán, nos achucharán, nos encogerán, harán papiroflexia -mire qué bonita la pajarita que nos ha salido- con los papeles donde teníamos grabados nuestros derechos, nos cerrarán refugios y si dejan alguno, quizá algún hospital, nos cobrarán la entrada, primero, y cada latido advertido por el estetoscopio sonará con el clic de las cajas registradoras. Pero José K. espera, vaya usted a saber por qué, que no nos apaleen. Algo es algo, se dice mientras ve en el espejo del cuarto de baño esa cara agrietada por los años, sí, pero también por repetir una y otra vez la misma frase: ¿aún quieren más?…  Seguir leyendo »

¡Cuánta dificultad entraña tomar la decisión justa y oportuna ante las complejas disyuntivas económicas! ¿Habrá acertado Jean-Claude Trichet en subir del 1,25% al 1,50% el precio del dinero? ¿Hizo bien Rodrigo Rato en rebajar hasta 3,75 euros la acción de Bankia, e incluso salir a Bolsa para que todos, oh, maravilla, seamos, por fin, banqueros? ¿Y Yorgos Papandreu en sumar 23.000 millones más a los miles y miles de millones que ya ha recortado?

Así que José K. se debate en un piélago de dudas. Dada la actual situación de miseria a la que nos vemos abocados, ¿qué repercusiones tendrá el desembolso del coste del café, y además cortado, en mi establecimiento habitual?…  Seguir leyendo »

José K. pensó primero en la gorra con la visera hacia atrás, los pantalones caídos y las deportivas fosforito. Excesivo: el disimulo nunca puede ser grosero. Optó, finalmente, por algo más apropiado a su edad y condición: de ejecutivo. Así que se puso el traje que utilizaba en su vida laboral para asistir a las reuniones con los jefes, se compró una corbata rosa de Hermès en un África-manta y rescató del camaranchón un maletín pertinente que le regalaron en la agencia de viajes una vez que fue a Benidorm; de plástico, claro, pero idéntico a la salvaje piel de cocodrilo.…  Seguir leyendo »

Tiene prisa José K. por salir a la calle y consumir estos últimos días de sol. Abre el armario y elige, que hay relente, sacar la ropa de invierno, que de entretiempo solo tienen los ricos. Se ciñe el pantalón y una negra nube le distorsiona la vista del astro luminoso.

Concluye en ese momento que sus ideas prioritarias para el último trimestre de este difícil 2010 serán la lucha contra el hambre mundial y perder los dos o tres kilos que le impiden vestir con holgura el pantalón de mezclilla de años pasados. Escéptico ante sus fuerzas, se conforma con lograr alguna aminoración de la hambruna mundial.…  Seguir leyendo »

Un joven ejecutivo de una firma de grandes almacenes ha conseguido unos magníficos resultados en la sucursal de su empresa, pongamos un ejemplo cualquiera, en Parla, Madrid. El gran jefe de la firma llama a su ejecutivo y le dice: “Veamos: como has obtenido esos buenos resultados, te voy a nombrar director de la gran sucursal del mejor barrio de Madrid. Tenemos una competidora muy, muy fuerte en aquella zona y tenemos que superarla”. Pasa que a los tres años las ventas no solo no han mejorado, sino que la competidora ha engordado en ventas y beneficios, y cada día aparece más rolliza y lustrosa, y la diferencia con la tienda que rige el otrora titán de Parla es aún mayor.…  Seguir leyendo »