José María Izquierdo

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de diciembre de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

No sabe José K., antiguo en sus saberes, si elegir para describir el actual panorama la novela de Joseph Conrad o la película de Ridley Scott. Decide finalmente que ambos ejemplos valen, espléndida la novela, magnífica la película: Los duelistas. Recuerden a Gabriel Feraud, el oficial de caballería, y al también teniente de húsares Armand d’Hubert, o a Harvey Keitel y Keith Carradine, si así lo prefieren. Duró aquel duelo, tan encarnizado como carente de sentido, cerca de 15 años. Una cuenta simple: si suponemos que todo empezó con el primer no, sonoro y grosero, de Pablo Iglesias a Pedro Sánchez en 2016, estaríamos en condiciones de calcular, a ojo de cubero mediano, que quizá allá en 2031 estos dos señoritos del pan pringado hayan acabado sus ridículos duelos a muerte y nos liberen entonces a todos los sufridos espectadores de este inaguantable ritornello de dagas y espadas.…  Seguir leyendo »

Por escrito. Y público y transparente

Ha llegado José K. hace muchos años a esa edad en la que futuro es una palabra de muy corto significado, que apenas se conjuga en meses o a lo sumo en un puñadito de años, pero ya nunca, ay, en décadas. Quizá por eso los sueños disminuyen en amplitud, y, antes que la justicia cósmica, bastará para el contento con que no duela el hombro hoy, la rodilla mañana, el azúcar no se dispare y la tensión se mantenga ahí, terciadita.

Pero aun artrítico y con menos resuello que un muñeco de peluche, nuestro hombre permanece recio en su pensamiento, satisfecho en su interior de que le llamen antiguo, los más educados, y antigualla viviente, los pocos que conocen la palabra.…  Seguir leyendo »

Antes de echar los tres cerrojos a su parvo zaquizamí, labor tan cotidiana como estúpida, porque nada tiene que proteger de nadie, decide José K. echarse un último vistazo en el espejo del cuarto de baño, un día amenazado por el paso del tiempo pero hoy ya, desgraciadamente, invadido por el azogue. Primero se gusta con el sombrero tirolés de caza, con pluma incluida, acompañado de la funda del rifle con la bandera de España, que alterna con el sombrero cordobés —un punto ladeado— y el chaleco corto de paseo para la capea, y culmina su pase de modelos con los zahones de becerro para el caballista.…  Seguir leyendo »

Un entrañable cuento de Navidad. O no

Usted saluda al vecino del cuarto, al carnicero o a la farmacéutica, tan amables, y quizá han votado a Vox. Esa es la realidad.

Ha recordado esta mañana José K., ya de memoria feble y selectiva, que un diciembre de hace más de una década entró en el chino de calle abajo. Todavía hoy mantiene en la retina aquella fabulosa mezcla de colores y texturas, de plásticos y lentejuelas. De aquel día le ha asaltado hoy el recuerdo de unos vistosos trajes de Melchor, Gaspar y Baltasar, ricas coronas incluidas, como de Papá Noel, blanquísimas barbas y sacos generosos. ¿Cómo elegir entre unos y otros?…  Seguir leyendo »

De hienas, buitres y coleópteros

¿Será suficiente con una escafandra, quizá prestada por el Museo Naval? ¿Bastará con una máscara antigás, de fácil acceso en Amazon, un día de espera y en tu propio domicilio? Quiere José K. prepararse a conciencia para salir de su escueto tabuco y asomarse a su umbroso callejón, pero teme que tanta mugre y roña como percibe en estos últimos meses ahogue sus ya machacados pulmones, que tres paquetes diarios de Camel son muchos paquetes y mucho Camel.

Logramos salir vivos, aunque renqueantes, de esa atmósfera viciada que dejó la apestosa corrupción de un Gobierno y un partido, abrumados todos por la miseria y la grosería de tanta y tanta operación, que si Gürtel, que si Lezo, que si la madre que la parió.…  Seguir leyendo »

Que cada palo aguante sus huesos

Ha estado recluido algún tiempo José K. —¡tan añoso!— en su chiribitil, a la espera de que algún amanecer abriera puertas y ventanas. Hoy ya puede salir a la luz, si bien ha preferido hacerlo con gafas oscuras y sombrero mexicano, ambas cosas para evitar el deslumbramiento tras abandonar la oscura cueva, pero este último aderezo, además, como homenaje a Andrés Manuel López Obrador, ándele compadre, a ver hasta dónde llegamos. ¡Cuánta novedad contemplan sus cansados y deslumbrados ojos, desde un mocetón en lugar de un registrador de la propiedad, a un líder o una lideresa más bien jovenzano en la derecha, y mujeres, muchas mujeres donde antes había adustos señores de traje y corbata!…  Seguir leyendo »

Tanto se ha escrito, que seguramente cualquier lector avezado sabe que el juez Pablo Ruz, instructor de los sumarios Gürtel y Bárcenas, ocupa el juzgado número 5 de la Audiencia Nacional, pero lo hace en comisión de servicios desde junio de 2010. Allí llegó interinamente para sustituir al defenestrado Baltasar Garzón tras una batalla por tierra y mar desatada por todas las fuerzas vivas para acabar con el juez que había hecho explotar el caso Gürtel un año antes con una redada en la que se detuvo a Francisco Correa y demás cómplices. Ruz ha recibido ya varias prórrogas del Consejo del Poder Judicial, y ahora, el 24 de diciembre, vence un penúltimo plazo.…  Seguir leyendo »

A ver cómo crece, si crece, el rollizo bebé

No acaba de verse José K. con esa coleta que de mala manera, urgido por las prisas, ha añadido a su rala cabellera, tan blanca como dispersa. Retuerto ante el espejo en exceso azogado, quería comprobar nuestro hombre si dicho aditamento, tan de moda estos días en el arreglo masculino, traía nuevos aires a su ajado rostro, dotándole de mejor color y un rejuvenecimiento general a su porte, que reconoce algo deteriorado. Y ya, de paso, pretendía comprobar si ese cambio en su aspecto —look, ha oído que le dicen— traería consigo, como guante de látex, similar renovación en los adentros, más exactamente en las entrañas ideológicas, que lleva años oyendo José K.…  Seguir leyendo »

Iluminado por las marchas de la dignidad y alumbrado por el delgado pabilo de una llama temblorosa —el recibo de la luz ha subido en demasía— José K. relee en su tabuco viejos libros que hablan de la Gran Guerra, aquella de la que ahora se cumple el centenario. Enrollado en la manta, que la primavera tarda en asomar, entrevé nuestro hombre algunas semejanzas entre aquellos terribles sucedidos —diez millones de muertos, amén de incontables heridos— y los duros agobios que hoy sufrimos los ciudadanos en esta España asustada y encogida. Aunque no todos, como ahora él mismo nos enseñará.

Locas visiones de entresueños le sugieren a José K.…  Seguir leyendo »

El espejo devuelve a José K. una figura patética. Ha buscado, tantas horas libres en este su forzado tedio de jubilado, en el baúl de los recuerdos —el acompañamiento que sigue se lo deja a ustedes— aquella trenca verde que un día arrambló en el armario, y ya puestos, hasta localizó en un rincón el pantalón de campana que acompañaba, como Pili a Mili o como Engels a Marx, a la citada prenda de abrigo. Ha sustraído con discreción un poco de musgo del belén del portal y se lo ha pegado con cierta habilidad en los carrillos, en un desesperado ensayo por recuperar aquellas patillas de tanto lucimiento.…  Seguir leyendo »

A José K., pobre, le duelen todas las falangetas, falanginas y falanges de todos los dedos de las dos manos. Advierte, en este agitado despertar, que el tormento, además, se transmite a los cinco huesos del metacarpo e incluso a los ocho del carpo —o muñeca— de cada una de ellas. En total, 54 huesecillos, que no son pocos. Pero añadan, por favor, las láminas ungueales, las lúnulas y hasta los hiponiquios, que también le tienen en un ay. Quejido metafórico, afortunadamente, porque nuestro hombre vuelve a mirarse las sarmentosas y manchadas —cosas de la edad— extremidades superiores, y por mucho que se fija, no observa herida, tajo o brecha escandalosa, pero tampoco corte ni incisión ligera.…  Seguir leyendo »

José K. no se quiere levantar esta mañana. Espíritu solidario, afanoso por acompañar siempre los usos de sus conciudadanos, ha decidido hacer lo que todos hacen y que pasa a resumirles con una sola palabra: nada. Eso es lo que él ve —la inacción— y así lo dice. De modo que acurrucado en el refugio del catre, un ojo abierto y el otro cerrado —como todo su entendimiento, a medio funcionar— quiere José K. fantasear sobre las cosas que suceden a su alrededor. En primer lugar, las más inmediatas, como constatar que no se tomará el café con leche en su bar de siempre por un cúmulo de circunstancias.…  Seguir leyendo »

José K. tiene una extraña peculiaridad lingüística. Será, quizá, por ese carácter insurrecto y levantisco que le acompaña desde pequeño —¡qué lejos aquellos tiempos de Pepito K.!— pero que se ha agudizado con la edad, casi tanto como las arrugas de la cara o, admitámoslo, también las del alma. La enfermedad, leve, es sin embargo manifiesta. Así que le dicen dulce y responde acíbar, le dicen blanco y contesta negro, le dicen dios y responde bueno o generoso. No puede remediar esta singularidad, por lo que ahora, a estas alturas de garrota, ha tomado la decisión de adoptarla como se admite a cierta edad la firma y la rúbrica.…  Seguir leyendo »

Vemos a José K. inmerso en un trabajo que ahora conoceremos, más concentrado y afanoso que nunca, sin prestar atención a su emisora de siempre, rumor de fondo en su costroso transistor. Ha optado por quedarse en la mesa de la cocina —única, por otra parte— en el muy modesto tabuco en el que agota sus años de vejez. Íngrimo en su rincón, alejado de ruidos externos perturbadores, nuestro hombre avanza en su labor. José K., impactado por esta vuelta al siglo XX, o quizá al XIX, o al XVIII, o incluso al XVII o el XVI, a los que nos lleva el ministro Wert y su vuelta a la asignatura de religión, ha decidido preparar un esquema para un próximo libro sobre la materia que se podría dar, por ejemplo, en todos los centros de la Comunidad Autónoma de Madrid.…  Seguir leyendo »

José K. se ve a veces protagonista —que no galán— de estrambóticos filmes. Hoy imagina una mezcla imposible de neorrealismo y Apocalypse now. ¡Ama tanto a De Sica! ¡Tanto a Coppola! La escena arranca con una visión de sí mismo en camiseta de tirantes y pantalón de pijama durante el delicado ejercicio diario de colar el café con su obligada manga. Es entonces, ya ven en qué momento tan poco heroico, cuando llega el fin del mundo: un estruendo lo llena todo mientras un tornado de paredes, marcos de ventana, muebles, ollas, vuela a su alrededor en un batiburrillo que apenas en unas décimas de segundo pierden su consistencia para hacerse añicos indiferenciados.…  Seguir leyendo »

No es cierto, se dice José K. en ese duermevela en el que se han convertido sus noches desde hace algunos meses, que el cementerio esté lleno de cenas copiosas. Lo estará, sugiere, de cenas en exceso frugales, como la suya, que la pensión da para lo que da y se acabaron aquellos tiempos de las acelgas y el lenguadito. Las acelgas. Sin más. Y en esa soñera, se entrevé nuestro hombre a sí mismo deambulando por las calles del barrio, vestido con maltrechos harapos que parecen sacados de Los Miserables. Gran Victor Hugo. Quizá por acercarse al siglo, el dios de los sueños le calza, además, un gorro frigio, consciente de que a José K.…  Seguir leyendo »

José K. duerme mal últimamente. Se despierta con la sensación de haber tenido unas pesadillas terribles. Empapado en un reconocible sudor frío, se enrolla la manta alrededor de su ya magro cuerpecillo y corre —es un decir— a hacerse un cafetito en el infiernillo. Amanece por el ventanuco de la cocina y nuestro hombre da por acabada la noche —y el sueño— que para sufrir, mejor se hace bien despierto y con la cabeza lo suficientemente despejada para hacer frente a esa maldad ignota, viscosa y repugnante que le ha despertado con un zarpazo de terror y el corazón en aceleración desbocada.…  Seguir leyendo »

No parece necesario insistir en la existencia ambiental de ese huracán de desafección a la política —y a los políticos— que impregna, como una sustancia viscosa que todo lo cubre y ensucia, tanto sesudos artículos como despejadas charlas de café. Leemos y oímos que la maldad intrínseca de cuanto personal se dedica al ejercicio de la representación política solo es comparable al nivel de su corrupción. Hablamos de las élites extractivas que dicen algunos intelectuales y esos chorizos que nos cuentan algunos taxistas. Que son los mismos: los políticos. ¿Pero lo son algunos? ¿Pocos, muchos, o quizá lo son todos? Todos, todos ellos sin excepción.…  Seguir leyendo »

Ha decidido José K. doblar su carta —hecha a mano, papel fino, rayado, para no desviar la letra, algo temblorosa ya— y meterla dentro de una botella del vino blanco que se ha racionado durante tres meses. Si le quedaran fuerzas, ensueña, aprovecharía algún viaje del Inserso y se acercaría a un trocito de playa que entrevé libre, ya dispuesta a morir ahogada, que pronto llegará Miguel Arias Cañete para llenarla de hoteles donde estirados camareros untarán la manteca colorá con arte y oficio. Allí se ve José K., lanzando la botella al mar con un sonoro grito cual si fuera un enfático actor en un anfiteatro siciliano: “Para que sepas encarar tu duro destino, ahí te llega el mensaje de un anciano que un día vio la luz y hoy anda a tientas por un negro túnel”.…  Seguir leyendo »

José K. lleva unos días entrenándose. Se pone el despertador a horas imprevistas y baja corriendo —así, iluso, llama él a su trotecillo— hasta el portal de su casa. Que a falta, primero, de un búnker, segundo, de un refugio antiatómico, no tiene más remedio nuestro hombre que llegarse hasta la estación de metro más cercana, lo que causa alguna escena de pavor en el respetable, cuando ven entrar, un punto acelerado, a un anciano barbado en pijama, con el orinal y una bolsa con dos bocadillos y un botellín de agua. Más las pastillas. Y es que José K. está asustado, que hasta duda de si un pobre jubilado como él puede tener voz en esta gran debacle, en esta hecatombe.…  Seguir leyendo »