Josep Maria Birulés

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Unas semanas atrás, en EL PAÍS y descolgándola de las voces de un sueño, Javier Cercas transcribía una paradoja: el catalán que no quiere la independencia no tiene corazón y el que la quiere no tiene cabeza. Buen estímulo para resumir cómo bastantes de sus paisanos hemos llegado lentamente a una paradoja simétrica a la que invocaba mi inteligente convecino.

Una porción nutrida de habitantes de Cataluña hemos vivido, desde mediados los setenta, con un marcado interés por nuestra nacionalidad catalana y tratando de no contaminarlo por la neurosis -o desfachatez- de tornarnos en nacionalistas. El interés por la patria abarcaría nuestros deberes en cuanto al medio ambiente, al urbanismo y al patrimonio público, a la calidad de la escuela y del mundo sanitario, a la mejora del civismo y conducta pública, al nivelado de los estratos sociales, a la apertura cordial y atenta al mundo, a la concertación española y europea… Y no menos en cuanto a la lengua propia del país, maltratada y orillada, matriz de una cultura que, como las de otros, reclama de sus nacionales conscientes el uso, la corrección, la extensión, el cuidado del legado y el cultivo de su actualidad.…  Seguir leyendo »