Juan Manuel de Prada

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de diciembre de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

Hace algunas semanas, en los colegios de Madrid (ignoro si sucedió lo mismo en otros lugares) se decretó un viernes festivo. Traté de averiguar, sin éxito, cuál era la efeméride o el santo cuya memoria se conmemoraba; finalmente, tras no pocas pesquisas, supe que el viernes de marras se había decretado festivo por una muy mostrenca y cerril razón: al confeccionarse el calendario escolar o firmarse los convenios docentes, se había resuelto que hubiese X días lectivos; y, puesto que restaba un día excedente de la cifra tasada, se había determinado declarar festivo, a mitad del segundo trimestre, un día cualquiera, a ser posible arrimado al fin de semana.…  Seguir leyendo »

Tiene su gracia (aunque sea gracia siniestra) que una época tan adversa a todo lo que El Greco amó y anheló, creyó y celebró en sus cuadros lo conmemore en estos días; pero es la nuestra una época tan embotada y agónica, tan petulante y ahíta de pacotillas, que se cree capaz de desentrañar (de vaciar de entrañas y de sentido) todo lo bueno, bello y hermoso que nos ha legado nuestro pasado; y también segura de que lo bueno, bello y hermoso, desentrañado de su sentido, podrá incorporarse al batiburrillo de banalidades con que acuchillamos nuestro espíritu. Pero la pintura de El Greco es un caballo de Troya demasiado indigesto, incluso para el cinismo contemporáneo; y, con un poco de suerte, hasta es posible que estas conmemoraciones del cuarto centenario de la muerte de El Greco sirvan para enterrar un poco más el cadáver agusanado y fétido de nuestra época.…  Seguir leyendo »

Quienes, al igual que Borges, nos habíamos figurado el paraíso bajo la especie de una biblioteca, estamos de luto. Primeramente, la teología postconciliar demolió los paisajes de la vida futura, diciéndonos que el infierno no era un «lugar físico»; de donde se derivaba, inevitablemente, que el paraíso tampoco. Y un paraíso que ya no fuese concebible bajo la especie de una biblioteca, sino como un no-lugar (utopos), empezó a olernos a chamusquina utópica. Cuando ya parecía que toda esta pachanga teológica declinaba, la tecnología vino a rematar la faena: no es que el paraíso no pueda ya concebirse bajo la especie de una biblioteca, es que las bibliotecas han dejado de ser un lugar paradisíaco.…  Seguir leyendo »

Estamos asistiendo, lenta pero inexorablemente, a la agonía de la que, tal vez, haya sido la más vigorosa forma de expresión artística del último siglo (y, sin duda alguna, la más popular y multitudinaria); y lo más trágico es que dicha agonía, en su fase postrera, está adquiriendo los rasgos propios de un suicidio. No se trata, ciertamente, de un fenómeno nuevo: casi todas las creaciones humanas, llegadas a su decrepitud, perecen poseídas por un sordo frenesí autodestructivo, como hastiadas de sí mismas; y aunque a simple vista parezca que mueren por culpa de agentes externos hostiles, resulta siempre que ellas mismas se han administrado el veneno que acelera su aniquilación, pensando que se trataba del antídoto que garantizaba su supervivencia.…  Seguir leyendo »

Tal día como hoy, hace exactamente un siglo, nacía en el Teatro Real de Madrid –donde su padre trabajaba como administrador– Rafael Gil (1913-1986), uno de los más grandes genios del cine español. Que su centenario esté pasando de puntillas, ignorado por los repartidores de bulas que manejan el cotarro cultural, nos confirma que España sigue siendo, tal vez sin remedio, un país en el que el sectarismo ideológico campa por sus fueros; y en donde cualquier intento de reconstrucción ecuánime de nuestra tradición artística se revela quimérico. Pero que la figura de Rafael Gil siga siendo despachada con sumario desdén por los comisarios políticos debe, sin embargo, considerarse un timbre de gloria; pues ya nos advertía Cernuda que los insultos, según de quién procedan, pueden ser calificados como «formas amargas del elogio».…  Seguir leyendo »

Señalaba Gustave Thibon que, cuando las instituciones son fuertes e inamovibles, están por encima de las personas que las representan, a las que sostienen; en nuestra época, caracterizada por el debilitamiento de las instituciones, muchas veces son las personas las que sostienen las instituciones. Dante, por ejemplo, pudo permitirse el lujo de incluir en el elenco de condenados al «che fece per viltade il gran rifiuto», refiriéndose tal vez a Celestino V, que renunció a la tiara pontificia (y que, sin embargo, luego sería elevado a los altares), sin que por ello se menoscabara el prestigio del papado. Hoy, a diferencia de lo que ocurría en tiempos de Dante, tiende a encumbrarse a las personas que encarnan el papado, a veces con fer vorín idolátrico; pero tales excesos ditirámbicos –tan vacuos– ocurren mientras los enemigos de la Iglesia se emplean mucho más eficazmente en desprestigiar la institución.…  Seguir leyendo »

La publicación de La infancia de Jesús desató un alud de comentarios periodísticos de apariencia eutrapélica (e intención malévola) en los que se sostenía que «Benedicto XVI negaba la presencia del buey y la mula en el portal de Belén». Naturalmente, se trataba de una tergiversación taimada de las palabras del Papa, muy ilustrativa de los métodos sibilinos que hoy se emplean para erosionar la fe de los sencillos. Se empieza diciendo que en el pesebre de Belén no hubo animales; y se acaba concluyendo que la Virgen no era virgen, que San José no era santo, que Jesús era un hombre como nosotros y que, en fin, el misterio de la Navidad no es otra cosa sino una superstición propia de ignorantes.…  Seguir leyendo »

Una de las muestras más mugrientas y abismales de la miseria humana (miseria engalanada con el birrete académico, glosada por plumíferos parasitarios, orgiásticamente celebrada por la propaganda anticatólica) nos la brindan los intentos de caracterizar patológicamente a Santa Teresa de Jesús y de interpretar sus éxtasis místicos como deliquios o visiones de naturaleza erótica. Se trata, quizá, del episodio más sórdido, el vómito último y bituminoso de la leyenda negra, empeñada siempre en ensuciar cuanto hay de enaltecedor y honroso en nuestra historia; y aquí dispuesta a envilecer la más sublime encarnación del ge ni o español y católico, en una muestra aberrante de lo que Leonardo Castellani llamaba el «tercer grado de la desesperación», que consiste en «la colusión barrosa de la religiosidad con un sustituto grotesco y horrible» de naturaleza sexual, prueba evidente de la descomposición de un mundo dejado de la mano de Dios que da las boqueadas y se muere pataleando, porque le falta la razón del vivir.…  Seguir leyendo »

Seguramente no exista, entre todas las aspiraciones humanas, otra más noble y primordial que el amor; seguramente toda nuestra andadura terrenal puede resumirse en el deseo de amar y ser amados. Pero ¿qué es exactamente el amor? Poetas, novelistas, antropólogos, filósofos, han tratado con mayor o menor fortuna de dar respuesta a esa pregunta, que tal vez no sea sino el intento de explicar la razón del vivir, pues una vida sin amor es una vida sin sustancia y sin norte, condenada a la esterilidad y a la desesperación. Muchas son las expresiones del amor humano, de esa necesidad que las personas tienen de estar ligadas entre sí, de vivir unas por otras y para otras, de encontrar esa comunión que restablece la armonía de lo creado; pues, en efecto, nada hay en el mundo que exista de forma aislada o independiente.…  Seguir leyendo »

Hace diez o doce años publicaba Félix de Azúa un artículo que me impresionó muy vivamente. El autor había asistido al funeral de un amigo y glosaba el sermón del cura, en el que se vino a decir que tras la muerte «nos disolvemos en la luz divina como chispas devoradas por un alegre y vertiginoso incendio». Escuchando este sermón, Azúa se sorprendió de que los católicos nos conformáramos con esta versión amputada de la Gloria eterna; e incluía en su artículo este vigoroso apóstrofe: «Católicos, no os dejéis arrebatar la Gloria de la carne. No os hagáis hegelianos. Que, sobre todo, el cuerpo sea eterno es la mayor esperanza que se pueda concebir y sólo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara.…  Seguir leyendo »

Seguramente sea el Evangelio de San Marcos el más cercano en el tiempo a los hechos que relata; y es, desde luego, el más liberado de florituras literarias, el más «pegado al terreno», con esa sequedad esencial que sólo poseen las grandes crónicas periodísticas. Al principio de su Evangelio, Marcos nos narra con su habitual despojamiento un episodio muy inquietante y revelador. Jesús se halla en Carfarnaún, enseñando en la sinagoga. De repente, un endemoniado se pone a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios». Jesús manda callar al espíritu inmundo que habla por boca del endemoniado y le ordena abandonar su cuerpo; orden que el espíritu inmundo acata a regañadientes, no sin antes ofrecer el numerito que uno se espera del demonio: «El espíritu inmundo lo retorció violentamente y, dando un grito muy fuerte, salió de él».…  Seguir leyendo »

«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe», reprende San Pablo a los miembros de la comunidad cristiana de Corinto. Y, en efecto, sólo la Resurrección de Cristo da sentido completo a la Encarnación, a la Redención y a la vida futura que se nos ha prometido a cada uno de nosotros, tras la Parusía. Pero, ¿cómo fue esa resurrección que anticipa la nuestra? No fue un mero revivir a la existencia terrena, como el de Lázaro o el de la hija de Jairo, sino que pasó «del estado de muerte a otra vida más allá del tiempo y del espacio», leemos en el Catecismo (nº 646).…  Seguir leyendo »

Escribía Chesterton que sólo quien nada a contracorriente sabe con certeza que está vivo. Se trata, desde luego, de un ejercicio nada plácido, pues la energía que el nadador a contracorriente emplea en cada brazada no se corresponde con un avance proporcional; y basta con que flojee en su ímpetu para que la tentación del desistimiento haga mella en él. Quien nada a favor de la corriente, en cambio, no tiene que molestarse en bracear; y ni siquiera es preciso que esté vivo, pues la corriente seguiría arrastrándolo como si tal cosa. Las grandes batallas del pensamiento, las conquistas que han ensanchado el horizonte humano, siempre se han librado a contracorriente; y, con frecuencia, quienes se atrevieron a protagonizarlas fueron contemplados por sus contemporáneos como retrógrados, incluso como peligrosos delincuentes.…  Seguir leyendo »