Luis del Val

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de diciembre de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

En la última novela que he leído de Richard Ford -«Francamente, Frank»- el personaje principal confiesa lo siguiente: «Siempre he aguantado bien las estupideces, por eso duermo a pierna suelta por la noche». Me llamó la atención, porque yo duermo bastante bien, aunque no me atreva a hacerlo a pierna suelta, por miedo a amanecer cojo al día siguiente, pero no aguanto las estupideces. Bueno, ni las groserías, ni las mentiras, ni las fanfarronadas, y la consecuencia de esta ausencia de templanza y mansedumbre es que me indignan, lo que pone en marcha la descarga de adrenalina, con lo que tengo a las suprarrenales bastante entretenidas, teniendo en cuenta que vivo en un país como España, donde las tonterías contemporáneas se suceden de manera apabullante.…  Seguir leyendo »

Apolo y Venus han huido

Mi amigo José Ros, que ha pasado un cuarto de su vida volando desde Madrid a Málaga, y viceversa, me tiene definido que el verano llega a España cuando ves a la mayoría de los pasajeros ataviados con ropas como si se hubiera estropeado el aire acondicionado y, en lugar de tomar un avión, fueran a tumbarse en una hamaca a tomar el sol. Los aeropuertos suelen tener una temperatura que oscila entre 20 y 24 grados, según sea invierno o verano, de tal manera que los 20 grados en invierno te producen sensación de calor, y los 24 en verano te confortan con una temperatura grata, cualquiera que sea la vestimenta elegida.…  Seguir leyendo »

El escritor japonés Haruki Murakami suena casi todos los años como candidato al Premio Nobel de Literatura pero, a la vez que tiene entusiastas seguidores, cuenta con un amplio número de detractores, que es probable que consigan neutralizar las voluntades de los académicos suecos. A mí no me deslumbra de una manera intensa, pero reconozco que es una voz diferente en el apelmazado y reincidente ambiente de la narrativa contemporánea. Puede que sea un reflejo de su vida, porque este es un japonés que, en lugar de ir a clase a la universidad, se dedicaba a vender discos en una tienda y a frecuentar clubes de jazz, hasta el punto de que abrió un bar de jazz, cerca de Tokio, que regentó junto a su esposa, durante algunos años.…  Seguir leyendo »

En las últimas elecciones locales y europeas, la militante de un partido político de cuyo nombre no quiero acordarme, informó -muy ufana y contenta- que encabezaba una lista donde abundaban las personas jóvenes, de tal manera que la media de edad de la candidatura era de 41 años.

Me pareció el argumento tan inane como si hubiera dicho lo contrario, es decir, que hubiera presumido de que su candidatura estaba repleta de personas mayores, con una media de edad de 60 años. Yo creía que la edad era importante en determinadas actividades, como el deporte, donde las condiciones físicas influyen en su práctica, o el gremio de la moda, en el que sería penoso asistir a un desfile repleto de octogenarios, sobre todo teniendo en cuenta la tendencia de los modistas a aplicar transparencias, que sobre pieles tersas y juveniles quedan bastante mejor que sobre epidermis arrugadas.…  Seguir leyendo »

El sentimiento de culpabilidad judeocristiano no propicia el ánimo para muchas alegrías, e incluso puede incitar a la tristeza. Eso de ir arrastrando, desde el mismo momento de nacer, con la pesada carga del pecado te coloca más cercano a considerar la vida como un valle de lágrimas que como una divertida verbena. Esa tremenda metáfora -«valle de lágrimas»- que se inserta en el Salve Regina, parece que proviene de un valle que existía en Israel, llamado así, Valle de Bakah, que significa llanto o lágrimas. Menos mal que al nacer no tienes raciocinio ni comprensión, pero si fuera de otro modo, y te explicaran lo que te aguarda, no faltarían quienes querrían volverse al útero materno y evitar la aventura.…  Seguir leyendo »

Leyes, reglamentos y disparates

Hace ya algunos años, en el primer viaje a Estados Unidos, lo primero que te llamaba la atención ocurría antes de aterrizar el avión, y es que, en el cuestionario a rellenar para los trámites aduaneros, había una pregunta en la que inquirían si el motivo de tu viaje tenía que ver con la intención de asesinar al presidente del país. Ignoro si en alguno de los viajes compartí vuelo con alguien cuyo objetivo era perpetrar un magnicidio, pero dudo que un asesino -profesional o aficionado, novato o con experiencia- fuera a decir la verdad.

Para los mediterráneos este tipo de culto a la veracidad de los anglosajones nos parece de una inocencia deslumbrante, quizás porque la mentira, o la verdad alterada, siempre formó parte del lenguaje comercial de fenicios, cartagineses, griegos y romanos.…  Seguir leyendo »

Ya he confesado en más de una ocasión que, pasada la adolescencia y durante algunos años, formé parte de la cofradía disgustada con la Navidad. Y existen argumentos, claro. El primero de ellos es que, tras el calendario egipcio, vino el romano, que fue reformado por el juliano, y, tras éste, los estados católicos adoptaron la reforma del Papa Gregorio XIII, porque en el siglo XVI no acatar las órdenes de un Papa estaba muy mal visto. Quiere esto decir que puede que Jesús naciera el 24 de diciembre de hace 2018 años, pero que tampoco resultaría descabellado que hubiese venido a este planeta unas semanas antes o unas semanas después.…  Seguir leyendo »

Tenía cinco o seis años y mi padre me había regalado un lapicero. Era un estilizado exágono, cuyo barniz amarillo brillaba seductor y, al final, se veía la oscura y afilada punta del grafito, surgiendo de la madera. Había llegado a mis manos como un premio. Algo habría hecho bien, porque mi padre, que no había estudiado Pedagogía, aplicaba a la educación el mismo sistema que los domadores: sardina para la foca, cuando ha cumplido las órdenes, o desprecio evidente y golpe en el hocico, cuando se ha distraído.

Al día siguiente teníamos que tomar el tren y yo manifesté el deseo de llevarme el lapicero.…  Seguir leyendo »

El peligroso síntoma del miedo

EL miedo es la antesala que conduce al salón de la dictadura, y eso se puede producir en el seno de una familia, de una empresa o de un país. No es frecuente que una tiranía se establezca de la noche a la mañana, de un día para otro, de la misma manera que es improbable que una familia que se acostó feliz amanezca con la opresión del temor, hosca y desconfiada. El miedo es el pórtico que anuncia el despotismo de la misma manera que la acumulación de nubes oscuras es el prefacio de la lluvia. Y puede ocurrir que no llueva, claro, incluso que el miedo se detenga allí y no abra las puertas del totalitarismo, pero sería muy imprudente pensar que los nubarrones pasarán sin descargar agua, como sería insensato no tomar conciencia del miedo e ignorar a dónde suele conducir.…  Seguir leyendo »

La estación de las frustraciones

Si la leyenda bíblica del Paraíso hubiese sido ambientada en un paisaje invernal, y Eva hubiese sido tentada por una serpiente para arrancar una edelweiss, y, tras ello, hubiera comprobado que las pieles que cubrían su cuerpo desaparecían, y sentía un frío terrible, no tendríamos tan mitificado el verano, porque al estar asociado al paraíso terrenal, está también asociado a los terrenos tropicales. La hipótesis es imposible, porque las serpientes no soportan el frío –tampoco el calor agobiante– y, al ser de sangre fría, en cuanto bajan las temperaturas se esconden bajo la tierra, que todavía conserva algo de calor. Una serpiente habladora en Finlandia, enroscada a un manzano es imposible.…  Seguir leyendo »

De la gerontocracia a la marginalidad

Según los últimos descubrimientos antropológicos, el homo sapiens comenzó a vivir en este planeta hace cerca de 2000 siglos. Eso quiere decir que durante unos 194.000 años, aproximadamente, lustro más o menos, nuestras tribus, lo que hoy llamamos sociedad, se organizaron bajo el gobierno de los más veteranos. El respeto a los ancianos no provenía de ninguna creencia mágica o religiosa, sino que emanaba del más puro pragmatismo: sólo los que más habían vivido, por su experiencia, tenían conocimientos sobre la manera de reaccionar ante determinados acontecimientos, a la vez que podían prever las consecuencias de pequeñas o grandes catástrofes.

La gerontocracia, el gobierno de los viejos, es el que, junto al natural instinto de supervivencia, ha logrado que la especie transitara por glaciaciones, calentamientos, movimientos tectónicos y se volviera omnívora, porque si hubiera sido sólo vegetariana o sólo carnívora, en las etapas invernales del planeta o en las grandes sequías la especie hubiera desaparecido.…  Seguir leyendo »

Se solía decir, en aquellas primaveras secas, que para lograr la lluvia era mucho más efectivo organizar una feria del libro que unas rogativas. Parecía que los cielos se conmovían mucho más ante las filas multicolores de las portadas de los libros que ante los rezos en torno a una procesión, que requería permisos curiales. Nunca me lo llegué a creer del todo, y lo achacaba a esa tradición anticlerical española que, según Emilio Romero, nos impelía a ir siempre detrás de los curas, o con un cirio encendido y cantando salmos, o con una estaca y deseos de arrearles con ella.…  Seguir leyendo »

Además de la división de poderes –legislativo, ejecutivo y judicial–, uno de los pilares del Estado de Derecho es que ningún ciudadano pueda ser condenado, de no haberse demostrado, de manera clara y fehaciente, su culpabilidad. Insisto y quiero subrayar lo de una culpabilidad indubitable, porque por muchas sospechas que suscite la actuación del acusado, y pese a que quienes lo juzgan tengan la certeza moral de que es culpable, cometerían un atropello si se saltaran las garantías jurídicas de la presunción de inocencia, cimiento de una convivencia que, con tanto entusiasmo como frivolidad, Ciudadanos ha destruido de hecho para los políticos.…  Seguir leyendo »

La intolerancia de los perseguidos

Una de las experiencias más amargas de una persona es comenzar el camino de la vida de la mano de un padre maltratador, una mano que no sujeta, sino que empuja; que no acaricia, sino que pega. Recuerdo una noche larga, cuando ya el alcohol bajaba su presencia por dentro y comenzaba por fuera a subir el sol, una de esas confidencias terribles, inesperadas, que te ponen de repente delante de un drama monstruoso. Y hay un arquetipo que no tiene mucho que ver con el padre borracho o insensible y, por tanto, brutal, y que más bien describe a una persona inteligente, seductor en las relaciones sociales, incluso encantador si se lo proponía con sus hijos, hasta que llegaba el golpe, el grito y el desprecio verbal.…  Seguir leyendo »

La funesta manía de pensar

Durante el 350º aniversario de la Royal Society, de Londres, se publicó el manuscrito que el doctor Williams Stukeley había escrito para una posible biografía de su amigo Isaac Newton. Y en ella se constata que lo de la manzana fue un hecho real, en el verano de 1666. Tenía ya 23 años, se había matriculado en la Universidad de Cambridge, y pagaba sus estudios llevando a cabo trabajos de servidumbre para los alumnos más ricos. Quiero decir que estaba acostumbrado a pensar, y que no era la primera vez que veía caer una manzana. Por cierto, no le cayó sobre la cabeza, sino que estaba sentado en un banco y se desplomó junto a él, sin ser víctima de un «manzanazo», según escribe Stukeley, que también añade que lo que sí fue cierto es que Newton se planteó las causas por las que la manzana caía de manera perpendicular, y el atisbo de que fuera debido a la atracción de la Tierra.…  Seguir leyendo »

De charla con Antonio Mingote

De vez en cuando, una o dos veces al año, me voy a ver a Mingote. Me pilla cerca de donde trabajo, y ya, desde la entrada del Retiro por la puerta de Hernani, se vislumbra la mancha oscura de su estatua, que se inauguró hace poco más de tres años. Me gustó que lo colocaran cerca del quiosco de la música –su padre era músico– y no me agradó tanto que estuviera tan próximo a la entrada, porque hasta allí llega el rumor del tráfico, aunque la verdad es que, como Antonio anduvo algo duro del oído, estoy convencido de que no le molesta, y, además, se encuentra próximo al banco en el que se solía sentar a leer los periódicos.…  Seguir leyendo »

Este verano, en un restaurante de mediana categoría, sufrí un sobresalto, al observar de reojo que en la mesa de al lado, sobre el borde del mantel, había una serpiente. He sido un boy-scout nada brillante, y más bien atolondrado, pero recordaba que ante los ofidios de buen tamaño –y este parecía de un grosor considerable– lo mejor es no hacer movimientos bruscos, que puedan ser interpretados por el animal como un intento de ataque. Así que volví muy despacio la cabeza para fijarme bien en el reptil, mientras intuía que por los tonos azulados podría tratarse de una culebra. Pero cuando logré una visión sin escorzos y molestias, me di cuenta de que no se trataba de ninguna serpiente, y que lo que había sobre el mantel era el brazo de un cliente, tan cubierto de tatuajes que a mí me había parecido un ejemplar de culebra bastarda de la península ibérica.…  Seguir leyendo »

Al estrenar el decenio de los ochenta, José Ramón Lasuén publicó un libro sumamente incorrecto titulado «La España mediocrática». El catedrático de Economía, asesor de Suárez, y metido en la Transición a través de la Federación de Partidos Socialdemócratas, había tenido ocasión de observar que la vida de los partidos, o, mejor dicho, el desarrollo de los individuos dentro de la organización de los partidos políticos, se regía por una reglas diferentes a las de las sociedades mercantiles o la Universidad. Si «El principio de incompetencia de Peter», del profesor Laurence J. Peter, pone el acento en la hegemonía de la mediocridad en las instituciones y grandes empresas, el profesor Lasuén se centra en la irresistible ascensión de los mediocres, y cómo suponen un freno y un lastre para el avance de las sociedades.…  Seguir leyendo »

Afirmaba Gregorio Marañón, en uno de los prólogos a su magnífica biografía de Tiberio, que le extrañaba que el resentimiento no figurara entre los pecados capitales, porque el resentido es cierto que alberga ira, y envidia, y posee una soterrada y humillada soberbia, pero es distinto. A mi modesto parecer es diferente incluso de su casi homónimo, el rencoroso, porque el rencor suele tener un objetivo específico, mientras que el resentimiento envenena de tal manera el alma o el pensamiento que su objetivo se diluye en una especie de causa general.

«Tiberio, historia de un resentimiento» fue una obra que me deslumbró en mi juventud, y que me hizo emparentar al magnífico médico e historiador con otro de mis ídolos de las biografías, Stefan Zweig, porque ambos no se limitan a enumerar hechos y acontecimientos, sino que hurgan en el pensamiento de los protagonistas, y nos los acercan, y nos los humanizan, algo que muchos historiadores olvidan por desgracia.…  Seguir leyendo »

Cuando llegas a casa con fatiga, después de una larga jornada, y no te apetece coger un libro, ni siquiera de contenido liviano, no hay nada mejor que recurrir a un zapeo televisivo, un método de evasión que no precisa de excesiva atención cerebral, y que es tan variado como lo seas tú con el mando a distancia.

A cualquier hora del día o de la noche es muy difícil que, al tercer o cuarto canal, no aparezca un cocinero. En ocasiones se ven a dos, y hay programas donde varios cocineros examinan a futuros cocineros. Podríamos decir que la cocina es claramente hegemónica en la televisión, o al menos empatada con esos banales programas, donde personas muy famosas, y desconocidas para mí, hablan de interesantes asuntos de bragueta, o sea, divorcios, adulterios, amancebamientos, cortesanías, promiscuidades y otros asuntos parecidos.…  Seguir leyendo »