Marino Gómez-Santos

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Eran tardes estivales, de largos crepúsculos. Severo Ochoa permanecía en silencio, con la sonda nasogástrica implantada sine die, memorizando tal vez con resignación, el sabor de las cigalas que ya no volvería a disfrutar, en cenas que alegraron sus noches de desconsolada viudedad.

Entonces compartimos largos silencios, mientras su pensamiento flotaba en las aguas muertas del pasado. Uno de sus temas recurrentes, en aquellas tardes, eran los grandes enigmas, en especial el origen del Universo y de la vida. La fe, buscada con obstinado empeño, resultaba dolorosamente bloqueada por la razón, ya desde sus tiempos de estudiante en los Jesuitas de Málaga.…  Seguir leyendo »