Marta Rebón

Nota: Este archivo abarca los artículos publicados por el autor desde el 1 de Julio de 2008. Para fechas anteriores realice una búsqueda entrecomillando su nombre.

Hijos de Safo

En estas últimas semanas hemos empezado a familiarizarnos con estampas que hasta hace poco nos habrían parecido insólitas: céntricas calles y lugares turísticos emblemáticos sin un alma, tanto en Europa como en Asia. Quienes llevan más tiempo en rigurosa cuarentena, confinados en sus domicilios, dicen sufrir insomnio, angustia y un opresivo aislamiento por ver coartadas su movilidad y sus rutinas, carcomidos por la incertidumbre. De repente, la amenaza de contagio global, según ha declarado Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud, nos ha sacudido devolviéndonos la imagen de un mundo tan interdependiente y globalizado como vulnerable: el mero hecho de que un país no cuente con un sistema sanitario robusto entraña serios peligros para los demás.…  Seguir leyendo »

A modo de despedida, sonrisa cínica incluida, el líder del Partido del Brexit, Nigel Farage, soltó en Bruselas esta bravuconada: “Les puedo prometer que, tanto en el UKIP como en mi partido, amamos Europa, pero odiamos la Unión Europea”. Y, con orgullo exacerbado, el adalid euroescéptico ondeó un banderín del Reino Unido, cuyo reducido tamaño parecía simbolizar cuál es, en realidad, su pretendida grandeza política. Habría podido recurrir a verbos como “discrepar” u “oponerse”, pero escogió “odiar”, en una sala desprovista de los colores de las banderas nacionales sobre las mesas de los europarlamentarios.

En estos días, en los que se ha conmemorado el 75º aniversario de la liberación de Auschwitz, no está de más tener presente que la Europa contemporánea se recompuso sobre los escombros de un pasado totalitario.…  Seguir leyendo »

El cuerpo humano parece tener un error de diseño: nuestros oídos no están provistos con un sistema de protección similar a los párpados, como los ojos, para bloquear el paso de palabras nocivas. Será así porque es el sentido que, aun dormidos, puede salvarnos de un peligro. El reverso oscuro de esta función vital es que estamos continuamente expuestos al efecto erosivo de ciertos discursos. En especial a los que lanza la ultraderecha, una de cuyas tretas es, precisamente, la provocación mediante el lenguaje. Con cada mentira disfrazada, exabrupto o invectiva, los límites de lo éticamente soportable se ensanchan. Antes de dar el siguiente paso, sondean el umbral de aceptabilidad, y, si detectan la guardia bajada, conquistan otro palmo de terreno ante la impasibilidad general.…  Seguir leyendo »

Las películas, si son muy buenas, se salvan de caer en el previsible olvido cuando alguna de sus escenas se nos incrusta en la memoria. Suele ser la que concentra la esencia de todo el metraje. Días después de asistir al pase de prensa del último filme de Oliver Laxe —una historia de resistencia íntima de una madre octogenaria, Benedicta, y su hijo pirómano, Amador, en la Galicia rural— me asalta una secuencia de O que arde. Podría ser su hechizante apertura, en la que un bosque de eucaliptos sucumbe de noche ante una fuerza que percibimos por el estruendo de unos motores y la luz artificial de unos focos.…  Seguir leyendo »

La política es la seducción por la vía de la inteligencia. Tal vez esta no sea la definición ortodoxa que recogen los diccionarios, pero es la que me vale. Inteligencia, para defender con buenos argumentos propuestas en las que se cree, y no las que dictan los estrategas en la sombra o las redes sociales. Talento también, para saber leer el sentir y las necesidades de aquellos a quienes se gobierna o se aspira a gobernar. Perspicacia, para tejer proyectos a largo plazo. Aptitud, para entender qué es un Parlamento, un espacio plural de trabajo, no un plató televisivo en el que se rivaliza por el protagonismo.…  Seguir leyendo »

No sé ustedes, pero yo necesito como el aire el silencio de las bibliotecas. Su silencio adensado, lleno de palabras escritas, es singular. Los libros apostados en los anaqueles como muros defensivos parecen aislarnos de la realidad, pero nos devuelven a ella en cuanto abrimos sus páginas. Aprecio, también, el anonimato que ofrecen a los usuarios. En estos días, la Biblioteca Nacional de Portugal se ha convertido en el lugar donde el mundo desaparece en un ángulo ciego para mí, y viceversa.

En nuestra cultura de la hipervisibilidad, el deseo de desaparecer se revela cada vez más apremiante. No es tanto la avidez de un aislamiento hedonista, sino de poner a resguardo la propia voz.…  Seguir leyendo »

Junto al antiguo gueto de Roma, andaba con los ojos entrecerrados a causa de la cegadora luz de mayo cuando tropecé con una pequeña losa dorada puesta en la acera. Entre el gris del asfalto y el trasiego de viandantes, en su superficie de latón refulgían los rayos del mediodía, como una estrella fija en el suelo. Enseguida llamó mi atención sobre la suerte que corrió una antigua inquilina, Nella Montefiori, con un laconismo extremo: “Nacida en 1905· Detenida el 16.10.1943· Deportada a Auschwitz· Asesinada el 23.10.1943”. La diferencia de fechas entre el arresto y su muerte —una semana— sintetiza la eficaz maquinaria de la brutalidad: en un puñado de días, una joven maestra de Ancona pasó de caminar por la ciudad eterna a encontrar una muerte vil en un horno crematorio.…  Seguir leyendo »

Neus Català, superviviente del campo de la muerte de Ravensbrück

Las fotografías son el resultado de una ecuación en que se conjugan espacio, tiempo y luz. Sea cual sea el motivo que lleve a preservar un instante, todas ellas acaban por cobrar un valor documental. Quienes aparecen retratados dejarán de existir, pero las imágenes perdurarán como un recuerdo elegíaco. Neus Català, superviviente del campo de la muerte (y no de concentración, como se empeñaba en recalcar) de Ravensbrück, fallecida el pasado sábado 13 de abril, se fotografió alguna vez —como otro gesto más de resistencia en su biografía de lucha— sosteniendo el retrato que le hicieron cuando estaba presa, con el uniforme rayado y un número cosido a la solapa.…  Seguir leyendo »

Una vez vi un oso bailando en el centro de San Petersburgo. Recortado contra la fachada verde turquesa del Hermitage, el animal se movía erguido sobre sus cuartos traseros al son de las notas que su amo arrancaba a un instrumento. Meneaba la cabeza y el tronco a la espera de que los viandantes, por diversión o por pena, soltasen algún rublo. Esta atracción acabó por desaparecer, como tantas otras costumbres que se extinguen con los nuevos tiempos.

Para algunos de estos osos que coreografiaban su desgracia por la Europa Oriental, la caída del muro fue una bendición. Lo cuenta Witold Szablowski en Los osos que bailan: historias reales de gente que añora vivir bajo la tiranía (Capitán Swing).…  Seguir leyendo »

Este febrero solo la tramontana que sacudía Collioure daba una remota idea de aquel invierno especialmente frío de hace 80 años, cuando el jefe de la estación vio bajar del tren a un Antonio Machado ligero de equipaje. Su último y diáfano verso, una hermosa despedida escrita a la vida (“estos días azules y este sol de la infancia”), se encontró en un bolsillo de su gabán, con el que atravesó los Pirineos nevados, como otros cientos de miles de españoles durante la Retirada, tras la caída de Barcelona. Da la impresión de que todo en este pueblo costero —piedra, mar, árbol— arropa la tumba del escritor, cubierta con flores, poemas y velas con motivo del aniversario de su muerte.…  Seguir leyendo »

Cualquier lector de Dostoievski sabe que debe echarse a temblar cuando la realidad empieza a parecerse a una de sus novelas. En la república de las letras, el ruso es el retratista de las ideologías: cómo nacen, nos gobiernan, se propagan y… ¿mueren? No, mutan en boca de una nueva generación. Porque echemos un vistazo a lo que pasa por ahí: en Estados Unidos encontramos funcionarios en jaque por el enroque de Trump con el muro; en Brasil, barra libre para las armas de fuego; en Hungría se prohíben los estudios de género en las universidades; en Polonia… ¿Seguimos?

Todo esto me recuerda demasiado a Los demonios, y no hago ningún spoiler si digo que la obra de Dostoievski no acaba precisamente bien.…  Seguir leyendo »

Pandemias

A principios de marzo de 1918 se detectaron los primeros casos de una pandemia que cambió el mundo. Durante los dos años siguientes, en tres oleadas sucesivas, sucumbieron a la denominada gripe española entre cincuenta y cien millones de personas, la mayoría en un lapso de tres meses. El único continente que se salvó fue la Antártida; se registraron casos desde la septentrional Alaska hasta el recóndito archipiélago de Samoa. El virus aprovechó la coyuntura perfecta para mutar a su variante más aniquiladora durante el choque entre imperios, convertido en el escenario ideal para un contagio masivo. Aunque la gripe era una conocida visitante cuya sintomatología describió Hipócrates ya en el 412 antes de Cristo, peligrosa por lo general solo para los grupos de riesgo, el subtipo de 1918 pilló a la ciencia de entonces desprevenida, tanto por la rapidez de su difusión como por su elevada mortandad.…  Seguir leyendo »

Sonrisas ubicuas

Las sonrisas, y aún más en verano, se prodigan, se exhiben, se cuelgan en los labios como un trofeo. Pero no fue así siempre ni en todas partes. Recuerdo que, a finales de los noventa, antes de viajar por primera vez a Rusia como estudiante de lenguas eslavas, me advirtieron: “No sonrías a los desconocidos, allí no es un signo de cortesía”. Y, sin embargo, hay pocas novelas tan pobladas de sonrisas como Anna Karénina. Ya sea en forma de nombre o de verbo, ese gesto universal aparece 613 veces en la obra de Tolstói. Es la ventana al alma de los personajes.…  Seguir leyendo »