Axel Kicillof puede renovar al kirchnerismo

Axel Kicillof, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 2014, cuando era ministro de Economía de Argentina. Credit Marcos Brindicci/Reuters
Axel Kicillof, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, en 2014, cuando era ministro de Economía de Argentina. Credit Marcos Brindicci/Reuters

Junto al casi seguro regreso del peronismo a la presidencia, las elecciones primarias argentinas, conocidas como las PASO, dejaron una sorpresa con nombre y apellido: Axel Kicillof, candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires.

Con más de la mitad del total de los votos, Kicillof logró una diferencia del diecisiete puntos frente a la actual gobernadora, María Eugenia Vidal, quien hasta el momento era la política con mejor imagen del país y la gran esperanza de renovación del macrismo. Si el 27 de octubre se confirman estos números, se convertirá en el responsable de gobernar una provincia que, resultado de la organización territorial psicodélica de la Argentina, concentra el 38 por ciento de la población (y un porcentaje aún mayor de los problemas nacionales).

Tras tres años de recorrer la provincia y en el marco de una ola peronista que alcanzó a prácticamente todo el país, ahora se encamina a convertirse en el segundo político más importante después del presidente.

El desafío que enfrenta de cara a las elecciones de octubre es mayúsculo. Con casi 17 millones de habitantes sobre un total nacional de 44 millones, Buenos Aires es un país dentro del país. Incluye dos ciudades de medio millón de personas, extensos campos, puertos marítimos y fluviales, casi la mitad de la capacidad industrial del país y el inabarcable conurbano bonaerense —un cordón superpoblado que envuelve la ciudad de Buenos Aires— y que combina algunas islas de enorme riqueza con un océano de desempleo, inseguridad y pobreza.

De ganar, Kicillof podría desarrollar un gobierno progresista en una provincia cuyos últimos gobernadores estuvieron más atentos a su imagen personal que a la vida de sus habitantes. Y si es exitoso podría convertirse en la cara de la renovación del kirchnerismo, una fuerza que nunca había encontrado a una figura —fuera de los integrantes del matrimonio fundador, Néstor y Cristina— capaz de expresar su versión izquierdista del peronismo y que al mismo tiempo contara con la popularidad necesaria para ganar elecciones.

El meteórico ascenso de Kicillof fue posible, en primer lugar, por una campaña austera, que transcurrió a bordo de un Renault Clio manejado por un amigo y con el acompañamiento de un pequeño equipo de colaboradores y que no cedió ante algunos imperativos de la mercadotecnia política: el candidato se negó, por ejemplo, a exhibir a su familia como un trofeo. En una Argentina hiperpolarizada y acostumbrada a un debate político feroz, Kicillof también evitó los agravios y los golpes bajos.

Pero lo más significativo es la trayectoria singular de este economista de clase media de 48 años, doctorado en la Universidad de Buenos Aires con una tesis sobre Keynes, militante político desde su adolescencia, que llegó al gobierno de Cristina Fernández de Kirchner casi de casualidad. La Cámpora —la organización juvenil del kirchnerismo— buscaba una pata económica, que encontró en el Centro de Estudios para el Desarrollo Argentino (Cenda), el laboratorio de ideas progresista cofundado por Kicillof. Primero solo y luego junto a varios integrantes del Cenda, Kicillof ocupó diferentes cargos hasta que en noviembre de 2013 fue designado ministro de Economía.

Era un momento delicado. Argentina sufría de un largo período con una economía errática y descoordinada, que incluyó seis ministros en ocho años, y de la acumulación de una serie de problemas surgidos a partir del estallido de la crisis global de 2008: déficit comercial, creciente desbalance energético, inflación, bajo crecimiento.

Como ministro, Kicillof recentralizó el manejo de la economía, devaluó la moneda para estabilizar el tipo de cambio sobre un nuevo piso y comenzó a cerrar los diferentes capítulos financieros pendientes desde que el país entró en incumplimiento de pagos en 2001 (aunque el fallo de un juez estadounidense le impidió completar este plan normalizador). Sin embargo, lejos de limitarse al reordenamiento macroeconómico, también desplegó una amplia gama de programas orientados a impulsar la producción, el trabajo y el consumo, entre los cuales el más recordado es el plan de congelamiento de precios de un conjunto de alimentos y productos esenciales.

Heterodoxo en su concepción económica, Kicillof recurrió a la fuerza del Estado como instrumento decisivo para morigerar las consecuencias sociales del estancamiento y el alza de precios. Por eso, aunque los resultados macroeconómicos de su gestión fueron dispares (el PIB cayó dos años y creció uno, la inflación se mantuvo alta), estas políticas tuvieron un alto nivel de aceptación. El contraste con el gobierno macrista, que las desmontó silenciosamente, contribuyó a resaltar el acierto de la perspectiva pragmática de Kicillof.

Pero, además, en un gabinete penetrado por la corrupción de varios de sus integrantes, Kicillof —quien durante tres años contró los resortes económicos del país— no enfrentó ninguna causa de corrupción.

La provincia de Buenos Aires es territorio heterogéneo y desigual. Los últimos dos gobernadores, el peronista Daniel Scioli y la macrista Vidal, dedicaron más esfuerzo a alimentar sus ambiciones presidenciales que a mejorar la vida de los habitantes de la provincia. Quizás por eso ambos fracasaron.

Por formación, experiencia de Estado y el conocimiento acumulado durante sus recorridos en el Clio, Kicillof tiene todas las condiciones para marcar una diferencia con las mediocres gestiones anteriores. Pero para ello es necesario que combine estas cualidades con un enfoque flexible y amplio, que priorice a los sectores más castigados por la crisis pero que también desarrolle un enfoque abierto hacia los “ganadores” económicos de estos años, entre los que se destaca el poderoso sector agropecuario.

Quizás así Kicillof comience a cambiar la suerte de una provincia que concentra —brutalmente exacerbados— buena parte de los problemas de la Argentina, y sea la oportunidad que estaba buscando el peronismo de izquierda.

José Natanson es director de Le Monde Diplomatique, Edición Cono Sur, y autor de ¿Por qué? La rápida agonía de la Argentina kirchnerista y la brutal eficacia de una nueva derecha.

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