Ayuda mutua o proteccionismo

Los seres humanos hemos intentado, de forma periódica, diseñar actividades económicas de mutuo apoyo que nos ayuden a dar una pátina humanitaria a nuestro sistema capitalista. Así han surgido las redes de trueque de objetos, que se intercambian sin moneda ni registro ni IVA de por medio; los más sofisticados bancos de tiempo, donde intercambiamos horas de nuestro trabajo por las horas de dedicación de otros como, por ejemplo, horas de abogado por horas de carpintero; o los aún más sofisticados intentos de creación de moneda social complementaria, como el reciente Ecoseny en Catalunya, la creación de un papel moneda que pueda ser utilizado en paralelo a la moneda oficial del país.

Todos estos proyectos, de mutua ayuda económica, tienen en común dos pilares sobre los que se construyen. Por un lado, los fundadores están intentando promover unos valores sociales que no son apoyados en ese momento por el Estado: en Austria, el experimento Wörgl en los años treinta, de moneda social, etiquetada primero de comunista y después de fascista; en Japón, a mediados de los noventa, el Fureai Kippu como banco de tiempo para ayudar a los ancianos, hasta que el Estado asumió esa función; o nuestro Ecoseny, enganchado a una red social de 132 monedas complementarias alrededor del mundo, que hace bandera de un patrón de vida aislado del modelo urbano neoliberal y que se autodefine como un camino hacia la utopía. Y en segundo lugar, suele ser una reacción ante una crisis: el Wir suizo es una moneda social que surge en 1934 después del crac del 29 y que ha contribuido desde entonces a la estabilidad económica del país; el club del trueque argentino, en su momento el mayor movimiento alcanzado de mutua ayuda con seis millones de personas participando, surge con el corralito del 2001 después de casi tres años de recesión; o las organizaciones de ayuda mutua en EE. UU. cuando el paro se disparó hasta un, para ellos insoportable, 20% de la población.

Los promotores de estas actividades defienden el beneficio social de hacer desaparecer la crueldad del sistema monetario, reclamando que se rediseñe para atender a las necesidades de todos los humanos. Responden a la máxima de Albert Einstein cuando afirma que “la introducción de dinero no almacenable llevaría a la creación de valores en formas más esenciales”.

Los proyectos de mutua ayuda potencian promover el gasto, tanto la nueva moneda como el trueque buscan provocar que fluya el intercambio: una ambición económica sorprendente, la de potenciar la eliminación de las tasas de interés en el préstamo y penalizar a los ahorradores, o como adelantó el papa Alejandro III que “toda legislación que permita el interés es nula y sin valor”. Un paradigma que, posiblemente, no compartirán todos los lectores, porque la voluntad de ahorrar parece mucho más humana vista así.

Al igual que el último fundamento que se oculta tras la mayoría de los proyectos de mutua ayuda: ayudémonos entre nosotros, nosotros primero que los otros. Bajo la bondad del beneficio social, se percibe la voluntad de reducir la competencia, sea empresarial o de ideas. El Wir suizo es una moneda que tienen las pymes locales para gastar en las pymes locales: no puede gastarse ni en grandes empresas, ni en empresas fuera de la tribu. El Ecoseny habla de camino a la utopía, pero es una utopía que se alcanza mediante limitar el acceso a la moneda y a ser socios del sistema a los que denominan prosumidores, es decir, personas que sean productores y consumidores al mismo tiempo.

Ambos casos cierran el sistema, yo te compro porque tú me compras. Consignas, limitaciones, muy parecidas a las que escuchamos en tiempos de crisis, como “compre usted producto nacional”. Incluso los bancos de tiempo promueven la pertenencia a la tribu mediante entregar las horas propias a los socios del sistema, a quienes compraré sus horas.

Al final, casi todos los sistemas de mutua ayuda han desaparecido o acaban desapareciendo. El ideólogo de la mutua ayuda, el economista alemán Gesell y su principio de la oxidación, no está presente hoy en ningún curso de administración de empresas. Los asociados se hartan de comprar siempre en un sistema reducido y limitado, los gobiernos las minan lentamente para evitar díscolos ciudadanos. Por ello, el sistema más longevo, el Wir suizo, debe su éxito a ser un sistema complementario, que cohabita con el sistema oficial del franco suizo: en épocas expansivas puede hibernar, oculto tras el franco oficial, para crecer durante las crisis.

Son sistemas efímeros, hasta que la crisis pasa, porque seguimos sin encontrar una alternativa mejor que el duro y cruel capitalismo y sus tipos de interés y competencia. Pero son sanos, porque como afirmó un sabio “es en la crisis donde nace la inventiva”.

Gerard Costa, profesor de Dirección de Marketing de Esade Business School.