Ayudé a empezar las manifestaciones en Gaza y no me arrepiento

Manifestantes palestinos escapan del fuego y el gas lacrimógeno que lanzan soldados. Credit Ibraheem Abu Mustafa/Reuters
Manifestantes palestinos escapan del fuego y el gas lacrimógeno que lanzan soldados. Credit Ibraheem Abu Mustafa/Reuters

La semilla que creció para convertirse en la Gran Marcha del Retorno se plantó el 9 de diciembre, solo unos días después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció que reconocía a Jerusalén como capital de Israel.

Los palestinos nos hemos aferrado desde hace mucho al sueño de que Jerusalén sea nuestra capital, o por lo menos una capital compartida para un país que ofrece los mismos derechos para todos. El sentimiento de traición y preocupación en Gaza fue palpable con el anuncio. Para despejar mi mente, mi amigo Hasan y yo dimos un paseo a lo largo de la frontera, lo cual hacemos de vez en cuando.

“Ahí está nuestra tierra”, le dije a Hasan, mientras observaba los árboles del otro lado de la cerca de alambrado que nos rodea. “Está a unos cuantos kilómetros de aquí”. Sin embargo, debido a esa cerca y a los soldados que la vigilan, también se encuentra muy lejos. A la mayoría de la gente de mi edad jamás le han permitido salir de Gaza, pues Egipto controla la salida del sur e Israel restringe el acceso al norte, y también nos prohíbe usar nuestra mar y el aeropuerto (o lo que queda de él después de tres guerras).

Esa idea me llevó a expresar un deseo en Facebook. Ese mensaje tocó una fibra tal en la gente de Gaza que se desató un movimiento que culminó en las manifestaciones históricas que han tenido lugar a lo largo de abril. Trágicamente, Israel reaccionó con más brutalidad de lo que esperaba… y eso que he vivido tres de sus guerras. Los cálculos más recientes del número de manifestantes asesinados es 104; más de 60 murieron apenas el lunes. Miles más han resultado heridos.

Sin embargo, nuestras voces debían ser escuchadas y así ha sido

Mi odio a las fronteras es tanto universal, en el sentido de que todos los palestinos sufren debido a ellas, como personal. Mis abuelos y sus abuelos nacieron y crecieron en la ciudad de Ramla, en el centro de lo que ahora es Israel. En mis paseos, imaginaba la tierra ancestral de mi familia. También he experimentado el impacto destructivo de las fronteras de manera más personal. Nací en 1984, dos años después de que Israel se retiró de la península del Sinaí, lo que dejó a mi ciudad, Rafa, dividida entre Gaza y Egipto. El centro de la ciudad fue destruido por Israel y por Egipto para crear una zona de contención, que resultó en familias separadas, entre ellas la mía, por alambre de púas. La familia de mi madre vivía en el lado egipcio; la división de Rafah terminó por provocar la separación de mis padres. Aunque mi madre vivía muy cerca, no pude verla sino diecinueve años después.

Aquel día en diciembre, mientras veía las aves sobrevolar la frontera que yo no podía cruzar, me puse a pensar que las aves y los animales son mucho más inteligentes que las personas; conservan una armonía con la naturaleza en vez de erigir muros. Más tarde, ese mismo día, pregunté en mi página de Facebook qué pasaría si un hombre se comportara como un ave y cruzara esa cerca. “¿Por qué le dispararían los soldados israelíes como si estuviera cometiendo un crimen?”, escribí. Mi única intención era llegar hasta donde estaban los árboles, sentarme ahí y regresar.

No podía dejar de pensar en eso. Un mes más tarde, escribí otra publicación. “Gracias, Israel, por abrir nuestros ojos. Si la ocupación abriera los cruces fronterizos, permitiera que la gente viviera su vida normalmente y generara empleos para los jóvenes, podríamos esperar durante algunas generaciones”, escribí. “Estamos obligados a elegir entre las confrontaciones o la vida”. Terminé la publicación con la etiqueta #GranMarchadelRetorno.

Los jóvenes en Gaza reaccionaron a mi publicación de inmediato; la compartieron y añadieron sus propias ideas. Tan solo una semana después parecía que miles de personas estaban hablando sobre eso. Establecimos un comité de jóvenes y nos reunimos con agencias e instituciones locales. También nos reunimos con los partidos políticos nacionales: queríamos ofrecerles a todos los sectores de la sociedad en Gaza la oportunidad de participar.

Lo que ha pasado desde que comenzamos la Gran Marcha del Retorno es lo que había esperado y anhelado… y también lo que no. No fue sorprendente que Israel respondiera a nuestra marcha con violencia mortal. Sin embargo, no había esperado ese nivel de crueldad. Por otro lado, me sentí alentado al observar el compromiso con el pacifismo entre la mayor parte de mi pueblo.

Hace un par de años, la gente habría rechazado la idea de que las manifestaciones pacíficas podían lograr algo significativo. Después de todo, cualquier otra forma de resistencia no ha producido nada concreto. Lo que me sorprende es la transformación que estamos viendo en la manera en que ejercemos nuestra resistencia. Nuestra lucha previa era entre los combatientes palestinos armados y los francotiradores israelíes, los tanques y las naves F-16. Ahora, es una lucha entre la ocupación y los manifestantes pacíficos: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos.

La Marcha del Gran Retorno le recuerda al mundo el origen del conflicto, el momento en que nos despojaron de nuestras tierras y vidas, que comenzó en 1948 y ha continuado desde entonces. Hemos elegido el 15 de mayo como la culminación de nuestras protestas porque ese es el día en que los palestinos recuerdan la nakba, una palabra árabe que en español significa catástrofe, pues así le llamamos al exilio de nuestros hogares hace setenta años. Sin importar qué solución negociemos en el futuro para permitir que nuestros dos pueblos vivan juntos, en paz y con igualdad, debemos comenzar reconociendo esta injusticia.

A pesar de la respuesta de los francotiradores israelíes, sigo estando comprometido con el pacifismo, al igual que todas las otras personas que “coordinan” esta marcha. Utilizo las comillas porque, cuando un movimiento se hace tan grande —cada viernes ha atraído a más o menos 200.000 personas— no podemos controlarlo todo.

Hemos pedido que no se quemen banderas israelíes y que no pongan bombas molotov en cometas. Queremos que nuestro mensaje sea de coexistencia pacífica y equitativa.

También hemos intentado desanimar a los manifestantes de tratar de cruzar hacia Israel. Sin embargo, no podemos detenerlos. Es la acción de un pueblo prisionero que anhela su libertad, una de las motivaciones más fuertes de la naturaleza humana. De igual manera, la gente no se irá ahora que pasó el 15 de mayo. Nuestra intención es seguir con nuestra lucha hasta que Israel reconozca nuestro derecho a regresar a casa y a las tierras de donde nos expulsaron.

La desesperación alimenta a esta nueva generación. No regresaremos a nuestra existencia como personas que son algo menos que humanos. Seguiremos tocando las puertas de organizaciones internacionales y de nuestros carceleros israelíes hasta que veamos medidas concretas para terminar con el bloqueo de Gaza.

Ahmed Abu Ratima es un periodista independiente.

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