Aznar, Bush y Donoso Cortés

Por Francisco Rubio Llorente, catedrático emérito de la Universidad Complutense y titular de la cátedra Jean Monnet en el Instituto Universitario Ortega y Gasset (EL PAÍS, 15/03/03):

De niño, cuando por primera vez leí o escuché en la escuela el castigo con el que el Cid amenazaba al rey Alfonso en Santa Gadea, imaginé que las heridas causadas por los cuchillos cachicuernos debían ser mucho más dolorosas que las de las espadas y los dardos, puesto que, de otro modo, no veía yo por qué habría de preocupar más al rey morir de una manera que de otra. Más tarde, con más reflexión, comprendí que el espanto que el Cid quería infundirle no venía de las armas que le darían la muerte, sino de las manos que habrían de empuñarlas; del hecho de que sus matadores hubieran de ser “villanos y no fidalgos / de las Asturias de Oviedo / que no sean castellanos”. El romance me hizo comprender que aunque en sí mismas las armas de los malos no sean más dolorosas o más letales, los buenos las describen siempre como más crueles y siniestras que las propias, y esa imagen queda en las conciencias. En la mía, por ejemplo, está muy arraigado el prejuicio de que las curvas cimitarras sarracenas eran armas más innobles que las rectas espadas de los caballeros cristianos y quizás no sea yo el único español en padecerlo.

Esa asociación entre la catadura que se imputa a quienes empuñan ciertas armas y el horror moral que éstas deben inspirar, que es una pauta constante en el discurso político, explica algunos enigmas de la actual situación. El que plantea el hecho de que los mismos instrumentos que en manos de Sadam Husein son armas de “destrucción masiva” sean en las de otros gobernantes, u otros pueblos, medios de defensa lícitos, e incluso indispensables para mantener la libertad y la seguridad del mundo, y sobre todo el que surge de la ambigüedad de la finalidad perseguida por la “comunidad internacional”, que unas veces es el desarme del dictador y otras su eliminación física o, cuando menos, política. El primero de estos enigmas es producto inevitable de la diversidad de perspectivas; el segundo, cuyas consecuencias perturbadoras son más evidentes, es producto de un cálculo político astuto, que en cierto modo se vuelve ahora contra sus autores. Sea o no verdad que las armas químicas o biológicas que existen o han existido en Irak les fueron proporcionadas por Estados civilizados que tal vez las sigan teniendo, es seguro que éstos tienen armas atómicas y medios para hacerlas llegar a cualquier lugar del mundo y que, aun prescindiendo de ellas, están bien provistos de bombas “convencionales”, que pueden lanzar desde aviones inalcanzables para la defensa antiaérea iraquí, o mediante cohetes que alcanzan su blanco sin que el radar pueda detectarlos. Por eso, cabe pensar que incluso los iraquíes que odian a Sadam y los musulmanes no iraquíes que celebrarían su desaparición tendrán dificultades para entender que sólo sean armas de destrucción masiva las que están en manos de ese dictador abominable y para percibir la justicia de una intervención que, para acabar con armas que no sólo en Irak existen, costará la vida a muchos millares de iraquíes. Esas dificultades no existirían si el objetivo proclamado por la “comunidad internacional”, es decir, en lo esencial, por los Estados Unidos de América, hubiera sido desde el comienzo la eliminación de Sadam Husein, no la de sus armas, pero durante mucho tiempo ese objetivo ha quedado oculto, o en segundo plano, deliberadamente encubierto por el del desarme. El encubrimiento era jurídicamente indispensable para evitar la violación frontal del derecho internacional, y políticamente conveniente para justificar la necesidad de actuar contra Husein, pero ha llevado a seguir dos estrategias contradictorias: una adecuada al objetivo del desarme, pero inútil para echar al dictador a corto plazo, aunque sirva para neutralizarlo; otra, que es eficaz para derrocarlo de inmediato, pero que es antijurídica, brutal e incluso absurda si lo que se pretende es sólo desarmarlo. Aunque todavía Powell y Blair, y en la estela de ambos nuestro Aznar, se esfuerzan por presentar esta segunda estrategia como una simple consecuencia del fracaso de la primera, que han hecho suya los “viejos europeos” y con ellos una gran parte de los demás Estados del planeta, su tesis, que nunca fue muy creíble, ha perdido toda credibilidad y su esfuerzo resulta cada vez más patético, visto el descaro con el que, día tras día, Bush y sus colaboradores más próximos los dejan en evidencia al afirmar que llevarán adelante su propósito de hacer la guerra a Irak sea cual fuere la decisión del Consejo de Seguridad.

Ahora es ya evidente que el objetivo realmente perseguido ha sido siempre el de derrocar a Sadam Husein, y que por ello la tarea de los inspectores estuvo desde el comienzo condenada al fracaso. Lo malo no es que tenga armas de uno u otro género, puesto que en sus manos todas representan un peligro, sino que tenga poder, y por eso la única manera de desarmarlo es privarlo de él. De donde, por analogía, se llega también a la conclusión de que la única vía eficaz para evitar la proliferación de armas de destrucción es la de eliminar todos los gobernantes cuya perversa condición inficiona sin remedio las armas de que disponen.

Puestas así las cosas, lo único que queda por explicar es el hecho de que desde hace mucho tiempo se haya decidido empezar por Sadam Husein y no por cualquier otro de los numerosos tiranos que ornan el planeta. La afirmación de que por algún sitio hay que empezar es claramente insuficiente y la de que se empieza por él porque es cruel con su propio pueblo y más proclive que otros gobernantes de la zona a entenderse con los terroristas de Al Qaeda y a proporcionarles armas terribles, choca con la realidad e incluso con la lógica. Por lo que sabemos, a los kurdos que Sadam ha masacrado no les entusiasma mucho la posibilidad de que los turcos los libren de él, y además de que las relaciones de Al Quaeda con Irak parecen no ser tan estrechas como las que mantienen con otros países de la zona, no se ve muy claro por qué si los terroristas quieren tener armas químicas o bacteriológicas han de comprárselas a Sadam Husein y no directamente a los laboratorios occidentales en donde éste las adquirió.

Como, pese a todo, las cosas tienden a ser lo que parecen, lo razonable es pensar que la atención preferente que desde hace al menos doce años se concede a Sadam no es consecuencia de una perversidad moral, o de una crueldad en el trato con lossuyos que sean significativamente mayores que las de otros tiranos feroces, sino del hecho de que es más peligroso para nuestros intereses porque domina una parte importante de las reservas mundiales de petróleo y si decide utilizarlas como arma contra nosotros puede impulsar a otros a hacer lo mismo. Con independencia de que sea o no más o menos brutal, es más nocivo para nuestro mundo. No sólo para los Estados Unidos de América, sino para todo el mundo occidental, en primer término, y quizás, aunque en menor medida, para el resto del globo.

Por eso, ni cabe negar que al enfrentarse con Sadam el presidente Bush sirve también a nuestros intereses, ni tiene mayor importancia el hecho, tan cierto en su caso como en el del presidente Chirac, de que le preocupan más los intereses norteamericanos que los comunes, como Chirac mira sobre todo por los franceses. Lo que me lleva a pensar que nuestro Gobierno debió apoyar la postura de Chirac y enfrentarse con la de Bush no es la creencia de que el francés es más altruista que el norteamericano, sino la de que los intereses españoles coinciden más con los de Francia que con los de los Estados Unidos y, sobre todo, la convicción de que la actitud norteamericana dará origen a muchos daños, ahora y en el futuro, porque es un ejemplo antológico de teología política, un modo de enfocar los problemas de las sociedades humanas que conduce siempre a la catástrofe.

Desde esa perspectiva, lo que separa a los malos de los buenos no son las diferencias de intereses o de cultura, sino los grandes principios teológicos y morales. Por eso los buenos arriesgan su propia salvación cuando se esfuerzan por comprender el punto de vista de los malos, y pierden el tiempo cuando hacen concesiones destinadas a propiciárselos, a hacerlos un poco menos malos y por eso también menos peligrosas sus armas. Como diría nuestro Donoso Cortés, uno de los más destacados representantes de la teología política, no es la negociación, sino el empleo de la fuerza, la vía adecuada para resolver los grandes problemas políticos. No cabe elegir, dijo en su época, entre socialismo y liberalismo, sino entre la dictadura del puñal o la de la espada.

Es casi seguro que Bush no habrá leído a Donoso, ni probablemente haya oído hablar de él, y Aznar no ha presumido nunca de frecuentarlo. Una pena, porque en las obras últimas del gran extremeño encontrarían, hecha con una brillantez de la que no parecen capaces, una enérgica defensa de las ideas que los unen: la religiosidad militante, de la que deriva la necesidad de ir al fondo teológico-moral de los problemas políticos; la diferencia ontológica entre el bien y el mal, de donde resulta la conveniencia de acudir a la dictadura del sable para librarnos de la del puñal.

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