Aznar y Rajoy, los dos partidos que coexisten en el PP

aznar-y-rajoy-los-dos-partidos-que-coexisten-en-el-pp

Según el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, hacer mutis por el foro significa salir de la escena y, también, indicar que una persona queda callada. Wittgenstein, filósofo de finales del Imperio Austro-Húngaro, señaló que “de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio”. Aznar ha decidido, prudentemente, no asistir al próximo Congreso del PP, hacer mutis por el foro. Ausente de la tribuna de oradores, evita un discurso de aliño, no decir nada, o decir algo inconveniente.

El precio de la renuncia de la presidencia de honor de Aznar es emitir una imagen pública de ruptura de relaciones con la dirección actual del PP, de divorcio, y en definitiva trasladar una idea de crisis interna, cuyo alcance posterior forma parte de lo imprevisible. La política es la ignorancia de lo que va a pasar al día siguiente y, por ello, no me detendré en los numerosos vaticinios que se han manifestado en las últimas horas sobre las intenciones futuras de Aznar, ya sean de nuevo protagonismo político o de colaboración con Trump en su estrategia para Europa.

Me voy a permitir por tanto hacer una reflexión sobre lo que ha pasado, sobre lo que sabemos, en el ámbito del factor humano y del factor político. En el humano, Aznar ha sido víctima del éxito, del extraordinario poder y posición otorgada por la mayoría absoluta del año 2000. Creyó que podía elegir sucesor sin pagar peaje y la experiencia demuestra que los sucesores designados se desligan de sus mentores en cuanto pueden, con el agravante de no poder criticar sus errores.

El origen del distanciamiento de Aznar con Rajoy se encuentra en el inicio de la campaña electoral de 2004, antes del brutal atentado del 11M. Apenas un mes después de las elecciones generales, Aznar lamentaba la versión de Rajoy y sus allegados: “Quien ha perdido las elecciones ha sido Aznar y no el candidato Rajoy”. Doce años de desencuentros, alguno tan elocuente como sentar al presidente de honor en un lateral del comité ejecutivo del PP, han culminado el miércoles pasado con una ruptura.

Más allá del aspecto personal, me parecen destacables las diferencias políticas entre Aznar y Rajoy que reflejan a su vez los dos partidos que coexisten en el PP. De un lado, la decisión de Aznar, en 1990, de construir un partido que hiciera amplias incorporaciones sobre la base de ampliar la preexistente AP, con un proyecto renovado de corte liberal-conservador. Un programa político muy preciso y acorde con las corrientes thatcheristas imperantes en Europa, que ni siquiera el laborismo inglés –Blair- se propuso modificar.

De otro lado, Rajoy ha retornado a un partido muy anclado en la antigua AP (los llamados “pata negra”) y con una dinámica reduccionista de la organización. Rajoy ha conducido al ostracismo a numerosos dirigentes del PP y ha demostrado no tener proyecto político más allá del mantenimiento del poder, aderezado de tecnocracia y dominio del aparato en todos los niveles. Después de 2004, un Aznar más reposado, lector y viajero aprendió inglés y ha consolidado sus posiciones teóricas liberales, distanciándose aún más de un Rajoy que renunció expresamente, en el congreso de Valencia de 2008, a cualquier atisbo de liberalismo o conservadurismo.

En el debe de ambos líderes se encuentra la falta de debate político interno, inexistentes mecanismos de control de la dirección y ausencia total de democracia interna. En los seis primeros años del mandato de Aznar, 1990-1996, la centralización del partido quizás podía tener una excusa o explicación ante la necesidad de construir un grupo unido ante el formidable adversario que era Felipe González y el PSOE.

El gran error de Aznar fue no democratizar después de 1996 el PP y asegurarse de que la nueva política liberal–conservadora fuera a continuar después de su salida del gobierno. El sucesor designado olvidó la política, cualquier política, profundizó la centralización del PP y estableció un control absoluto de todos los resortes de poder del partido y de los grupos parlamentarios. Ese control ha permitido a Rajoy sobrevivir a todas las zozobras internas y externas de los últimos tres años y medio a costa de perder un tercio de su electorado.

El gobierno largo de Felipe González y los periodos de ocho años de gobierno de Aznar y Zapatero han transmitido una imagen de estabilidad del régimen de la Transición. Sin embargo, la crisis económica de 2007 y el hartazgo de la corrupción han cuestionado esa estabilidad. Un tercio del electorado ha dado la espalda a los partidos tradicionales que han gestionado los asuntos públicos y los dos grandes partidos pasan por un periodo de crisis interna, cuyo final es imposible pronosticar. Lo que sí sabemos es que nuestro Estado de partidos (algo muy diferente a una monarquía parlamentaria) construido desde 1977, es una máquina de triturar organizaciones políticas: UCD, PCE, CDS, AP, UPyD, IU, Convergencia, Unió y parece que de la trituradora no se libra el PSOE ni el PP.

Es ilustrativo observar cómo los nuevos partidos, surgidos gracias a los defectos de los partidos tradicionales, intentan copiar sus estructuras internas partidarias que son las causantes de nuestra deficiente democracia. Y es que no puede ser de otra forma. El Estado de partidos precisa aparatos fuertes, con recursos y centralizados porque la lucha política no se establece en la opinión entre candidatos de un distrito, sino en el seno de las organizaciones partidarias. Si se cumpliera lo que previene la Constitución en su artículo 1.3 que proclama la forma de estado de Monarquía parlamentaria, no tendríamos un Estado de partidos sin apenas representación política, sino dos o tres partidos estables sostenidos por diputados de distrito, responsables ante sus electores, en lugar de burócratas de partido.

El vigente régimen de la Transición podría aprender de nuestra experiencia histórica y evitar los dos principales peligros de la democracia: la polarización y la deficiente representación política. Paradójicamente, Aznar es a la vez víctima y responsable del Estado de partidos que ha contribuido a consolidar junto con el resto de presidentes de gobierno desde 1977.

En medio de una gran confusión política europea y mundial, con un horizonte de endeudamiento y de impuestos debidos al abandono de las políticas thatcheristas, Aznar ha optado por el silencio, haciendo caso al bello verso de Calderón de la Barca en La vida es sueño:

Cuando tan torpe la razón se halla,
mejor habla, Señor, quien mejor calla.

Guillermo Gortázar es historiador y abogado. Su último libro es ‘El salón de los encuentros. Una contribución al debate político del siglo XXI’, Madrid, Unión Editorial, 2016.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *