Aznar y Rajoy pasan, por fin, a la final

Quiso el destino que el último día de campaña de las primarias del PP coincidiera con mi visita al castillo de Chenonceau, construido a modo de deslumbrante puente sobre el Loira y entregado, como prenda de encandilamiento, por Enrique II a su amante, Diana de Poitiers, veinte años mayor que él. Macron no fue, pues, el primer líder francés en arrojarse “en brazos de la mujer madura”.

Se da la circunstancia de que Chenonceau fue rebautizado como “el castillo de las damas”. Entre otras razones porque, tras la muerte del rey, víctima de una lanzada en el ojo tan inesperada y fulminante como la moción de censura que acabó con Rajoy, su viuda Catalina de Medicis libró una batalla implacable hasta conseguir que Diana lo devolviera a la Corona.

La falta de escrúpulos de una y otra dominaba aquel ambiente sofisticado y enrarecido, cargado de la tensión de las guerras de religión, en el que no faltaban videntes como Nostradamus o personajes inquietantes como los mignons que rodeaban al futuro Enrique III, considerado un criptogay que jamás salió del armario. La sombra de las más famosas “salamandras”, que es como se denominaba a las favoritas de los Valois desde tiempos de Francisco I, se cernía sobre aquel duelo al sol, en el maravilloso paraje fluvial que tanto deslumbró a Flaubert o Yourcenar.

Aznar y Rajoy pasan, por fin, a la finalTodo estaba predispuesto, pues, en mi ánimo para retratar, con esa rica paleta de colores, una segunda vuelta de Soraya contra Cospedal, las dos mujeres entre las que Rajoy había repartido su reino. Fieles a la tradición de que, por mucho que se las cortes, a las salamandras siempre vuelven a crecerles las patas, una y otra habían sobrevivido a todo tipo de adversidades, fruto de sus propias torpezas o de las intrigas recíprocas.

De Bárcenas a Cataluña, los precedentes de resiliencia jugaban a su favor. ¿Por qué no iba a suceder también esta vez así, cuando tras la jibarización del censo que ha convertido el partido de los 800.000 militantes en el de los 60.000 inscritos, todo favorecía a quienes controlaban dos aparatos, igualmente eficientes, como el de las agrupaciones territoriales y las delegaciones del Gobierno difunto?

Pero, de repente, como dicen los ingleses, life happens; la capacidad de sorpresa que entraña la vida humana irrumpe en la escena. Y life happens se llamaba esta vez Pablo Casado, protagonista de una disrupción tan estimulante como meritoria, vencedor moral del recuento del jueves y serio aspirante para alzarse con el triunfo final dentro de dos semanas, en un escenario triplemente paradójico.

La desigualdad de armas de partida ha quedado compensada por una maratón explicativa, muy a lo Pedro Sánchez, con el estandarte de los ideales que hicieron grande al PP hace un cuarto de siglo, por delante. Tanto se ha esforzado Soraya en presentarse como la candidata con más posibilidades de recuperar el poder, que Casado apenas ha tenido que insistir en esa cuestión previa que son los valores que se defienden. ¿Ganar para qué? Entre el utilitarismo de Soraya y el idealismo de Casado, Cospedal se ha quedado en la tierra de nadie de haber “dado la cara por el partido” -sin aclarar a cuál se refería- y por eso ha sido eliminada.

La primera paradoja que caracteriza la situación en el PP es que el partido que tanto ha insistido, tras diversas elecciones generales, autonómicas y municipales, en que debía gobernar la lista más votada, se encuentra ahora inmerso en saludables maniobras encaminadas a derrotar a la lista más votada. A Soraya se le ve el plumero cuando dice que ese principio “está en el ADN del partido”: si fuera así, sus estatutos no hubieran incluido la elección a doble vuelta. Y se pasa de la raya al sugerir que si Casado llega hasta el final, estará legitimando a Sánchez.

Es verdad que la anomalía de que varíe el cuerpo de votantes en la segunda vuelta, convierte, en la práctica, el mecanismo en un confuso híbrido entre la democracia directa y la representativa. Los compromisarios elegidos para el Congreso cumplen una función equivalente a la de los diputados, parlamentarios regionales o concejales, ante la sesión de investidura del jefe del Gobierno, presidente autonómico o alcalde.

Con esta delegación sobraba, de hecho, la votación directa a los candidatos y la eliminación de todos menos los dos primeros, pues no habría por qué limitar el margen de los compromisarios ni la capacidad de pactar, al estilo ‘Borgen’, entre los contendientes. Tan legítimo como que Cospedal pida a sus seguidores que apoyen a Casado, aunque algo más extravagante, es verdad, hubiera sido que uno y otro llegaran a la conclusión de que nadie como Margallo para aunar sus sensibilidades, desde la constatada autoridad moral de su 1% de apoyo y el inolvidable ataque de risa que le produjo oír al ayudante del Príncipe de las Tinieblas declararse independiente de Soraya.

Bromas aparte, el Congreso del 20 y 21 se parecerá bastante al del PSOE del 2000 en el que Zapatero le ganó a Bono por 6 votos. O a una convención demócrata o republicana; pero con mayor nivel de incertidumbre porque, a diferencia de las primarias norteamericanas, la adscripción de los compromisarios a cada candidato no ha sido explícita. Podemos presumir cuántos son afines a cada finalista y cuántos a la eliminada con capacidad arbitral -ayer lo hizo Ana I. Gracia en EL ESPAÑOL-, pero eso no significa que baste el apoyo de Cospedal a Casado para que el trasvase se produzca.

La asimetría del número de compromisarios respecto a la afiliación real en cada territorio introduce otro factor de distorsión y chapuza en este esbozo de democracia interna. Madrid eliminó a gran parte de sus “almas muertas” pero Andalucía, no; y eso favorece a Soraya.

Podemos concluir que el partido “con mayor base social de Europa”, al decir de Cospedal, ha terminado haciendo unas “primarias de la señorita Pepys”. Pero sería incongruente, a partir de esta experiencia autodidacta, que el PP volviera a cuestionar la legitimidad de quien llega al poder tras una alianza parlamentaria, sin haber sido el primero en el voto directo. Todo un hito en la educación en los valores del pactismo.

La segunda gran paradoja que arroja el resultado de la primera vuelta es que el principal granero de votos de la que se ha presentado como Doña Capaz de Ganarle en un Santiamén a Pedro Sánchez sea Andalucía, la comunidad en la que el PP ha perdido siempre. Podría pensarse que eso significa que nadie anhela el triunfo como quien no ha saboreado nunca sus mieles. Pero también que se trata de una masa de afiliados dócil, manejada por el último cacique del siglo XX -ríase usted de los Baltar o de Cacharro-, bautizado por Jiménez Losantos, de forma, nunca mejor dicho, inmarcesible, como “el joven Arenas”.

A Esperanza Aguirre le cayó la del pulpo cuando se atrevió a insinuarlo, pero la realidad es que, como ocurría con el laureado ejército franquista, las únicas batallas que ha ganado el PP del “joven Arenas” –auxiliado ahora por el anciano Moreno Bonilla- han sido siempre en el transcurso de guerras civiles. La más sonada fue la del congreso de Valencia, auténtico gozne entre dos eras, que permitió a Rajoy sobrevivir a su escapismo, tras la segunda derrota ante Zapatero, y liquidar lo que quedaba del partido combativo de Aznar, para sustituirlo por una agrupación mansurrona y lanar, instalada en la hamaca de la mediocridad.

Auxiliado por Camps, Gallardón y el murciano Valcarce, el ya “jovencísimo” Arenas urdió la farsa de los avales, que sentenciaba el resultado del Congreso antes de que comenzara. Esperanza Aguirre rehusó ir al degolladero, y la oposición a Rajoy quedó reducida a la candidatura testimonial de Juan Costa.

Como él mismo me confesó poco después, sólo Aznar hubiera podido derrotar al ‘clan de los avalistas’. Pero estaba demasiado cerca el trauma del 11-M y era demasiado pronto para reconocer el error de su dedazo. A lo máximo que llegó, fue a deponer el mensaje premonitorio de que el PP se autodestruiría si iba dejando a gente por el camino –María San Gil, Ortega Lara- y trataba de apaciguar a sus adversarios, asumiendo parcialmente su discurso.

Fue suficiente para que comenzaran diez años de “guerra fría” en los que los amagos de crítica interna, esbozados desde FAES, eran respondidos con gestos desdeñosos, boicots públicos e incluso difamaciones tributarias. Nada irritaba tanto a Rajoy y los suyos como oír la voz de su arrumbada conciencia. Tal era la obsesión del marianismo, que Cospedal ha llegado a afear a Casado su vínculo con Aznar con una frase paranoica: “Se ve en sus actos”.

Y, sin embargo, para mí esa ha sido una de las claves de que el pujante outsider –ungido, entre bromas y veras, como esperanza de renovación por Aznar- haya pasado el corte: la nostalgia de un tiempo en que el PP representaba la limpieza frente a la corrupción, la claridad frente a la confusión, la firmeza frente al entreguismo, el cambio frente al inmovilismo. Lo escribí hace dos domingos: “Si de lo que se trata es de recuperar al PP para el empeño regeneracionista que mantuvo durante la década de los 90, he aquí al hombre”.

Estábamos, en buena medida, ante un espejismo pues la Gürtel ya anidaba en Génova y con mayoría absoluta se perpetuaron el reparto del Poder Judicial y la politización de la fiscalía y la televisión pública. Pero ese espejismo impregnó de democracia y liberalismo a la antaño montaraz derecha sociológica, convirtiéndola en elemento vertebrador de una nación en marcha. Rajoy desmontó hasta el último atisbo de aquellos valores, sustituyéndolos por la perpetuación en el poder al servicio de la nada.

Lo propio de un partido democrático hubiera sido dirimir abiertamente ese pulso entre sus dos almas. Pero el que tenía un proyecto innovador para España había legado una organización monolítica y ha tenido que producirse la espantada del pragmático holgazán –esta es la tercera y definitiva paradoja del momento- para que haya habido que recurrir al voto de las ya escuálidas bases.

A lo que vamos a asistir, pues, dentro de quince días, es a un apasionante combate por poderes, en el que cada púgil representará la quintaesencia de su mentor. Soraya ya ha dicho que siente “respeto intelectual” por Aznar y Casado subrayará su condición de portavoz del partido que lideraba Rajoy. Pero todos sabemos -y los compromisarios los primeros- hasta qué punto representan a dos estirpes diferentes y a dos maneras opuestas de entender la política.

Por eso Casado no puede aceptar la componenda que le ofrece Soraya. Supondría amañar el combate. Convertirlo en un tongo. Y es demasiado lo que está en juego. Nada menos que el veredicto sobre el pasado y el futuro del PP. El destino de quien gane será honrarlo y moldearlo. El de quien pierda, pelear por la alcaldía de Madrid.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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