Babel en nuestras empresas

Para empezar, unos pocos datos públicos: nuestro idioma español o castellano es la segunda lengua del mundo como materna tras el chino mandarín, con 442 millones de hablantes nativos. La tercera en comunicación internacional, tras el inglés y francés, y también la tercera con más usuarios de internet, después del chino y el inglés, con 256 millones, lo que representa el 7,6 % del total. Genera el 16% de nuestro PIB y crea unos tres millones de empleos directos, lo cual no es poco en estos tiempos. Además de ser idioma oficial de 21 países. En Estados Unidos lo hablan más de 36 millones. China ya considera el español objetivo estratégico y será obligatoria en todos los colegios, al nivel del inglés. Y es que Iberoamérica supone el 30% de la inversión exterior china y se precisa mucho personal con dominio de nuestro idioma.

Pero toda esta espléndida realidad del tesoro y potencial de nuestra lengua se ve gravemente amenazada con la realidad que se está dando en varias empresas nacionales de distinto tamaño, por la agresión sádica a ella por parte de nuevas jergas abusivas con anglicismos sorprendentes que atentan impunemente contra el legado de nuestra lengua, pero también contra la comprensión misma de esta nueva parla por parte de su indefenso personal, clientes y proveedores. Y que socavan el hecho de que las empresas tienen, junto a su Responsabilidad Social Corporativa (RSC), también una podíamos llamar Responsabilidad Lingüística Corporativa (RLC) en tanto que catalizadoras o valladares de atentados directos contra el idioma, como saben muy bien las empresas francófonas. No así nosotros, según parece.

Muchos de estos extranjerismos están proliferando como vocablos espurios de la mano de la implantación de enfoques y metodologías Agiles (Agile en la jerga) en nuestras empresas, oscureciendo la parte positiva y necesaria de dichos proyectos. Así, se utiliza sin cesar mindset en lugar de mentalidad o marco mental. O kickoff por lo que siempre habíamos denominado arranque/despegue de un proyecto. O legacy por lo que mentamos con nuestro viejo legado. O playbook en lugar de guía de referencia. O value-stream por flujo de valor. O next steps por nuestro cervantino próximos pasos. O hacer challenge por cuestionar/desafiar/retar. O weekly por reunión semanal (daily cuando es diaria) O core values en lugar de valores fundamentales. O backlog por conjunto de tareas o productos que realizar. O toolkit por equipo/kit de herramientas. O budget por nuestro centenario presupuesto. O roadmap por hoja de ruta. O members por miembros. O…

No sigo para no abrumar al sufrido lector y salvaguardar su salud mental. Sólo le añado que hay ya discursos orales y propuestas escritas en que al menos un 20-30% de sus vocablos son de esa extraña jaez, tan innecesarios como perturbadores de una comunicación hablada o escrita eficaz.

Dejando aparte el esnobismo imperante que tantos males explica y que siempre denota complejo de inferioridad, este grave panorama no sería posible sin una causa paradójica: son principalmente las consultoras grandes pero ya también medianas y pequeñas, quienes sin pudor obligan con palabras consumadas como las expuestas a que el cliente caiga en esta dinámica demencial. Una dinámica en la que, en lugar de que el consultor nacional (que es un proveedor, no lo olvidemos) adapte su jerga al cliente -como propone un postulado básico de la Agilidad– sea la parte contratante quien haya de adecuarse a esa algarabía del proveedor. Ante la que apenas se osa peguntar significados, clarificar léxicos o reconducir al castellano. No vaya a quedar uno excluido, minimizado profesionalmente o significado ante la consultora o el tecnólogo de turno. Y esto es lo que, si no se pone coto, crea una situación ciertamente babélica en el campo semántico de las empresas, que es pieza clave de su capital intelectual y cultura.

Pero desde el libro ya clásico del filólogo judeo-alemán víctima del nazismo Víctor Klemperer (La lengua del Tercer Reich) y las obras de Orwell, bien sabemos que los cambios en el lenguaje nunca son inocentes. Quien los gestiona, domina y cautiva su territorio con sus habitantes anejos. Recuerdo un ejemplo extremo que narraba Klemperer: a los gatos de su mujer los ahorcaron las autoridades por ser «gatos judíos». Sin llegar a esos extremos, la sociología lingüística sabe muy bien desde hace tiempo la función simbólica de las jergas, los mecanismos de protección e identificación que generan y su poder sancionador. Su inflación supone, pues, un abuso tan poco educado como peligroso de la consultoría en una coyuntura de transformación muy compleja que hace a todas las empresas vulnerables a estos ataques.

Por eso, harían bien las direcciones de nuestras entidades en atajar desde su sensatez este desvarío invasivo que a casi nadie beneficia, crea confusión y mucho ruido en un momento crítico para nuestras organizaciones, además de perplejidad en sus plantillas que no reconocerán en voz alta su dificultad comprensiva. Las soluciones no son muy complicadas: sólo requieren algo de voluntad y no dejarse llevar por el mimetismo, el complejo de inferioridad ante el consultor o tecnólogo y el esnobismo. Por ejemplo, establecer glosarios internos buscando el vocablo castellano equivalente o que mejor se aproxime cuando exista, exigir a los proveedores desde el pliego de condiciones el cuidado de la lengua institucional de esa empresa que es nuestro idioma y patrimonio común o, simplemente, dar por finalizada visitas comerciales o reuniones internas cuando se abuse de extranjerismos innecesarios, más allá de los estrictamente necesarios como tecnicismos comúnmente aceptados.

Y desarrollar así esa responsabilidad corporativa por el buen uso de nuestra lengua tan rica que con tanto esfuerzo hemos recibido de nuestros antecesores y hemos a su vez de legar aguas abajo. Eso sería una magnífica y creativa manera de ayudar en su quehacer a nuestra mermada Academia y su nuevo director frente a barbarismos que nada aportan. Y que tampoco limpian -antes bien, embarran- ni fijan -más bien confunden- ni dan esplendor, sino que oscurecen. No es mal desafío si recordamos que la Torre de Babel fue un proyecto tan mal enfocado como pésimamente gestionado. Así acabó, entre incomunicaciones como las que ahora asoman.

Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Recursos Humanos de la Universidad de Alcalá.

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