Bachelet y su cambio político y cultural

Por Marta Lamas, antropóloga mexicana y directora de la revista Debate Feminista (EL PAÍS, 09/03/07):

Hace un año, el 11 de marzo del 2006, Michelle Bachelet declaró, en su primer discurso como presidenta, que ese día marcaba el comienzo en Chile de un estilo de gobierno más dialogante y participativo. “Yo fui la candidata de los ciudadanos; ahora seré la presidenta de los ciudadanos”. Bachelet alentó muchas expectativas, especialmente entre las mujeres. Divorciada, madre soltera, socialista y atea, representaba a amplios sectores de la población que no habían visto sus deseos y necesidades reflejados en la agenda gubernamental. Su gesto de nombrar un Gobierno paritario fue más eficaz que cualquier discurso feminista. Desde su condición de hija de militar leal a Allende, torturado y asesinado por Pinochet, se propuso ganar la confianza de Chile y restañar viejas heridas.

En su carta de navegación declaró: “Tenemos el compromiso de llegar al 2010 con un país más moderno, integrado, desarrollado y solidario, con una sociedad cohesionada, centrada en los ciudadanos”. Las cuatro grandes transformaciones y cuatro áreas de trabajo que planteó son:

1. Reforma del sistema de previsión social para asegurar pensiones dignas y decentes.

2. Educación de calidad.

3. Innovación para el desarrollo.

4. Calidad de vida.

O sea, pretende lograr un Chile más seguro, más próspero, en el que se viva mejor y que esté más integrado.

Además de esas prioridades, Bachelet ha seguido desarrollando cambios muy profundos iniciados en las administraciones anteriores, como imprimir mayor solidaridad al sistema de salud, compromisos explícitos respecto de los derechos ciudadanos, la más importante reforma de la justicia de los últimos cien años, la transformación radical del sistema de transporte público de Santiago, que incluye un papel planificador clave del Estado para cuidar el medio ambiente incorporando una modernización tecnológica. Hay que destacar que son reformas que insertan la participación del sector privado bajo una dirección estatal, y que esbozan una alternativa al modelo neoliberal. Su gran desafío es traducir lineamientos presentes en esas reformas en el campo educativo.

Sin embargo, gobernar con un equipo nuevo, joven y paritario ha sido difícil. Bachelet ha tenido que encarar problemas heredados, además de asumir resbalones propios. En el plano social, el paro estudiantil de los jóvenes de 12 a 17 años, que concitó el apoyo de la mayoría de los chilenos, tiró a dos ministros, el del Interior y el de Educación; y recientemente la implementación del Transantiago ha provocado algunas molestias a usuarios reacios al cambio, originadas por las dificultades propias de un sistema inédito en proceso de ajuste.

Además, más allá de la imprescindible fiscalización que requiere toda democracia, la prensa le ha sido adversa. Concentrados en destacar y magnificar los errores que cualquier gestión gubernamental conlleva, los medios se han mostrado ciegos ante notables aciertos que auguran un avance indiscutible. En especial, han sido voceros de la iracunda Iglesia católica, escandalizada por medidas como la distribución entre adolescentes de la anticoncepción de emergencia. En el plano político, tal vez la mayor dificultad radica en el desgaste de la coalición gobernante, tanto por el tiempo de ejercicio del poder (con casos de corrupción), como porque al terminar un proceso de transición emergen nuevos temas.

Pese a ello, las encuestas le otorgan a su Gobierno una aprobación ciudadana de más del 50%, cifra que Frei no alcanzó en sus seis años de gobierno y que Lagos apenas logró al cuarto del suyo. Pero esas mismas encuestas registran que muchos consideran “débil” a Bachelet (59%) y un 48% piensa que ha actuado sin destreza ni habilidad frente a un 44% que piensa lo contrario. Esta información plantea la paradoja, como señaló Carlos Peña, rector de la Universidad Diego Portales, de una presidenta mal evaluada pero en la que la gente confía. Su estilo sencillo, tan alejado del autoritarismo inherente al puesto, ha sido interpretado como debilidad. Sin duda, tener a una mujer como ella dirigiendo el Gobierno implica un cambio cultural que, como todos los de su tipo, es muy lento.

A un año de su toma de posesión, la presidenta de Chile ha rebasado generosamente las expectativas que desató. Además, ha sorprendido con sus gestos simbólicos. Carlos Peña señaló que, al limitar las exequias de Pinochet al ámbito militar, Bachelet logró explícitamente que el recuerdo del dictador no ingresara al panteón cívico. Así, al negarle el funeral republicano de Estado, respetó la memoria colectiva.

Su gran acierto ha sido elegir el eje de la protección social para ampliar la modernización democrática en Chile. En menos de un año aumentó las pensiones bajas a 1.200.000 chilenos y garantizó la atención de salud a los más necesitados. Para este año, destinó dos de cada tres pesos del presupuesto a inversión y gasto social. Todas las personas enferman y todas van a envejecer, y al construir un sistema de protección social que dé a los chilenos y sus familias “la tranquilidad de saber que tendrán un trabajo digno y decente, que tendrán una vejez digna”, Bachelet está sentando los cimientos de una sociedad más igualitaria y solidaria. Transformar el modelo de seguridad social es, en el fondo, transformar el Estado.

Bachelet está logrando, a su manera, lo que toda América Latina está exigiendo que se haga: mejorar la calidad de vida y cambiar el modo de hacer política. Esto es más que enterrar a las viejas mañas políticas; es darle oportunidad a quienes quieren hacer de la política el lugar de la soberanía y la solidaridad.