Bagdad, sala de urgencias

Por Jari Lindholm. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 22/07/07):

Treinta segundos. Están sentados en un pequeño tractor Gator verde al borde del helipuerto y esperan.

Dos hombres jóvenes, con batas hospitalarias azules, zapatillas de deporte, cascos.

No deberían tardar.

El soldado de primera Bowie Sessions mira el reloj. Pasa un minuto.

Siempre la misma rutina. El receptor de la radio crepita: “Se aproximan helicópteros, llegada estimada treinta segundos”. Se sujetan los cascos, se limpian el sudor de la frente, sienten una presión en la boca del estómago. Uno de ellos enciende el motor, el compañero da una sacudida a su lado. Una curva cerrada a la izquierda, se alejan de la entrada, aceleran al pasar por delante de la zona de fumadores en dirección a la pista. Un giro para situarse de cara al hospital, punto muerto.

Cinco minutos. Nada.

La mirada de Sessions escruta el paisaje de color arena.

Allá, tras el blanco hospital, los cirujanos chupan sus puros vespertinos en el tejado de la zona de residencia destinada al personal. Allá, a la sombra de las palmeras, las unidades de refrigeración del depósito de cadáveres emiten un tenue zumbido. Allá, al este del Tigris, en Bagdad, se alza una columna de humo: un coche bomba o disparos de artillería. Y entonces, procedente del otro lado de la hilera de contenedores que rodea el helipuerto, se oye un familiar svac, svac, svac.

Lo primero que se distingue es la cruz roja en la panza negra azabache del Black Hawk.

Los dos helicópteros se acercan desde el norte por encima de la cantina. El torbellino levanta una nube de polvo y golpea las caras de los enfermeros. Los hombres se sujetan los cascos y salen del Gator para esperar detrás de la barrera de hormigón.

Las ruedas del helicóptero tocan el asfalto. El sanitario de a bordo abre la puerta corredera y hace una señal con el pulgar hacia arriba.

Los enfermeros corren entre las ráfagas de aire, las batas ondeando. El soldado Sessions sujeta la camilla, su compañero agarra el otro extremo. Los hombres se tambalean con su carga en dirección a la plataforma del tractor. El sanitario se sube de un salto, sujetándose el casco. Sessions pisa el acelerador.

Cuanto se ve del paciente es una mano llena de sangre que sobresale de la manta.

En la sala de urgencias todo está dispuesto.

Los pacientes anteriores han sido trasladados al escáner y de ahí a un quirófano en el piso de arriba. La sangre del suelo de mármol ya se ha limpiado, los vendajes y los trozos de tubos han sido tirados al cubo de la basura.

La enfermera al mando, la capitana Sophia Li, ha escrito los detalles en una pizarra blanca: “AEITV. Amp. traumática / EID”. Artefacto explosivo improvisado transportado en vehículo, extremidad inferior derecha: coche bomba, pierna derecha seccionada.

Llevan la camilla hasta la sala 1. La cortina se cierra. Los enfermeros sujetan los extremos de la manta y colocan al herido sobre la mesa de examen. El sanitario de a bordo se vuelve hacia el médico de guardia, el teniente coronel Paul Benfanti.

– Policía iraquí…, explosión en la carretera.

– Muy bien. ¡Necesitamos un intérprete!

Retiran la manta. La magnitud de las lesiones se hace evidente de inmediato, pero nadie dice nada. Un meñique destrozado es la menor de sus heridas. El brazo derecho cuelga inerte debido a un enorme agujero en la muñeca. La pierna derecha se sujeta por debajo de la rodilla por un par de centímetros de piel. La pierna izquierda aún cuelga gracias a unas pocas fibras de músculo, pero la piel ha adquirido ya un amarillo cadavérico.

– Ha tenido un mal día…

– Tijeras, por favor.

Un tijeretazo. La pierna se desprende. Alguien abre una bolsa roja de basura.

– “I shoulda been a cowboy…”.

En la segunda planta, en el quirófano 1, siete profesionales se preparan para la tarea. Los bisturíes brillan, las botas de goma chirrían y la música country sale de unos altavoces conectados a un iPod. El quirófano está abarrotado. La naturaleza de las heridas del paciente hace que además del enfermero, el ayudante del cirujano y los anestesistas estén presentes cuatro cirujanos, uno por miembro.

– Doctor Aydelotte, ¿necesita una sierra?

– “Tendría que haber sido vaquero…”. Llevo toda la mañana con esta canción metida en la cabeza.

– ¿Sierra Gigli o eléctrica, doctor?

– Las dos.

Suena el timbre del ascensor. Las puertas se abren con golpe sordo. Los enfermeros de urgencias entran al policía iraquí, lo levantan de las sábanas cubiertas de excremento y lo colocan sobre la mesa de operaciones.

– ¿Dónde está el apoyabrazos?

– Sargento Settles, ¿ha visto el apoyabrazos?

– ¿Conservamos el brazo?

El centro del torso del paciente está cubierto con una tela de cortina, se le quitan los vendajes de las extremidades y empieza la limpieza. Un enfermero levanta un poco la pierna hecha jirones. Otro enfermero limpia el muñón con una solución limpiadora hasta que la piel se vuelve marrón dorado. A continuación, se le coloca el brazo izquierdo sobre el apoyabrazos y se desinfecta la muñeca destrozada.

El mayor Jayson Aydelotte mira la pierna izquierda, que reposa sobre la mesa como una prótesis rota. “Muy bien”.

– ¿Empezamos por aquí?

– Por ejemplo.

El enfermero le entrega el bisturí eléctrico. Aydelotte coloca el electrodo en el músculo. Se oye un silbido apagado mientras la corriente eléctrica quema el tejido del muñón.

Un olor acre inunda la sala de operaciones.

– “Tendría que haber sido vaquero… Haber aprendido a enlazar y montar, a decir yihou…”.

Y la cosa sigue así.

Apenas hay tiempo para limpiar las mesas de la sala de urgencias cuando la radio crepita de nuevo. Los sanitarios corren al Gator ajustándose los cascos, y pronto vuelve a oírse de nuevo el zumbido de los Black Hawks.

Las columnas de la pizarra blanca se llenan de detalles. “HB abd.”, “AEI, metralla / cara”.

Paciente enviado al escáner, entra el siguiente, pizarra borrada. Una hamburguesa rápida de pie y luego el repiqueteo de la siguiente entrega aérea. Dos soldados estadounidenses tienen la piel moteada de metralla y suciedad. Un soldado iraquí escupe sangre en un cuenco; el disparo de un francotirador le ha entrado por la mejilla y le ha salido por debajo del mentón.

Una mujer mayor, con una enorme herida de metralla en la parte posterior de la cabeza, musita insultos cuando los enfermeros intentan quitarle la ropa para examinarla.

Los chalecos antibalas ensangrentados y las botas cortadas a toda prisa se amontonan en el suelo de la recepción.

Herida de bala, pecho. Brazo izquierdo amputado. Ojo reventado.

Soldado iraquí, agujero de bala en pulmones y tráquea. Necesita glóbulos rojos y plasma helado. Estado: crítico.

Mujer joven, 27 años. Penetración de bala por la base del cráneo detrás de la oreja derecha. Consciente pero vomitando. Transferir al hospital neurológico si sobrevive.

Paciente. Herida. Procedimiento. Tubo en la boca, gota a gota en vena, el material de desecho a la bolsa roja. Y así transcurren las horas.

Al caer la noche, abre la cantina. Pollo frito y ensaladas de pasta en platos de plástico. El turno de día descansará con el estómago lleno.

Tras el hospital, junto al depósito de cadáveres, un ordenanza enciende el incinerador. Amontonadas en carretillas, las bolsas de basura vuelan hasta las llamas. Tubos, vendajes, máscaras, guantes, tejidos muertos y huesos destrozados se reducen a ceniza y se elevan en un penacho de humo entre las palmeras.

El olor sube a la cabeza, pero nadie lo nota.

Cuando no están de servicio, visten pantalones cortos negros y camisetas grises, y llevan fusiles colgados al hombro.

En el trabajo cuidan a los pacientes, en el tiempo libre cuidan el estrés. Eso es lo que han aprendido en siete meses de estar aquí.

Cada cual tiene su método. Uno da vueltas en torno a la pista del helipuerto hasta quedar sin aliento, otro está enganchado a las galletas de mantequilla de cacahuete, un tercero castiga una pelota de ping-pong hasta quedarse sin fuerza en el brazo.

En la sala de material del tercer piso, el enfermero Victor Settles toca en un teclado la sonata Claro de luna de Beethoven.

Todos los meses, el enfermero Jake Mac-Gregor corre una carrera alrededor del antiguo palacio de Sadam Husein. La mayor parte del trayecto serpentea entre muros explosivos de cuatro metros de altura, pero en un lugar se puede divisar un resquicio de Bagdad en la distancia. Es el momento culminante de la carrera.

Durante la noche, las luces están encendidas.

Por la televisión, el canal de televenta del ejército se dirige a un pasillo vacío. Unas camillas chirrían sobre el suelo, llevadas de vuelta al helicóptero por unos sanitarios sudorosos.

En el quirófano 2 amputan la pierna a la altura del muslo a un soldado estadounidense. La sierra corta el hueso hasta que el colgajo es lo bastante grande para cubrir el muñón.

Nadie habla. En el iPod suena U2.

Segundo piso. Un pasillo largo y silencioso.

Las habitaciones de los soldados estadounidenses están a la derecha de la recepción, más allá de cuidados intensivos.

Los pacientes iraquíes duermen en el otro extremo del pasillo: mujeres, niños, policías, soldados e insurgentes heridos, con los ojos vendados, esposados a la cama.

Hace cuatro años, cuando el hospital se llamaba Ibn Sina y todavía era la clínica privada de Sadam Husein, las personas corrientes no eran tratadas aquí. Aunque en ese momento no se libraba ninguna guerra. Sólo hay 74 camas. Nadie se queda mucho tiempo.

Los estadounidenses siguen su camino tras una estancia de unas pocas horas. Quienes sólo han recibido heridas superficiales vuelven a la guerra tras un momento de reposo. Los heridos de mayor consideración (piernas o brazos amputados, quemaduras, parálisis) parten de noche en helicóptero, en dirección a una base aérea situada al norte de Bagdad, y desde allí son repatriados a Estados Unidos vía Alemania.

Los iraquíes parten por la mañana. Los meten en ambulancias militares y los llevan a través de la muy fortificada Zona Verde hasta el Control 1. Los dejan bajo el calor, junto a la alambrada, con las moscas revoloteando sobre las heridas, y los enfermeros iraquíes los trasladan, entre gemidos, a las ambulancias locales.

Un soldado estadounidense los saluda con la mano. Las ambulancias se ponen en marcha con una sacudida, y los heridos desaparecen tras los muros explosivos en dirección a la Zona Roja.

Sobre una mesa a mitad del pasillo hay una pila de Biblias.

Una joven está sentada en un pequeño despacho con un libro ante ella. Provista de un lápiz de color, la mano se mueve con seguridad sobre la página, y una casa con forma de fresa adquiere una reluciente superficie rosada.

La soldado de primera clase Kelley Cox se ha entretenido con libros para colorear desde que era niña. En su trabajo, la noche es el mejor momento para dedicarse a Tarta de Fresa y los Teleñecos. Entonces no aparece nadie para burlarse de una joven de 23 años con aspecto vagamente ridículo y absorta en el vestido de Miss Piggy. Un toque más aquí, ya está. Una mano delicada colorea las hojas de fresa.

Cuando suena el teléfono, la ayudante del capellán guarda sus lápices y libros en un cajón, toma una Biblia y baja las escaleras para atender a los moribundos.

En los momentos de calma se pregunta cómo ha acabado ahí, en qué se ha convertido el mundo cuando una estudiante de Empresariales se encuentra despidiendo bolsas de cadáveres en Iraq. Su ciudad natal nunca le ha parecido tan remota. Flomaton, en Alabama, tiene 1.200 habitantes y un destartalado centro lleno de iglesias y gasolineras. Todo el mundo se conoce, y no hay lugar en que pueda escapar del pasado una joven recientemente divorciada.

Para la juventud de Flomaton, el ejército es una buena alternativa, un nuevo inicio.

Cox elige un nuevo lápiz de la caja. Debería haber un sol amarillo encima de la casa fresa.

La llamada se produce muy temprano por la mañana. Cox desciende las escaleras. El cadáver está preparado en la mesa, dentro de una bolsa.

Una niña de cuatro años había recibido un disparo en el estómago. Los enfermeros han intentado resucitarla en vano. Es un mal momento, Cox lo ve en las caras del turno de noche.

El ordenanza saca el carrito por la puerta de atrás. Cox camina tras él. El depósito se encuentra al final del callejón. Dentro, dan la vuelta al carrito. Cuando la cara de la niña está dirigida a La Meca, Cox abre la cremallera y coloca un Corán sobre el pecho de la niña.

– Querido Señor, proporciona a los padres de esta niña la fuerza…

La puerta se cierra de golpe tras ellos. El ordenanza empuja el carrito vacío, Cox lo sigue. Los días son siempre igual, sólo cambian las heridas. Nadie sigue las noticias. Los resultados se ven ahí, en la mesa de la sala de urgencias.

Cuando entra un iraquí con un traje hecho jirones y la cara cubierta de sangre, nadie pregunta qué ha ocurrido. De pronto hay diez hombres, y el turno de día descubre que una bomba ha explotado en el Parlamento iraquí, a apenas un par de kilómetros. Sin embargo, no hay tiempo para pensar en ello, porque un paciente que se retuerce, con la cara negra y chamuscada, acaba de ser colocado en la mesa de examen.

Fuera de la sala, la cola se alarga, los gritos pidiendo ayuda suenan cada vez más fuertes y las heridas por la metralla sangran sobre el suelo de mármol.

A lo largo de la pared hay una hilera de zapatos negros, en uno un teléfono móvil, en otro unos dinares ensangrentados.

Lo peor es la inactividad.

A veces esperan detrás de la recepción durante todo un turno sin hacer nada. La primera hora discurre con algunas bromas. Luego, la tensión se desliza en sus voces. Empiezan a mirar hacia la radio. Los músculos se tensan cuando oyen el runrunear de un helicóptero a lo lejos. Sin embargo, la llamada no se produce, y la pizarra sigue vacía.

Las horas pasan. La hora del almuerzo ha llegado y pasado, las salas de examen se han barrido tres veces.

Casi de un modo inadvertido, la memoria empieza a atenuar los recuerdos de la última urgencia. Por un momento la vida parece diferente: normal. Entonces recuerdan dónde están. Y la espera continúa.

De todos modos, no puedes desear un momento de actividad frenética. Es una regla no escrita. Ni siquiera puedes pensar: “Ojalá pasara algo”. Y no se puede tentar la suerte. No se puede decir: “Es un día tranquilo”. A las afirmaciones descuidadas siguen demasiado a menudo emergencias.

El primer pensamiento del mayor Brian Krakover es: “Tiene la edad de mi hijo”.

Krakover sigue a los camilleros hasta la sala de examen y cierra tras él la cortina.

Tienes que luchar con los sentimientos. El médico de guardia no puede tener un nudo en la garganta.

Es un niño de unos cuatro años, delgado pero no raquítico. Sus ojos siguen con atención los movimientos del médico. No llora, pero cuando el médico le toca el agujero que tiene en el costado exclama: “¡Ay!”. Alguien ha escrito una información en árabe con un rotulador sobre el pecho moreno del niño.

– Sanitario, ¿qué ha pasado?

– Caímos en una emboscada en Fadhil, señor. El pequeño estaba en un tejado mirando. Vaya uno a saber qué lo ha herido.

– ¿Dónde están los padres?

– No había sitio para la madre.

El enfermero introduce un catéter en el brazo del niño. En el dedo se le pone un oxímetro de pulso para vigilar la cantidad de oxígeno de la sangre.

Alguien coloca un patito de juguete bajo el brazo del niño.

– Parece como si hubiera rozado la pared intestinal.

– ¿Escáner y luego para arriba?

Krakover piensa en su hijo de tres años. Cuando vuelva de Iraq visitarán Disneylandia.

– Sí. Hay que abrirlo.

Quirófano 1. El enfermero ofrece un bisturí. Esta vez, el único sonido que acompaña la operación es el frufrú de la bata del cirujano.

La barriga del niño se abre con facilidad. El cirujano introduce las dos manos en la cavidad y empieza a examinar los órganos uno por uno.

El lóbulo izquierdo del hígado. El fondo gástrico. El ángulo esplénico.

Ahí está.

El escalpelo corta una porción del intestino delgado rozada por una bala perdida.

Las puertas de batiente se abren con un golpe sordo y entran a un soldado estadounidense que gotea sangre por una herida de bala en el costado.

Los enfermeros lo levantan y lo colocan en otra mesa de operaciones, frente al niño.

Los cirujanos le abren el estómago. La bala ha perforado el intestino grueso y tocado la columna. El soldado está paralizado.

Por la noche, una suave brisa mece las palmeras del helipuerto. Las luces de los Black Hawks proyectan brillantes bandas blancas sobre el asfalto. El personal del hospital permanece de pie en el borde de la pista, el personal de servicio con chaquetas azules, los médicos y enfermeros que no están de servicio con pantalones cortos.

Un Gator conduce el cortejo desde el depósito de cadáveres hasta el helicóptero. Un soldado marcha delante del tractor. Una campana tañe cuatro veces en la oscuridad. El difunto pertenece a la Marina. Se alzan las manos para saludarlo.

– ¡Parte el capitán de fragata Phillip Murphy-Sweet!

Los escoltas agarran la bolsa por las asas. La bolsa desaparece en la puerta abierta del helicóptero.

Se intensifica el aullido de las turbinas. El remolino de polvo golpea las caras de los presentes, que se mantienen rígidamente en posición de firmes. El batir de las aspas del rotor alza el Black Hawk en el aire. Detrás de los palacios, en Bagdad, los destellos brillan en el cielo.

Paciente. Herida. Procedimiento.

Comprobar pupila, preparar el gota a gota, rellenar los formularios. Un cigarrillo rápido en la zona de fumadores, luego otro frenesí.

Un Humvee polvoriento entra muy deprisa por la puerta de atrás. En la sala de urgencias adivinan por el rugido del motor que los que llegan tienen mucha prisa. Los enfermeros corren al patio.

El vehículo se detiene, chirrían los frenos. La puerta trasera izquierda del blindado se abre de un porrazo.

– ¡Joder!, ¡abrid la puta puerta!

Un sanitario estadounidense rodea corriendo el Humvee y forcejea con la otra puerta trasera. Un enfermero intenta ayudarlo, pero el soldado lo empuja.

– ¡Puta!

Al final logran abrir la puerta y sacan al herido. Es un hombre grande, y la puerta es demasiado estrecha, y la camilla se vuelca.

– ¡Puta!

Entra la camilla, paciente sobre la mesa, cortina cerrada. Nadie tiene tiempo de preguntar otra, empieza la resucitación. Uno, dos, tres, cuatro, cinco…

El sanitario se traga las lágrimas. “Estaba consciente, pero de pronto…”.

Por debajo del herido, la sangre que mana de la pelvis chorrea hasta el suelo.

Los enfermeros se turnan. Continúa la resucitación: cinco, diez, quince…

Un infusor rápido Belmont bombea sangre a las venas y, a través de la herida, directamente a la mesa.

El soldado muere.

Los hombres permanecen sentados en las sillas de plástico verde de la capilla del hospital, sucios y destrozados.

No podía hacerse nada. Las palabras del médico son serenas y rotundas.

Asienten, pero permanece la duda. ¿Y si la puerta del Humvee se hubiera abierto más deprisa? ¿Y si la camilla no se hubiera caído?

Se levantan. Los fusiles golpean contra el chaleco antibalas.

Camino de la salida, pasan frente a unos dibujos pegados en las paredes de la capilla.

Las familias estadounidenses han enviado cruces hechas por ellas mismas en apoyo de sus compatriotas.

En un dibujo alguien ha escrito con letra torcida unos viejos versos: “Estados Unidos, en Dios confiamos, sin miedo a las hordas tiranas: / hay una luz hacia mayores hazañas que la conquista por la espada; / pero nuestra causa es justa, si luchar debemos por librar al mundo / de cualquier amenaza, raza o casta que ataque la Libertad”.

Por la mañana el cielo enrojece.

Nadie sabe la razón. Quizá una lluvia torrencial ha levantado polvo del suelo. Quizá se acerca una tormenta de arena. La naturaleza de Iraq es caprichosa.

En la sala del hospital. El niño está sentado de lado en un sillón, metiéndose en la boca caramelos de menta y mirando dibujos animados en un DVD.

La madre gime. Le saltan las lágrimas. El niño no dice nada, pero una sonrisa se dibuja en su cara.

– Puede cogerlo si quiere – dice el enfermero.

El intérprete traduce al árabe. La madre sacude la cabeza.

– No, no, está enfermo.

La mujer acaricia la frente del niño. A continuación, se cubre la cara de nuevo. Una voz apagada hace la pregunta más difícil:

– ¿Seguirá siendo un niño normal?

A la mañana siguiente salen por la puerta delantera, la madre enfundada en negro y el encorvado niño de cuatro años.

Tras el control de la seguridad doblan a la izquierda, dan la vuelta al muro explosivo y salen a la calle. El cielo está despejado.

Se sientan en la parte de atrás de un taxi. El conductor enciende el motor.

El niño aprieta contra sí un tesoro. En la bolsa lleva un libro para colorear y caramelos de menta.

En el otro lado del hospital, en la recepción de la sala de urgencias, la radio crepita: “Se aproximan helicópteros, llegada estimada, treinta segundos”.

Los sanitarios se sujetan los cascos. El Gator verde espera, con el morro apuntando a la puerta. Los hombres se suben a él, la llave enciende el arranque. En el helipuerto, las ruedas del Black Hawk tocan el asfalto. Las puertas correderas se abren. El sanitario sacude la cabeza, no hay prisa.

La bolsa con el cuerpo suena al ser colocada sobre la plataforma del Gator. El tractor da la vuelta y se dirige al depósito de cadáveres, donde espera un médico.

La cremallera se abre con un chirrido. El médico mira el reloj. Un enfermero registra la hora de la muerte.