Bagdad y Jerusalén: ¿vasos comunicantes?

Por Shlomo Ben-Ami, ex ministro laborista de Asuntos Exteriores de Israel (EL PAÍS, 07/03/03):

La izquierda israelí ha sido derrotada dos veces, una en las urnas y otra por la justificación que el presidente Bush ha dado a la visión estratégica de la derecha. La izquierda -es lo que llevó a Rabin a Oslo y a Barak a Camp David- sostenía que sólo mediante un acuerdo con los palestinos podía Israel alcanzar una reconciliación viable con el mundo árabe, y se podía establecer un sistema razonable de paz en Oriente Próximo. La derecha relegó convenientemente el dilema palestino al paso del tiempo. Prometía “concesiones dolorosas”, pero sólo después de que las amenazas existenciales que emanaban de los Estados canallas en la región hubiesen sido neutralizadas y la democracia hubiese echado raíces en todo el mundo árabe. El vincular una paz entre israelíes y palestinos a un cambio de régimen en Irak, y no digamos a una solución para los problemas más básicos del mundo árabe, pone a prueba el sentido común.

Pero el presidente Bush no sigue realmente los pasos de su padre, quien precisamente sabía que al construir una coalición para la guerra también podía forjar, como derivación, una alianza internacional para la paz en Oriente Próximo, cuyo resultado fue la Conferencia de Paz de Madrid. La visión del presidente Bush recuerda más a la de Reagan. Como él, ha adoptado una visión maniquea del mundo, pero con Al-Qaeda y los Estados canallas en el papel de la Unión Soviética y el comunismo internacional. La presidencia de Reagan acabó justificándose con la caída del “imperio del mal”.

Pero los problemas que las sociedades musulmanas plantean actualmente son de una naturaleza completamente distinta. Al-Qaeda no es una superpotencia corrompida al borde del colapso como era la Unión Soviética. Es en gran medida un cuerpo amorfo nutrido por los males y ansiedades culturales más básicos de las sociedades musulmanas. Hay muy poco que atacar, no hay nada que “derrocar”. La solución no reside en competir por la supremacía sobre un bloque rival, ni en el tipo de carrera armamentística que partió el cuello de la URSS. Ninguno de los problemas de las sociedades musulmanas, ni siquiera la democratización de Irak, puede solucionarse a la fuerza. La solución tiene que plantearse a largo plazo. Tiene que estar arraigada en una perspectiva histórica de desarrollo y cambio. Harán falta años.

La “victoria” en las guerras culturales y en las guerras contra el terrorismo siempre es una cuestión escurridiza. No se debe permitir que la paz árabe-israelí tenga que esperar hasta que se declare la “victoria”, porque puede que no haya ninguna victoria. No tenemos por qué estar de acuerdo con la cínica retórica según la cual todos los males del mundo árabe se derivan de la ocupación de los territorios por parte de Israel para aceptar que el problema palestino, y su manipulación por los líderes árabes y sus medios de comunicación, son siempre una plataforma conveniente de histeria masiva en toda la región.

La retórica belicista del presidente Bush y la intención de Estados Unidos de desmantelar un régimen árabe por la fuerza, por muy despreciable que sea, resultan profundamente humillantes para los árabes de a pie. El descontento popular puede degenerar en un levantamiento estratégico. Un terremoto político en Jordania supone una amenaza para la estabilidad regional y para las perspectivas de una paz palestino-israelí mucho más grave que la que Sadam Husein representa hoy en día. Y, por si fuera poco, puede que pronto no quede ninguna fuerza política palestina fiable con la que hacer la paz. Tras más de dos años de Intifada, las instituciones palestinas que podían garantizar una vuelta ordenada a la estabilidad desaparecieron bajo el fuego del enfrentamiento más cruento que haya habido jamás entre israelíes y palestinos.

El caso palestino es un oportuno recordatorio de una importante falacia suscrita por el presidente Bush. En el mundo árabe, la verdadera opción, y sin duda la más inmediata, no es entre dictadura y democracia, sino entre dictadura secular y democracia islámica. Probablemente, si se celebraran hoy unas elecciones libres en los territorios, darían la victoria a Hamás. La Autoridad Palestina y el régimen personal de Arafat se están desintegrando en favor de los fundamentalistas de Hamás. Las instituciones de la Autoridad Palestina, que nunca han sido especialmente competentes, casi han colapsado, y su aparato de seguridad ha quedado prácticamente desmantelado; desde luego, no se puede confiar en ellas para reducir eficazmente el terrorismo de Hamás y la yihad. No se ha mantenido una cadena de mando jerárquico regular ni siquiera en Al-Fatah, el partido de Arafat. Las milicias de Al-Fatah, como Los Mártires de Al-Aqsa y los Tanzim, están llevando a cabo su propia guerra independiente en contra de Israel como la única forma que conocen de luchar contra Hamás por la supremacía política en las calles palestinas.

El escenario tras Sadam, tanto si se desarrolla a través de lo que ahora parece ser una guerra inminente como si llega, preferiblemente, a través de la presión internacional, debe empezar con un acuerdo entre Israel y Palestina. El mapa de carreteras vago y escasamente vinculante al que el primer ministro Sharon ya ha planteado más de cien reservas, puede resultar demasiado propenso a las tácticas de dilación y evasión de las dos partes. Habrá que establecer un mandato internacional sostenido por una fuerza multinacional, no sólo para supervisar de cerca la reforma del sistema palestino y el desarme de las milicias, sino también para controlar la evacuación de los territorios y otras cuestiones vitales relativas a un plan de paz estricto y vinculante.

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