Bailando sobre un cadáver

Por Pilar Rahola (LA VANGUARDIA, 15/10/08):

Los símbolos, especialmente los patrios, no son materiales ignífugos. Muy al contrario, tienden a ser inflamables y a alimentar fuegos innecesarios que dejan, a su paso, heridas abiertas y tierra quemada. Arraigados en el pensamiento reptiliano de las naciones, su naturaleza profunda no nace de la razón, sino del conjunto de emociones que definen una identidad. Por supuesto, los símbolos se sostienen sobre razones históricas, culturales, quizás morales, pero su fuerza colectiva se fundamenta en los sentimientos y, a menudo, en las vísceras. Por ello son material inflamable, y por ello mismo sólo pueden ser usados por expertos bomberos. Desgraciadamente, sin embargo, son los pirómanos los que tienen más vocación simbólica, y a ellos debemos algunos sonoros estropicios colectivos. Los símbolos son porcelana fina, y tendrían que llevar el cartelito de la canción de Joan Manuel Serrat, el “mírame y no me toques”, que preserva lo frágil de manos inexpertas. Pero ahí están, reiteradamente toqueteados, manoseados, hechos añicos, víctimas del patético infantilismo que caracteriza a muchos de nuestros políticos.

Vean ustedes el triste caso Lluís Companys. La pelea de patio de escuela que han protagonizado ERC e IC, chapoteando con el símbolo del president asesinado, como si fuera una bronca infantil del “tuyo, mío”, es un ejemplo tristemente paradigmático de lo dicho en este artículo. Lejos de tratar con extrema delicadeza un símbolo tan sensible de la memoria de este país, estos dos partidos se han puesto los guantes de boxeo, han colocado a Companys en medio del ring y, usando su nombre en vano, han bailado sobre su cadáver. Perdonen si digo que me he sentido profundamente ofendida por este espectáculo barriobajero, cuya única finalidad era patrimonializar la figura del president mártir. Cual émulos del Gollum de Tolkien, en versión cuatribarrada, los de uno y otro partido han salido a la palestra para escenificar un patético “mío, mío”. ¿De qué se trataba? ¿De demostrar que un partido estaba más comprometido que el otro en la dignificación de la memoria histórica? ¿De demostrar que Companys estaría con la ERC de Carod o con la IC de Saura? (Paréntesis. En el caso de ERC cabría preguntarse si Companys sería de Carod, o de Puigcercós, o de Uriel Beltran, o de Carretero, o los enviaría a todos a paseo…) ¿Se trataba, pues, de lavar más blanco que el vecino, en cuestiones tan sensibles como la dignidad y la memoria? Y aún peor, la figura de Lluís Companys ¿se merecía que un grupo de niñatos jugaran con su memoria, sólo para ganar un puntito de simpatía en alguna prospectiva de voto? Me dicen los de un lado que la ley está mal hecha, y que es la Generalitat la que tiene que reclamar la revisión del proceso militar a Lluís Companys. Me dicen los del otro que la ley es la que es, y que no se pueden pedir las cosas fuera de la ley. Unos dicen que los otros se han bajado no sé qué pantalones delante de la ministra. Los otros dicen que los unos no son serios en estos menesteres. Y unos y otros ningunean a la propia familia, mientras montan numeritos. Lo que late debajo de esta patética, estéril y triste polémica es el manoseo que ha sufrido la historia republicana en manos de sus autoproclamados guardianes, hasta el punto de que este país ha conseguido gozar de sobrecarga simbólica, y carecer completamente de memoria.

¿Hablamos de memoria histórica? Lo pregunto porque creo que todos los que intentan abusar del nombre de Companys han traicionado esa misma memoria que dicen proteger. No sólo porque han convertido a la República en una especie de mito virginal impoluto, cuyas miserias sólo habrían existido en la maldad de las crónicas fascistas. Cuando la República, precisamente, no tuvo nada de virginal. Y segundo, porque en todo el chiringuito montado por el tripartito sobre la memoria histórica, algunas víctimas de la represión estalinista han desaparecido por arte de magia. También entre los vencidos, los hubo que fueron vencedores, especialmente aquellos que habían detentado la verdad oficial del comunismo. Y esos vencedores de la resistencia no tuvieron problemas en borrar de la memoria sus propios asesinatos y sus propias vergüenzas. Existió Lluís Companys, pero parece que nunca existió Andreu Nin… Sin duda, el crimen contra Lluís Companys no tiene comparación posible, porque Companys fue condenado por una dictadura, en una farsa de juicio, y asesinado por ser el president de Catalunya. Es el símbolo más inequívoco de la maldad del franquismo. Y la restitución de la dignidad de su memoria es una cuestión moral, que no pertenece a nadie, sino a todos. Pero también es cierto que algunas voces que ahora proclaman la dignidad de Companys asumieron sin indigestión los sapos de una herencia ideológica represora e inquietante. No sé si son los mejores defensores para tamaña causa… Sea como sea, Companys merece dignidad. Pero esta no se conseguirá ni con políticos que actúan como adolescentes, ni con ruido de bronca, ni con apropiación de su figura. Al contrario, así sólo se consigue ensuciar su memoria.