Bajo el peso de la Corona

La apertura del Año Judicial significó un momento decisivo para la calidad de nuestra democracia. Nunca sabremos si ese arranque de orgullo cívico y de conciencia ética de Carlos Lesmes se habría producido con el mismo arrebato si la periodista Ángela Martialay no hubiese conmocionado dos días antes a la carrera judicial con la publicación en EL MUNDO de las presiones a las que estaba siendo sometido su presidente. Pero lo cierto es que, despojado ya de cualquier posibilidad de interferencia a partir de esa información, Lesmes protagonizó una admonición memorable en la que depuso sus eventuales aspiraciones y alguna convicción personal al servicio del bien común que es la separación de poderes.

Bajo el peso de la CoronaLa primera consecuencia es que se detiene el reloj del rodillo gubernamental que Pedro Sánchez pretendía aplicar sobre el Tribunal Constitucional, con Cándido Conde-Pumpido a la cabeza. No se trata de discutir su derecho a invertir la mayoría: lo tiene. Sí de que el método escogido para sojuzgar a los contrapoderes alimenta los peores augurios acerca de su intención de instrumentalizar el máximo órgano de control de la legalidad para romper los consensos constitucionales a plena satisfacción de ERC. La valiente mención de Lesmes, bajo la mirada próxima del Rey, al acuerdo de «desjudicialización» alcanzado con los independentistas sitúa por fin este debate en los términos existenciales que le corresponden.

El aldabonazo del presidente del Tribunal Supremo siguió también el guion que interesa a la Unión Europea, tan preocupada por la evolución del Estado de Derecho en España que la observa minuto a minuto. La supervivencia de las instituciones que son la garantía de la libertad no depende nunca sólo de su naturaleza sino, sobre todo, del sentido y la fortaleza moral de los ciudadanos que las encarnan y de la sociedad a la que sirven. Felipe VI ha hecho de esta convicción un leit motiv de sus discursos. En el de la Navidad de 2019, a pocos días de la investidura de Sánchez con los votos separatistas, lo expresó así: «El progreso de un país depende, en gran medida, del carácter de sus ciudadanos, de la fortaleza de su sociedad y del adecuado funcionamiento de su Estado». De su «serenidad y entereza», de su «resistencia y madurez». El Rey constitucional sirve con ejemplaridad y además la irradia.

El modelo de Reina constitucional que ha iluminado a todos los reyes europeos falleció el jueves, rodeada de la formidable épica ceremonial que ha sido uno de los basamentos de su fascinante grandeza. Todo el significado del reinado de Isabel II se condensa en el discurso que le escribió el periodista Dermot Morrah para leerlo a través de la radio desde Sudáfrica en 1947, el día que siendo princesa cumplía la mayoría de edad: «Declaro ante todos ustedes que toda mi vida, ya sea larga o corta, estará dedicada a su servicio». Como escribía Eduardo Álvarez en su sensacional obituario, «no prometió en vano». Durante los 70 años que ostentó la Corona, el leal servicio de la Reina a su pueblo consistió en convertirse por encima de cualquier veleidad personal en la encarnación de la certidumbre y de la seguridad institucional, en la referencia de los valores permanentes frente a los vaivenes de la historia. En la continuidad simbólica de la nación y en el ejemplo vivo para sus ciudadanos de la fortaleza moral del Estado. Porque ésta es la utilidad de la Monarquía: la garantía de la libertad y de la estabilidad.

Isabel II concentró en su persona sin apenas contestación la autonomía y la personalidad del Reino Unido durante casi tres cuartos de siglo turbulentos en los que se transformó: de un imperio colonial a una isla a la búsqueda de su posición en el mundo, de una sociedad aristocrática y monocromática al mestizaje y la globalización. Si fue así, no fue por su energía o su sabiduría. Lo fue por su extraordinaria intuición para mantenerse siempre por encima de las luchas ideológicas y el conflicto partidista. Nadie como ella dio sentido al ideal de «la luz por encima de la política» con el que William Bagehot definió la esencia de la Corona constitucional: el implacable celo por su neutralidad política.

No fue sencillo. En un reciente documental de la BBC, ella misma daba una respuesta sagaz jugando con el peso material y alegórico de la Corona: «No se puede mirar hacia abajo para pronunciar el discurso, tienes que hacerlo mirando al frente, porque si no lo hicieras te rompería el cuello y se caería; así que hay algunas desventajas con la Corona pero, por lo demás, es una cosa bastante importante». Tímida y dotada de una frágil humanidad, sintetizó así al mismo tiempo la cercanía y el misterio. Carlos III, protagonista de la eclosión postmoderna de las casas reales por su boda y posterior divorcio con Diana, asume el trono en un momento de debilidad del país consciente de que su principal aval es el vínculo de lealtad con lo que representó su madre.

Precisamente la Corona de España vivirá este jueves un acontecimiento de gran relevancia: la Reina Letizia cumple 50 años convertida en seña de modernidad y vínculo popular de la institución. Y, dentro de siete días, decenas de miles de ciudadanos que son ejemplo para el «progreso de un país», de «carácter» y de «fortaleza», de «serenidad y entereza», de «resistencia y madurez», saldrán a las calles de Barcelona para reivindicar el derecho de todos los españoles a educar a sus hijos en la lengua oficial del Estado. La «desjudicialización» pactada con la Generalitat significa entre otras muchas cosas perpetuar la vulneración de ese derecho en Cataluña. La Unión Europea también debería prestar atención a este atropello. Allí estará EL MUNDO, con todo nuestro apoyo y solidaridad: «No están solos, ni lo estarán».

Joaquín Manso, director de El Mundo.

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