Bajo el signo de la ‘guerra tibia’

Por J. Carlos Ortega, periodista y sociólogo peruano (EL PAÍS, 03/06/06):

“Experiencia no les falta, pues sin ganar elección alguna (más bien las pierden) siempre se las arreglan para ejercer el poder”. El aserto que precede estas líneas, referido a la derecha peruana, pertenece a un economista que manifestó así su escepticismo frente a la derrota de Lourdes Flores Nano en la primera vuelta de las elecciones. En efecto, en tal ocasión, dos candidatos “de izquierdas”, Ollanta Humala y Alan García, derrotaron a la postulante conservadora por un margen global que no admitía dudas. Comenzaron entonces los reacomodos y con ellos la vislumbre de aquello que inspira en el Perú de hoy este tipo de añeja suspicacia.

Ahora, dos meses después, con la segunda vuelta ad-portas, los peruanos somos espectadores, más que protagonistas, de un drama electoral inscrito en un campo de deslinde que sobrepasa a los partidos que se enfrentan y al propio país de desconcertadas gentes que es el nuestro. Y es que en realidad, el juego de alianzas y oposiciones ha dejado de ser, como jamás desde el proceso de independencia política del siglo XVIII, un fenómeno nacional para convertirse en una confrontación de diversas concepciones acerca de la democracia, el desarrollo y la inserción en un mundo globalizado. Concepciones a veces en pugna en una Iberoamérica que se debate en el caos social dejado por el llamado “Consenso de Washington” como trágica secuela.

En este sentido, el dilema continuismo neoliberal o cambio -más o menos radical- de modelo, ha cobrado en Latinoamérica un giro crucial, facilitado sin duda por la cuasi anomia en la que el desastroso Gobierno de George W. Bush ha sumido a la potencia hegemónica del Continente. La propia guerra en Irak, paradigma del error estratégico de los neocons, ha contribuido en buena medida a la crisis energética y a la escalada del precio del petróleo.

El presidente venezolano, Hugo Chávez, adalid de lo que él llama “Socialismo Siglo XXI”, ha encontrado en este contexto poder y medios para desarrollar, mucho más allá de su anecdótico desaliño verbal, una bien calibrada estrategia de conflicto de mediana intensidad, de carácter asimétrico, en el espacio político social del Continente. Este hecho, en un contexto regional en acelerada evolución, parecería formar parte de un fenómeno más global, con diversos países emergentes del mundo en desarrollo como protagonistas y con la crisis de la energía como telón de fondo. Fenecida la época de la guerra fría, tal fenómeno bien podría ser designado como guerra tibia.

En cuando a Hugo Chávez y Latinoamérica, el grado de aceptación o de rechazo que merecen sus arengas bolivarianas y sus acciones tanto políticas como económicas varía de un país a otro, o de un gobierno a otro, pero a nadie deja indiferente.

Es en este marco que se inscriben las elecciones peruanas que culminan este domingo. Y por ello es que el señor Hugo Chávez ha terminado por imponer su presencia en el proceso electoral desde su inicio, cuando hizo público su apoyo a Ollanta Humala frente a Lourdes Flores. Y por ello también Alan García ha optado, al menos ante el electorado potencial de derechas, por mostrar al presidente venezolano como el “enemigo externo” al que hay que combatir más que al propio Humala, reducido, según él, al papel de “títere”.

Pero, ¿qué hay en realidad detrás de estas gesticulaciones? Parece claro que detrás está el deslinde entre la continuidad del modelo económico que el electorado peruano viene rechazando desde hace 20 años y el cambio de ese modelo, a tono con las evoluciones que se están produciendo en la región y con las situaciones propicias de la economía y la política a nivel mundial. También estaría detrás la posibilidad del surgimiento en una América Latina en ebullición, de un líder carismático, elegido por votación popular, capaz de enfrentar con éxito el activismo creciente de Chávez.

Y todo parece indicar que en la ímproba tarea de conciliar su filiación socialdemócrata con la necesidad de tranquilizar a la arisca derecha empresarial peruana y de conquistar los votos que apoyaron a Lourdes Flores en la primera vuelta, el candidato aprista ha caído en el dulce encanto de la tentación Lampedusiana: morigerando su discurso anuncia que ya no es preciso cambiar el régimen económico aberrante de la Constitución aprobada por Fujimori, ya no es necesario recuperar los recursos naturales sino renegociar algunos contratos con ciertas empresas, ya no habrá de revisarse el lesivo Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos sino que se compensará (con dinero del contribuyente peruano, claro) a los agricultores arruinados por la invasión de productos agrícolas norteamericanos subvencionados. No habrá reforma tributaria ni estímulo a la actividad promotora y reguladora del Estado, ni potenciación de su actividad empresarial en sectores estratégicos.

Si miramos el pasado, la película es la misma: en 1990, Mario Vargas Llosa, candidato de la derecha que anunció con honestidad una durísima política de ajuste estructural, fue derrotado por Alberto Fujimori, que jugó el papel de crítico de esa política, aplicada luego por su gobierno con mayor dureza todavía. En 2001, Lourdes Flores perdió también en la primera vuelta, pero Toledo se encargó de que la derecha siguiera gobernando con Pedro Pablo Kuczynki (nuestro Sánchez de Lozada criollo) en el corazón del entramado. Cinco años después, los equilibrios macroeconómicos logrados le importan un bledo a las legiones de hombres y mujeres que continúan padeciendo niveles pavorosos de marginalidad y de miseria.

Ahora, frente a este domingo electoral, la derecha ya se ha pronunciado: votar por Alan García, tapándose con dos dedos las narices (Vargas Llosa dixit). Más claro aún: Hugo Guerra, comentarista estrella de la prensa conservadora, ha advertido: “El APRA, entendamos bien, sólo tiene un 25% propio de electores. Por tanto, prestarle hoy nuestro voto debe ponernos en la posición de ser los acreedores de un posible triunfo y también de ser los exigentes supervisores de un gobierno que está condenado a ser absolutamente democrático y exitoso” (sic). Galimatías aparte, más claro no canta un gallo. El uso de la tercera persona del plural es facundo y fascinante.

García sabe que el masivo y aplastante apoyo de la prensa fujimorista que sigue asolando al Perú, y de los sectores económicos que representa, tiene un precio. Ha sido ya notificado. Pero, si por una vez las volubles “encuestas de opinión” coinciden con la realidad real, y García triunfa así sea por un pelo, habrá de hilar muy fino para no caerse luego de la maroma. No sólo frente a la derecha, sino de cara a vastísimos sectores populares que no aguantan más, que en 18 de los 22 departamentos del Perú han optado por quien proclama un cambio en las relaciones con el poder económico, Humala, y que a fines de año deberán elegir poderes locales en zonas devastadas por la política neoliberal, con la fea testuz del “senderismo” demencial asomando en recónditos parajes.

Si para su desgracia y para desgracia del Perú, Alan García sucumbe otra vez a la tentación del mesianismo desbocado que lo llevó, en los ochenta, a querer arrebatarle a Fidel Castro el supuesto liderazgo político del Tercer Mundo y se sumerge ahora en la tarea de pararle el carro a Hugo Chávez y subirse en él, sin multitudes evidentes que lo apoyen y sin petrodólares que le permitan galvanizar militancia y adhesión populares, que “Dios nos agarre confesados”, como decía una tía piadosa. En tal caso podría terminar como su mentor Carlos Andrés Pérez, con miles de muertos en las calles, la institucionalidad política hecha polvo y el ostracismo más patético como mortaja en vida.

Entretanto, Ollanta Humala y sus variopintas huestes aguardan este domingo con no pocas esperanzas un triunfo sorpresivo. Esperan que en el Perú se produzca, como ha sucedido ya en esta región, el fracaso rotundo de la supuesta “alianza imbatible” entre los operadores políticos de la derecha económica y el aparato mediático que les sirve de sostén. Ya en la primera vuelta, la arrogancia y la ligereza con las cuales los medios de comunicación, sobre todo la televisión, usurparon el papel de intermediación política propia de las instituciones democráticas con el afán de demoler a Ollanta Humala, candidato “antisistema”, terminaron por propulsarlo a un triunfo -cierto: parcial- pero que hace sólo medio año hubiera sido impensable. Si vuelve a suceder, quedará probado que los aprendices de brujo no aprenden de la experiencia, que están sumidos en un autismo profundo. Ya les sucedió en Venezuela, donde los medios enloquecidos llegaron a pedir, en antena, el asesinato del presidente. Y ahí anda Chávez, como un viejo fantasma, rondando por América.