Bajo el síndrome del Titanic

Es una triste ironía del destino que Europa y Estados Unidos hayan conmemorado el mes pasado el centenario del hundimiento del Titanic viviendo —unos más que otros, eso sí— bajo los efectos de la peor crisis financiera de los últimos ochenta años. En cierta medida viene a recordarnos que quizás las lecciones que proporcionó esta catástrofe en 1912 no han sido del todo aprendidas.
El Titanic nació como un símbolo del poder de Gran Bretaña y del esplendor del mundo atlántico. El trasatlántico más moderno y lujoso de aquella época intentó también llegar a Nueva York en tiempo récord en su viaje inaugural, pero como todos sabemos, un iceberg se interpuso en su camino provocando su hundimiento y la muerte del 68 por ciento de los que viajaban en él.

El Titanic cumplió el propósito de sus propietarios de ser el trasatlántico más famoso, pues cien años después de hundirse lo seguimos recordando con extraordinaria intensidad gracias a una larga lista de libros, documentales y películas que han examinado su trágico destino. El interés que despierta esta tragedia se puede atribuir a que cada uno encuentra en ella los aspectos de la vida que más le fascinan o que más teme. De la corta vida del Titanic se pueden extraer muchas lecciones útiles para aplicar al mundo de la política, de la empresa o a nuestras vidas cotidianas.

El Titanic es, en primer lugar, un ejemplo de imprudencia temeraria. La noche de su hundimiento el trasatlántico avanzaba a gran velocidad a pesar de haber recibido varios avisos de que había icebergs en el camino. En segundo lugar, es un caso paradigmático sobre el alto precio que tiene la falta de preparación ante situaciones de emergencia. El mejor trasatlántico del mundo no tenía suficientes botes salvavidas para todos sus pasajeros, y por lo tanto un alto porcentaje estaba destinado a hundirse con él. Por último, la tragedia muestra las desastrosas consecuencias que tiene el pánico colectivo en una situación de emergencia en la que los responsables no tienen las soluciones necesarias, pues fue tal el caos producido en el proceso de evacuación del barco que varios de los botes salvavidas partieron con menos gente de la que podían haber llevado.

El Titanic fue un toque de atención a una Europa arrogante y pagada de sí misma en la que sus personajes más destacados estaban tan convencidos del éxito y de que la gloria era su destino final que no perdían tiempo en la prevención de accidentes, ni en prepararse para superar situaciones adversas. Dos años después de su hundimiento estalló la Primera Guerra Mundial y los principales líderes del continente europeo cometieron errores similares a los del Titanic, lanzándose a una terrible guerra convencidos de que la iban a ganar, y sin pensar en las consecuencias desastrosas que podría tener esta contienda para sus naciones y sus intereses. El resultado final fue que varios imperios desaparecieron y Europa en su conjunto perdió la supremacía mundial que había ejercido hasta entonces. Toda una época de esplendor y poder europeo se hundió tras el fin de la Primera Guerra Mundial en 1918 como el Titanic en 1912.

El Titanic es una metáfora sobre la fragilidad de la aparentemente indestructible civilización occidental. Marca un cambio radical en la mentalidad de los europeos hacia su cultura y su civilización. Ese mundo de seguridad y optimismo ante el futuro que se vivió en la llamada Belle Epoque desapareció entre 1912 y 1918. No es casual que en 1916 Oswald Spengler publicara su obra El declive de Occidente, en la que advertía que la civilización occidental había iniciado ya un declive inexorable. Desde ese periodo negro en la historia europea hasta nuestro días, frente a los muchos avatares políticos y económicos por los que ha atravesado Occidente, muchos de sus habitantes especialmente los europeos han tenido la sensación de estar en un Titanic que se está hundiendo, aunque el agua no haya llegado aún a sus camarotes y la orquesta siga tocando en cubierta las mismas melodías.

El pesimismo sobre el porvenir de Europa y el conjunto de sus naciones ha atormentado a muchos ciudadanos desde el año de la catástrofe del Titanic, y este se ha vuelto especialmente acuciante en tiempos de crisis. La crisis de los años treinta convenció a muchos ciudadanos de que sus sistemas no tenían solución, por eso tantos apoyaron a regímenes totalitarios. Tras el fin de la Segunda Guerra Mundial era tal la ruina económica, política y moral que se llegó a dar la civilización europea por acabada. La crisis de los setenta, con la terrible combinación de inflación y desempleo entre los europeos, volvió a hacer tambalearse el sistema. Y finalmente llegamos a la crisis actual en la que por muy buenos motivos volvemos a tener la incómoda sensación de estar en un Titanic, pues un país y un sistema político que gasta más de los que ingresa y no es capaz de controlar su endeudamiento ni crear oportunidades está inexorablemente destinado a hundirse.

Una expresión que se hizo muy popular en la lengua inglesa desde el hundimiento del gran trasatlántico es la de estar colocando las sillas en la cubierta del Titanic. Se refiere a toda medida que no vaya suficientemente lejos para resolver un problema, que se quede en la superficie aparentando normalidad y no logre evitar la catástrofe final. ¿Quiénes son los que han estado colocando las sillas en la cubierta del Titanic ante esta gran crisis? Los gobiernos, partidos y sindicatos que han pretendido salir adelante con pequeñas reformas y que creen que el modelo social y el Estado de bienestar pueden mantenerse sin grandes cambios. Frente a ellos los que han decidido aplicar una política de recortes drásticos pueden considerarse los que están llegando al fondo de la cuestión y aspiran a tapar las grietas por donde el barco hace aguas, pues esta es la única forma de evitar su hundimiento. Ahora bien, es evidente que los recortes pueden evitar que este gran barco en el que navegamos todos se hunda, pero sólo las políticas de crecimiento y las iniciativas de la sociedad civil lograrán que vuelva a recobrar su velocidad de crucero.

Afortunadamente el síndrome del Titanic y ese pesimismo crónico sobre el porvenir no es exclusivamente europeo. Últimamente también se ha instalado en un país tradicionalmente tan optimista como Estados Unidos, donde expertos de muy diversa índole se han adelantado a vaticinar el fin de la era americana. Tampoco es un fenómeno occidental, los japoneses llevan años sumidos en una gran crisis económica y existencial, y con respecto a la todopoderosa China, desde el siglo XIX hasta muy avanzado el XX, sus líderes y su población vivieron abrumados por el poder de Occidente y frustrados ante el estancamiento y la pobreza; la India también atravesó un periodo crítico en los años 70 ante la incapacidad de sus líderes de montarse en el tren de la prosperidad y la modernidad, y lo mismo ocurrió con varios países del sudeste asiático que ahora crecen a gran velocidad.

Los europeos que hemos tenido más poder que ninguna otra civilización en la historia también hemos acumulado una larga experiencia en gestionar derrotas a lo largo del siglo XX y en superar grandes dificultades. A pesar de las muchas veces en la que teníamos la impresión de estar en el Titanic lo cierto es que Europa siempre ha logrado resurgir de sus cenizas y reinventarse a sí misma. A día de hoy la Unión Europea es la mayor economía del mundo, muchos de sus países tienen los mayores índices de bienestar y desarrollo, y los europeos están especialmente bien situados para beneficiarse de un siglo en el que el conjunto de la humanidad tiene más oportunidades que nunca. Muchos de los europeos que hace un siglo se embarcaban en trasatlánticos como el Titanic en busca de mejor vida se habrían quedado impresionados al ver lo mucho que han prosperado sus descendientes en la vieja Europa. Abandonemos pues el síndrome del Titanic y centrémonos de nuevo en trabajar por un futuro que puede ser brillante si creemos en él.

Julio Crespo MacLennan, historiador y escritor.

1 comentario


  1. “Si hoy tenemos que declarar nuestro fracaso, también tenemos que anunciar a una nueva civilización que está naciendo, la primera civilización planetaria de la historia humana. Y, por tanto, aquellas crisis que sobrevienen y aún sobrevendrán en un futuro próximo servirán, no obstante su infortunio, a superar esta última etapa de la prehistoria humana… y cada cual sabrá si decide o no acompañar este cambio y cada cual comprenderá si busca o no una renovación profunda en su propia vida.”
    http://www.leonalado.org/es/system/files/Silo_a_cielo_abierto_1969-2005.pdf

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