Bajo la mirada de Occidente

Algunas de las cosas que están ocurriéndonos, según indica el termostato moral de estos comienzos del siglo XXI, parecen sacadas de las historias de terror que la literatura inglesa siempre nos explicaba narradas junto al fuego, en un salón victoriano y bajo la perpleja protección de los retratos de los antepasados. Antes de que llegaran otras formas de entretenimiento, de los deportes de masas y las largas jornadas en la red, contar historias de fantasmas insomnes, asesinos furiosos y monstruos melancólicos era una habilidad narrativa para las horas ociosas al lado de la chimenea. El terror no se consideraba más que como enajenación ficticia, mal absoluto que solamente podía brotar de la imaginación. El más fino estilista de la literatura de horror contemporánea, Lovecraft, ni siquiera se permitía describir a los causantes del espanto. Eran criaturas sin forma, masas absortas en su nauseabunda falta de consistencia. Eran tan completamente ajenas a cualquier modo de existencia respetable, que habían de anunciarse por las sensaciones pavorosas que producían a quienes las observaban. Aquella sociedad supo distinguir cualquier expresión de la violencia política o cualquier atroz experiencia bélica del espacio siniestro que reservó a la avidez por la sangre humana, palpitante en los actos de terror. Resultaba tan ajeno a la realidad de la convivencia social, que solo podía expresarse como morboso ejercicio literario, que provocaba el escalofrío placentero de los salones acomodados o ese miedo severo y pedagógico de las leyendas aldeanas.

NIETO
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Las experiencias políticas posteriores a la tragedia de la Gran Guerra permitieron que el terror cobrara forma, adquiriera nombres, ganara adeptos e incluso tratara de dignificarse con mitos que prometían la liberación de los compatriotas mediante el exterminio de quienes habían sido designados enemigos del pueblo. Aquellas experiencias ocasionaron una degradación moral que se ha convertido, desde entonces, en una tensa advertencia para quienes deseen cruzar los espacios de seguridad de nuestra civilización. Fueron, además, las responsables de la pérdida de vigor de Europa, de la que es difícil que lleguemos a recuperarnos algún día. Aquel continente donde nunca se había puesto el sol de los valores creados por el mundo clásico, el cristianismo y la Ilustración, anocheció en una orgía de fanatismo y envilecimiento, a cuyo deterioro espiritual hubo de sumarse nuestra permanente dependencia de aliados más poderosos o nuestro constante temor a enemigos más fuertes. Sin embargo, del episodio terrorista de masas, Europa salvó sus principios fundacionales. La idea de Occidente volvió a formarse al calor de aquel inmenso sacrificio gracias a héroes que mantuvieron, pagando muchas veces el precio de su propia vida, los conceptos de libertad, de equivalencia de los seres humanos y de fraterna convivencia que forjaron todo un modo de vida. Honor a aquellos hombres y mujeres en cuya resistencia al mal se custodió aquel futuro que es hoy nuestro presente. Honor a aquellas víctimas con el coraje de decir no a la barbarie. Honor a aquellos combatientes de la fe en nuestra tradición cultural, nuestra verdad de siglos, nuestra realidad hecha historia.

Es esa experiencia la que nos autoriza a hablar hoy del terrorismo y la que nos exige defender el sentido de una civilización. Nos obliga a hablar de esa deuda que contrajimos con quienes fueron presas del mal, existencia cancelada por la inútil travesía del espanto. España fue el último residuo de aquel fantasma atroz que recorrió Europa en los años de vértigo nihilista. Fue el último refugio para los asesinos y para los charlatanes que ensuciaron el nombre de las virtudes cristianas prestando su comprensión a aquellos actos. Porque al crimen de las víctimas siguió el castigo de sus familiares, de sus amigos, de las personas honestas de esta nación. Al asesinato siguió una complicidad que quiso confundirse con la compasión, una indolencia moral que quiso camuflarse de lucidez analítica, una indecencia cívica que quiso ataviarse con la grandeza de la caridad. O ese silencio que trató de manchar la dignidad de las víctimas como ha denunciado el estremecedor testimonio de Carlos Aresti Llorente. La contemplación de los asesinos de nuevo en libertad ha vuelto a ponernos a prueba en estas semanas, acompañada de la estulticia de quienes nos aleccionan desde una pretendida amplitud de miras que no es más que estrechez de principios. La imagen de los sonrientes terroristas, gestores del dolor, corruptores de la atmósfera que respiramos, solo es menos repugnante que la frialdad de quienes desean convertir la vida de estos seres inicuos y la experiencia trágica de nuestra posibilidad de morir a sus manos en un simple recodo accidental de nuestra historia.

Porque no es así. De ninguna manera podremos levantarlos del lugar ínfimo y terrible donde anida su verdadera condición. Son lo opuesto a nuestra cultura, son el negativo de nuestra civilización, son la inversión de nuestra forma de entender el mundo. No son un fragmento defectuoso de nuestra convivencia, sino un elemento ajeno, la maligna irrupción de un desequilibrio moral que brota del rechazo a lo que Europa ha construido y a su contribución a la calidad de la existencia del hombre en la Tierra. Ni una palabra en su favor podrá decirse sin que tiemblen los fundamentos de nuestra fe en el destino del hombre. Ni una matización podrá hacerse sin que quiebre la delicada pieza histórica de nuestro significado como sociedad.

Nuestra civilización actúa ahora como el contraste y el marco de una solemne advertencia al mundo entero. A orillas del Mediterráneo, en las márgenes de los territorios donde se forjó la idea de Occidente, el fanatismo religioso trata de presentarse como la alternativa al mundo que durante dos mil años ha ido tejiendo la trama de su ejemplaridad. No desean convivir con nosotros, no se consideran una cultura paralela a la nuestra. Ni siquiera es una forma de vida exactamente, si por ella entendemos la existencia libre a la que no podemos renunciar sin perder la esencia de nuestra humanidad. En nombre de la sumisión, en nombre del temor, en nombre de la intolerancia, quienes ni siquiera desean la libertad para sí mismos atacan una civilización que se ha modelado, precisamente, afirmando el libre albedrío del hombre. Ellos, los esclavos de un extraviado sentido de la fe, los siervos de una implacable autoridad que exige la sangre de los infieles, son, justamente, quienes nos muestran lo que tan pocas veces somos capaces de defender en la arena pública. La excelencia de nuestros valores, la impecable textura de unos principios en los que reside nuestra confianza en un mundo humanista, defensor insobornable de nuestro patrimonio ético, combatiente por los derechos sociales y cauce del legítimo progreso material. En las imágenes de ese horror que aún nos amenaza, como en las exhibiciones del terrorismo nacionalista de nuestros años de plomo, afirmamos la mirada de Occidente. Esa perspectiva en la que admiramos, como contraste con la inmundicia, la estatura de nuestra condición social, la sabiduría heredada de nuestra magnífica tradición, el legítimo orgullo y el grave deber de preservar esa herencia siempre en riesgo de extinguirse, siempre pendiente de la fuerza de nuestra voluntad.

Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Vocento.

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