Balada de Josu Ternera

Por Jorge Urdánoz Ganuza, Doctor en Filosofía. Visiting scholar en la Universidad de Columbia-Nueva York (EL PERIÓDICO, 14/01/07):

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Se ha dicho alguna vez que las creaciones del hombre no tienen esencia sino historia. Si eso es cierto, entonces mi historia es la historia de un fracaso ciego. He matado por diversos sueños, todos vanos. En mis albores creí que levantaría a mi pueblo en pos de una Euskadi Socialista e Independiente. A tal ensoñación autista le siguió la alternativa KAS. A ésta, la Alternativa ‘Democrática’. Después, Lizarra. De todas y cada una de tales exigencias pendía una amenaza de muerte y sufrimiento. De todas y cada una cobré con creces la sangre, el dolor y el desgarro. Todas y cada una se esgrimieron como irrenunciables. Ninguna ha triunfado. He renunciado a todas.

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Mi historia es la historia de un fracaso ciego. Mi haber es el siguiente: a mis enemigos he infligido 819 bajas y decenas de miles de heridos, de extorsionados y de huidos. A mi gente, un centenar de muertes, exilio, sufrimiento y cárcel. A mi pueblo todo, una losa de miedo y de oprobio, la pesadilla del odio y el hastío. Todo ha sido en vano.

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Mi historia es la historia de un fracaso ciego. Mi lógica está maldita y la habita una perversión intrínseca. Mis palabras y mi gramática rehuyen la realidad y su imperio. Tomemos, por ejemplo, lo que a mi juicio denota la voz ‘victoria’. Dos afirmo albergar en mi haber: Lemóniz y Leizarán. La primera es como sigue: asesiné a un hombre joven para cerrar una central. La segunda no es muy distinta: maté para cambiar el trazado de una carretera. Lo maldito no es haber cometido ambos crímenes, sino la infamia de reivindicarlos y esgrimirlos como trofeos políticos: ‘Ganamos Lemóniz, ganamos Leizarán, ganaremos la Autodeterminación’. Incluso en la lozana alegría de la victoria, me está vedado distinguir mis obras de la muerte.

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Mi historia es la historia de un fracaso ciego. Mi esencia empieza a ser ya indistinguible del dolor. Mato aun cuando únicamente quiero hablar. Quizás en Barajas sólo quise mostrar mi fuerza, mandar un mensaje, enviar un aviso. Quizás, pero mi mera gramática es ya la sangre y mi léxico la muerte. Mi lenguaje se cobra vidas en su mera expresión de significado, en su solo proferirse. El terror es mi esencia y soy ya incapaz de doblegar sus límites. Aunque lo quiera, no me diferencio ya de la muerte: no sé actuar sin ella. Escuchar mi voz y sufrir son indistinguibles. Víctimas entre las víctimas, dos desposeídos de solemnidad han sido los últimos en comprobar esta evidencia que soy hoy y ahora. Mi ser parece ser matar.

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Mi historia es la historia de un fracaso ciego. Dos cobardías empujan mi rumbo. La primera es moral: soy incapaz de asumir que mi legado de terror haya sido en vano. Me digo que si he matado, entonces era justo que matara, era necesario. Ese pavor a mi libertad y a mi mera hombría me hace incapaz de remordimiento y, por tanto, de perdón. Interminablemente seguiré justificando la infamia y la ignominia que soy. La segunda cobardía es vital. Sé que si sigo matando me haré más débil. Pero sé también que, si abandono, puedo ser otro Pertur, otra Yoyes, otro traidor (este segundo miedo es atroz, pero infinitamente más liviano que el primero).

Esas dos cobardías alimentan también a los miles que, inconcebiblemente, me apoyan en las calles: si me toleran, serán marionetas de mi lógica del espanto, y serán cada vez menos, cada vez más débiles y cada vez más odiados. Si me condenan, se arriesgarán al aliento en la nuca y a la amenaza brutal de los puros, de aquellos que, en su caso, permanezcan. El monstruo que soy devora a sus hijos.

Me llamo Josu Ternera, soy ETA. Mi historia es la historia de un fracaso ciego. Nadie sabe ya qué hacer conmigo. Yo tampoco. Ojalá nunca hubiera existido. Ojalá esta esencia nunca hubiera tenido existencia. Ojalá nunca hubiera sido.