Balance a mitad de este año

El Instituto Nacional de Estadística publicaba en la mañana de ayer las Cuentas Nacionales del segundo trimestre de 2015 confirmando lo que anticipó a finales de julio, es decir, que el crecimiento de la economía española en ese segundo trimestre del año ha sido de un 1,0% respecto al trimestre anterior y de un 3,1% si se compara con el mismo trimestre de 2014. Tales datos permiten pronosticar un crecimiento del PIB para el conjunto de 2015 de casi un 3,4%, lo que supera las últimas estimaciones del FMI para nuestro país y hace pensar que pronto podríamos situarnos en tasas próximas a las que se alcanzaron a mitad de la primera década de este siglo. A partir de aquellos momentos nuestra economía, que venía mostrando síntomas de crisis desde finales de 2006, se unió a la desencadenada en la economía mundial en junio de 2007. Ahora, por el contrario, si continuasen las tendencias que apuntan en el primer semestre de este año y se mantuviese la actual política económica, podríamos considerar cerrada esa terrible crisis en 2016, al menos en lo que se refiere al crecimiento de la producción. Por otra parte, los crecimientos del PIB en términos reales justifican que, según la Encuesta de Población Activa, el aumento del número de ocupados desde que se inició la recuperación a principios de 2014 haya superado los 730.000, con valores crecientes en cada semestre, confirmando que las cifras de empleo mejoran cuando se afianza la recuperación del PIB.

RAÚL ARIAS
RAÚL ARIAS

Pero los datos no sólo son positivos en cuanto al crecimiento real del PIB y del empleo. Si se comparan los correspondientes a la primera mitad de este año con los de ese mismo periodo del año anterior se observa que la mejora se extiende a prácticamente todos los componentes de la demanda agregada. Así, el consumo final de los hogares ha crecido en términos reales un 3,5% respecto al primer semestre de 2014. La formación bruta de capital fijo -es decir, las inversiones- un 6,1% en igual intervalo, aunque con valores algo distintos para sus componentes. Así, mientras la construcción aumentaba un 4,8%, sustentada en la obra civil y en otras construcciones distintas de las viviendas (6,7%), la inversión en bienes de equipo lo hacía a un 9,4%, fuertemente empujada por el crecimiento de la inversión en equipos de transporte (15,1%).

Pero quizá la mejor noticia sea la de que las exportaciones de bienes y servicios han aumentado en el primer semestre de este año un 5,5% en términos reales respecto al mismo semestre del año anterior, probando la capacidad de España para competir en los mercados exteriores. Por su parte las importaciones, empujadas por el fuerte aumento del consumo, de las inversiones y de las mismas exportaciones, han aumentado en este primer semestre de 2015 un 7,1% respecto al primer semestre de 2014. Hay que subrayar también que desde el primer semestre de 2010, cuando los organismos internacionales tuvieron que imponernos un severo plan de reequilibrio, el grado de apertura al exterior de nuestra economía, valorado en términos monetarios, ha aumentado en 7,0 puntos porcentuales y la cobertura de las importaciones por las exportaciones se ha elevado en algo más de 16,2 puntos en igual intervalo de tiempo. Desde luego todos esos resultados se han obtenido en un contexto internacional favorable debido a una cierta debilidad del euro y a la caída de los precios del crudo en este semestre. Pero esas circunstancias, de las que ha disfrutado también el resto de Europa, no pueden eclipsar el considerable avance que, respecto a la crisis, representa la fuerza creciente de nuestro sector exterior. Sin duda, esa fuerza constituye una nota diferencial muy importante respecto a otros países europeos y a periodos anteriores de nuestra reciente historia económica.

Las medidas económicas adoptadas en España en los últimos cuatro años están ofreciendo ya frutos de evidente bienestar, como muestran los datos comentados de nuestras Cuentas Nacionales. Esos datos, que nos ponen a la cabeza de Europa en cuanto a crecimiento del PIB, no se han generado por casualidad sino que han sido la necesaria consecuencia de una buena política económica, articulada eficientemente en el tiempo y que ha contado, además, con un uso racional y graduado de los instrumentos oportunos. Quizá por eso el diario Financial Times, que en otras valoraciones anteriores de nuestra economía la consideraba como de lo peor del continente, mantiene ahora que nuestra valiente política económica debería servir de ejemplo para toda la Unión Europea.

Hay que subrayar muy especialmente que esos brillantes resultados se deben a los muchos sacrificios de una sociedad -la española- que aceptó los importantes sacrificios que se le impusieron con escasa conflictividad y altas dosis de disciplina, lo que demuestra su capacidad para entender lo que nos hemos estado jugando en los últimos años. Ni más ni menos que nuestra pertenencia al limitado grupo de países desarrollados en un mundo cada vez más competitivo y en donde los éxitos se miden de forma creciente por la capacidad para competir en los mercados exteriores, lo que constituye hoy uno de los factores esenciales del crecimiento de la producción y del empleo. Para valorar mejor lo que ha significado el sacrificio y disciplina del pueblo español conviene volver la mirada a lo ocurrido en el otro extremo del Mediterráneo. Si en un arrebato de despecho y locura colectiva ocurriese también en España lo sucedido en Grecia, lo que está pasando ahora en ese pequeño país sería bien poco en comparación con la auténtica debacle que se desencadenaría en España, arrastrando en su caída al euro y a buena parte de Europa.

No deberíamos olvidar la lección de Grecia porque, aunque en España comencemos a vislumbrar el final de la crisis, los cambios en la economía española impulsados por importantes reformas de fondo deberán continuar de modo permanente. Vivimos en un mundo en el que la supervivencia exige de un ajuste continuado a la rápida y cambiante realidad económica. Por eso, aun cuando nuestra producción creciera a tasas próximas a las mejores de tiempos pasados y el desempleo se situase en valores mucho más tolerables, la tarea no habría terminado, porque la salida de una crisis tan profunda como la actual no significa nunca la vuelta al feliz mundo anterior. La estructura de la producción y la relevancia de los diferentes sectores productivos habrán cambiado, las relaciones laborales se articularán de modo diferente, los mercados serán distintos y las estructuras políticas habrán experimentado cambios sustanciales, incluso aunque no se modifiquen los límites constitucionales. La sociedad, en suma, será diferente y por eso las crecientes necesidades de reformas de fondo que ajusten el sistema productivo a ese nuevo contexto no quedarán nunca definitivamente satisfechas. El reformismo no tendrá por tanto un punto final y será en ese contexto de cambios continuados donde tendremos que movernos en el futuro, pero especialmente en los próximos años. Necesitaremos para ello de una elevada estabilidad política que permita la continuidad de los éxitos actuales y nos evite los sonados fracasos de otros países.

Pero no deberíamos temer que esos desastres ocurran en España. Los datos publicados ayer por el INE demuestran que la política económica actual funciona y termina rindiendo excelentes resultados, como muchos pronosticábamos reiteradamente en los peores momentos de la tormenta. Pero, además, porque la capacidad para entender y apoyar esa política que ha demostrado nuestro pueblo permite confiar en su futuro. Hace algunas décadas tuve la oportunidad de vivir muy de cerca como asombrábamos al mundo encontrando en paz y concordia el difícil camino de la democracia. Hoy comenzamos de nuevo a ser tomados como ejemplo gracias a una rigurosa política económica aceptada con disciplina por nuestro pueblo. Por eso hay que estar convencidos de que seguiremos el estrecho sendero de la realidad, aunque sea dura, y evitaremos el de las fáciles utopías que sólo nos conducirían al subdesarrollo, a la pobreza e, incluso, a una posible dilución de España como país. Los españoles sabremos, una vez más, encontrar el camino adecuado para evitar esas posibles catástrofes.

Manuel Lagares es catedrático de Hacienda Pública y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO.

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