Balance provisional

En 1984 publiqué un artículo en el diario El País (11 agosto) con el título «¿Andalucía árabe?», por alarmarme la mixtificación histórica a que se estaba sometiendo a la región, en búsqueda de un hecho diferencial que justificase y encubriera los pasteleos venideros. Sin una burguesía local nacionalista, ni una lengua distinta del castellano, el reinventado PSOE de Felipe González cumplía la tarea de fungir los sabrosos papeles del PNV y Convergencia. Era menester echar mano de la historia, en la cual no eran muy versados los militantes y dirigentes de aluvión que se apuntaron al negocio moruno, para armar decorados, bambalinas y libretos de guardarropía, agarrando lo que cayese, a fin de tapar –a la larga se ha visto que con poco éxito– a las Dolorosas de las calles, el puente romano de Córdoba o el sentido vitalista de los andaluces que –les aseguro– no tiene absolutamente nada de árabe.

En el crucigrama no me cuadraban las verticales con las horizontales: cuanto había estudiado, observado y experimentado en varios países árabes y de gran predominio musulmán, no encajaba con lo que se obstinaban en presentar como la «verdadera Andalucía» políticos, publicistas y algunos arabistas, que ante la Junta de Sevilla pasaban como grandes sabios sólo por asegurar con aire doctoral y misterioso que tal palabra se escribe con fatha («a»): boquiabierto asombro general.

Balance provisionalPor aquel tiempo, ya don Claudio Sánchez-Albornoz había dado la voz de alarma, a su regreso de Argentina, por la monumental falsificación que políticos e ignorantes (a veces son los mismos, no siempre) estaban inyectando a la tierra con fines muy poquito claros. Don Claudio falleció en el mismo año 84, tras publicar, a la desesperada, varios artículos denunciando aquella arabización postiza y ajena a la realidad cultural, social e histórica de Andalucía, pero hubo de hacerlo en La Voz de Galicia y El Correo Español-El pueblo Vasco, que no eran precisamente el palenque más indicado. Así andaba de pertrechada y bien guarnida la denominada «España tradicional y reaccionaria», tan denostada por los progres. Yo continué con mis trabajos y estudios diversos y durante bastantes años no volví en público sobre el tema, pero sí fui acumulando lecturas, noticias, documentos y sobresaltos por las cosas que se oían y veían en la radio y televisión de por allá, sobre todo en Canal Sur, refugio y solaz de todo humanista sensible. Se podía llegar –llegaban– a inventarse un teatro andalusí o unos Juegos Olímpicos de las Alpujarras, entregaban edificios públicos a instituciones fantasmales cuyo objetivo consistía en convencer a los andaluces de que para ser moros auténticos sólo les faltaba la chilaba. Lo grotesco se entreveraba en feliz y pingüe simbiosis con la mangancia: visiten el ¿museo? de las Navas de Tolosa que hay en Santa Elena y verán. Y todo al unísono con la creación de sociedades, observatorios, puestos, plazas universitarias; e inserto en el gran pastel (no de mera morería) de los ERE, Mercasevilla, Bahía de Cádiz… Y etcétera.

En 2000 apareció Al-Ándalus contra España y desde el principio manifesté una actitud moderada y prudente, sin tener la pretensión de estar descubriendo nada prodigioso: sólo resituar en la realidad que conozco, que conocemos, la historia que se cuenta. Algo intolerable. Con materiales anteriores y con otros nuevos, con ideas ya existentes o reelaboradas, intentaba y creo que lo conseguí dejar sentadas dos ideas muy claras: ni al-Ándalus fue un paraíso, ni las pervivencias árabes en España son muchas (en la vida real, la cultura cotidiana, las creencias, concepciones, comportamientos), aunque, por supuesto, hay algunas materiales. Y en Andalucía subsisten los tres principales monumentos de la época musulmana. Pero son piedras, hermosas, pero piedras.

Se confunden de manera deliberada conceptos tan heterogéneos como territorio, población, raza, religión, cultura y se abusa de la Geografía afirmando, con gran desparpajo, que, puesto que al-Ándalus se hallaba en Europa, los andalusíes eran españoles y, por ende, europeos. Se pueden aceptar licencias poéticas –de poetas, no de políticos– como decir que, después de su marcha, el aire de Andalucía quedó impregnado de acentos, de sentires, etc. de los árabes. Bueno está, como juego literario, pero no infieran de ahí que los repobladores castellanos, gallegos, catalanes, francos, leoneses y demás eran «árabes», o que el céfiro les convirtió en tales. No vemos, quienes tenemos todos nuestros orígenes familiares en el Noroeste de España, qué entronque moruno ni gaitas nos cabe con la Faraona, la Terremoto ni el Rey Salomón. Ni con Boabdil, que también marchó. Vinieron pocos árabes. En todo el siglo VIII, un máximo de cien mil. Y aunque la transmisión de linajes árabes sea patrilineal, tres centurias más tarde subsistían pocos.

Mayor trascendencia que la estricta faceta étnica tiene la islamización de la población (a fines del siglo IX la mayoría de los varones ya eran musulmanes) y la arabización de la cultura, que no pararía de robustecerse y desarrollarse creando literatura, ciencia, filosofía, música, arquitectura, en un proceso lento y en cuyos dos primeros siglos los resultados fueron escasos y muy dependientes de los orientales. Cuando la reconquista castellana alcanza el Valle del Guadalquivir y la aragonesa Murcia, encuentran un país de religión islámica prácticamente homogéneo y de cultura árabe (mozárabes y judíos habían huido a Castilla y Aragón hasta el siglo anterior), que no dejará de endurecerse en el monolingüe y monorreligioso reino de Granada. Y así lo vieron y lo ven los árabes, cosa que saben perfectamente –supongo, en su beneficio– mis críticos preferidos: Un país musulmán y de cultura árabe. Nada de europeo.

Y vienen los juicios de intenciones, las interpretaciones psicologistas y, por descontado, malintencionadas. Cuando salió Al-Andalus contra España me preguntó un periodista si el objetivo del libro era atacar a Juan Goytisolo. La respuesta era evidente: en un libro de 327 páginas el escritor barcelonés aparece mencionado en cuatro o cinco y no consecutivas, ni siempre en tono crítico. Y en correspondencia particular con el mismo no se mostró especialmente dolido ni atacado, aunque, obviamente, no le gustó nada que le contradijera en alguno de sus leitmotiv más queridos. Pero menos gustó a colegas arabistas. Era preciso buscar explicaciones acordes con los modos y conceptos de los buscadores: todo menos aceptar que un arabista rompiera la omertá y sacara los trapos sucios fuera de revistas que nadie lee y conferencias científicas para doce personas. Con independencia y libertad, aunque hubiera que chocar con el cacareo de una parte del gremio y el silencio ominoso del resto: desde los exquisitos eruditos a los cantamañanas de página-webislam.

Sería presuntuosidad grave creer que mis escritos han generado el movimiento de rechazo a estos bullarengues con que se quieren simular senos, caderas y nalgas por disfrazar las escurridas o inexistentes. Han aparecido otros nombres dentro y fuera de España que no admiten la sinrazón y argumentan con datos, no con rebuznos. Mientras, los medievalistas continúan su labor seria y sin alharacas, recibiendo de vez en cuando exabruptos de gentes sin más luces. Y la sociedad española ha comenzado su rearme moral: no sólo en Cataluña, también en Andalucía y ya nadie medio ilustrado se atreve a largar aquello del paraíso y la armonía de las tres culturas sin añadir una adversativa que relativice un tantito tales transportes de la fantasía. Se resolverá este problema, como otros, cuando una mayoría sustancial de españoles comprenda que decir «no» depende de nosotros.

Serafín Fanjul, miembro de la Real Academia de la Historia.

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