Balcanes: ajustando el paso de la historia

Aquello que sir Winston Churchill afirmó en Italia, tras la Segunda Guerra Mundial, de que los Balcanes tienen tendencia a producir más historia de la que pueden asimilar, ya no es válido. La historia que los eslavos del sur no controlaban nacía de los continuos conflictos inducidos por la aspiración nacionalista a construir estados étnicamente puros, cuya consecuencia fue la inestabilidad endémica de la región, o sea, la balcanización, como se conoce a la destrucción cíclica de imperios (otomano, en 1878; austrohúngaro en 1918) y estados plurinacionales (primera Yugoslavia en 1941; segunda Yugoslavia en 1991).

Las últimas guerras de la antigua Yugoslavia (1991-1999) tuvieron como resultado la fragmentación de la Federación surgida en 1945, tras la contienda mundial, y dieron así lugar a los siete estados soberanos actuales. La balcanización no se ha esfumado del horizonte por la desaparición del nacionalismo (más resistente de lo que parecía), sino porque la historia que éste genera es de más fácil digestión en el nuevo contexto definido por la integración euroatlántica.

Rumanía y Bulgaria son miembros de la OTAN desde 2004, y de la UE desde 2007; Eslovenia, desde 2004; probablemente Croacia ingresará en la UE en 2013; Montenegro posee ya estatuto oficial de candidato al ingreso, y es posible que Serbia lo consiga a finales de este año. Es cierto que Macedonia tiene abierto un contencioso con Grecia por su denominación nacional y que Bosnia lleva bastante retraso en la aplicación de los Acuerdos de Dayton (1995), pero el panorama en el segundo decenio del siglo XXI es muy diferente del que predominaba en 1991, cuando se inició la destrucción del Estado yugoslavo. Croacia y Serbia han colaborado lealmente con el Tribunal Penal Internacional, poniendo a disposición del mismo a sus respectivos criminales de guerra. Croacia entregó a Ante Gotovina, juzgado ya y condenado a 24 años de cárcel por los crímenes cometidos en la operación Oluja (Tormenta) en 1995, cuando los serbios de la Kraina croata fueron expulsados y sus propiedades confiscadas. Serbia, por su parte, ha entregado a Radovan Karadzic, Ratko Mladic y Goran Hadzic, cuyos procesos por genocidio en Bosnia están en marcha. Hace sólo dos años esto era impensable, porque, para una parte considerable de la población, los susodichos eran héroes nacionales.

En el plano económico, las relaciones entre los actuales estados son tan estrechas como las que existen entre sus jurados del festival de Eurovisión, toda vez que sus productos no pueden competir con los de la UE, así que han creado un mercado común que no existió siquiera en los días de Tito. Sus problemas más graves son la corrupción y la inhibición de los inversores extranjeros ante una maraña jurídica que necesita clarificarse. Aunque estos estados surgieron de las limpiezas étnicas, su ajuste al paso de la historia les ha venido impuesto por la perspectiva de integración en la UE, que ha impulsado su deriva hacia la democracia cívica.

Si bien Europa puede suponer la solución de los problemas balcánicos, la estabilidad de la región sigue condicionada por dos factores heredados de la situación anterior: las relaciones entre Serbia y Croacia y la política serbia en Kosovo, aunque ninguno de ellos producirá nuevas guerras. El primero se plantea en términos de resarcimientos prácticos: los serbios que tuvieron que abandonar Croacia y cuyos bienes fueron destruidos o confiscados no han sido aún indemnizados.

Sin embargo, el mayor obstáculo para la normalización de las relaciones bilaterales sigue siendo la memoria histórica croata de la citada operación Oluja, cuya efeméride, el 5 de agosto, se celebra como fiesta nacional de la independencia de Croacia (y no el 25 de junio, fecha en la que, en 1991, el Gobierno croata anunció su efectiva separación de Yugoslavia). El pasado 5 de agosto, Jadranka Kosor, primera ministra croata, no se privó de enviar públicamente un saludo especial a Ante Gotovina en un aniversario, dijo, tan significativo para la patria. En Croacia, el discurso nacionalista está aún muy presente y la identidad nacional todavía se cifra en humillar a los serbios (los eslovenos, por cierto, mantienen una actitud semejante hacia los croatas).

Un caso parecido es el del presidente serbio, Boris Tadic, que insiste en que Serbia aspira a entrar en la UE conservando su «integridad territorial», léase Kosovo incluido. Los problemas entre Serbia y Kosovo son mucho más graves que entre los existentes entre Serbia y Croacia. El comisario europeo para la ampliación, Stefan Füle, ha afirmado que la candidatura de Serbia para la UE no se condicionará a su reconocimiento de Kosovo como Estado independiente, pero sí se apreciará su contribución para estabilizar la región. Füle se refiere, sobre todo, a la aceptación por Serbia del Plan Ahtisaari (2008), que supone el reconocimiento de la independencia de Kosovo, una vez se garantice un alto grado de autonomía para la minoría serbia. Dicha aceptación debería empezar solucionando cuestiones técnicas (reconocimiento de títulos universitarios, registros de propiedad, sellos de aduana, sanidad, etc.) y desautorizando las instituciones paralelas serbias del norte de Kosovo que no reconocen el Gobierno de Pristina, pero tampoco el de Belgrado.

Los serbios de Kosovo consideran cualquier intento de Serbia de negociar cuestiones técnicas que les afecten como una traición. No tienen confianza alguna en el Gobierno kosovar y es obvio que esperan la ayuda de Serbia. Sin embargo ésta no les puede ofrecer protección, sino, a lo sumo, apoyo en las negociaciones con Pristina. En cualquier caso, Serbia no puede seguir hipotecada por el problema kosovar. La opción entre la UE y la integridad territorial que reclama Tadic es falsa, porque Serbia ya ha perdido Kosovo (reconocido como Estado independiente por EEUU y 24 de los 27 miembros de la UE). En los Balcanes, ajustar el paso con la historia implica aceptar las nuevas realidades territoriales, renunciar a la violencia interétnica y tener valor para continuar.

Por Mira Milosevich-Juaristi, escritora y doctora en Estudios Europeos.

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