Banalizar el colonialismo

SE percibe el paulatino alejamiento de Europa de las convicciones que modernizaron su concepción del mundo en el último siglo, para reasumir un pensamiento antiguo que, formulado principalmente por Hegel y el conde de Gobineau, se convirtió en armazón para imponer su criterio al resto de los pueblos de la Tierra. Síntoma del neoimperialismo galopante es la progresiva banalización del colonialismo y sus perversos efectos anejos. Resaltan la indiferencia general ante notorias actitudes racistas y xenófobas, y la creciente agresividad del discurso de la intolerancia.

Consecuencia esencial de la II Guerra Mundial –librada contra el totalitarismo para reafirmar la libertad, la igualdad y la dignidad de todo ser humano– fue el reconocimiento del derecho inalienable de los pueblos sometidos a regir sus destinos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 es un compendio de las aspiraciones seculares de las sociedades oprimidas por la dominación europea; siendo el intento más profundo realizado por el género humano para desterrar de mentes y corazones odios y prejuicios, causantes de tanta indignidad y devastación, no puede ser relegada a mera concesión graciosa.

Banalizar el colonialismoEstos ideales, impulsores de la victoria en aquella contienda, toparon con escollos importantes: la Europa sojuzgada por el nazismo poseía vastos territorios coloniales, donde las relaciones humanas apenas diferían de la teoría y praxis hitlerianas. ¿Cómo limitar a una raza, un credo y un continente los beneficios de la democracia tras los horrores de las tiranías fascistas? Contradicción resuelta por Estados Unidos y la Unión Soviética, vencedores militares e ideológicos de aquel conflicto universal. El contexto político y moral de 1945 imposibilitaba acotar los derechos fundamentales y, por ende, mantener sistemas que negaban la humanización de dos tercios de los habitantes del Planeta. Africanos y asiáticos –cuya contribución al triunfo de la libertad y la dignidad es innegable, arteramente silenciada o minimizada por la historiografía tradicional– supieron, con argumentos dialécticos y en algún caso violentos, generalizar los principios básicos que garantizaron su acceso a la comunidad internacional y rigen desde entonces las relaciones humanas.

La descolonización no abolió el ideario colonial. El poderosísimo entramado de intereses que sustenta la prosperidad y seguridad del mundo industrializado introdujo la fórmula lampedusiana: cambios cosméticos sin alterar la estructura del sistema. Favorecidas por la Guerra Fría, las potencias coloniales situaron al frente de los nuevos Estados a nativos arbitrariamente encumbrados, encargados de mantener su dominio hegemónico. De paso, doraron la sombría imagen del colono blanco, al recaer las funciones represivas sobre los Ejércitos nacionales, eufemismo de las guardias coloniales; sin olvidar el ahorro y la responsabilidad moral: las metrópolis se eximieron de sufragar infraestructuras y gastos sociales, competencia otorgada a las nacientes «naciones soberanas». Al excluir tal diseño los anhelos y necesidades de las poblaciones, pronto aparecieron las grietas: dictaduras, cleptocracias institucionalizadas, miseria crónica, inestabilidad.

Basta un somero repaso de lo acontecido en los últimos sesenta años en África –abundan datos y testimonios– para comprender las causas de la postración de sus 1.200 millones de moradores. La ausencia de libertades impuso el golpismo como única posibilidad de alternancia; guerras de depredación motejadas «luchas tribales»; pobreza lacerante atribuida a «usos atávicos» e «indolencia»; tiranías grotescas impuestas y protegidas en nombre de la «estabilidad», obviando el cúmulo de abusos amparados por el llamado «pacto colonial». Lo reconoce Roland Dumas, ministro de Asuntos Exteriores de François Mitterrand, entrevistado no hace mucho sobre el apoyo de su Gobierno a la dictadura de Juvénal Habyarimana, causa de la espeluznante carnicería de Ruanda en 1994. Habituados a conocer la versión esparcida por los intereses creados, apenas se vislumbra la continua manipulación, inoculada mediante argucias de apariencia razonable y falacias léxicas.

Permanente tergiversación posada en el subconsciente del europeo. Ante la irrupción en su segura y opulenta rutina de oleadas de famélicos inmigrantes subsaharianos, primero se mostró perplejo y compasivo, reacciones traducidas en proliferación de organizaciones caritativas: intentos de paliar –sin resolver– problemas derivados del reforzamiento de los monolíticos gobiernos africanos por sus valedores externos, acentuando la percepción paternalista del negro desvalido, incapaz de organizar su existencia sin la tutela de otros. Hablaron de «Estados fallidos», de «recolonizar» África, cuando resulta fácil preguntar a sus dirigentes las razones de la inmutabilidad, inmunidad e impunidad de los dictadores perpetuos. Improbable que admitan ante el electorado su desidia en propiciar cierto bienestar que impida a los jóvenes africanos desangrarse en el Mediterráneo o languidecer en los gélidos arrabales del Norte, cuando pudieron soñar en su tierra cómo afrontar su porvenir. Seis decenios de derrotas de los demócratas africanos –y millones de muertos– son testimonios elocuentes de lo arduo de tal tarea.

El paraguas protector otorgado por determinadas élites políticas, culturales y mediáticas a liberticidas antiestéticos subraya la omnímoda capacidad transgresora del «poderoso caballero» quevediano. Nada extraña entonces que un público acrítico asuma dócil discursos adormecedores de su sensibilidad. No se censura a quienes se lucran con las corruptelas neocoloniales. Promocionan literaturas –versión fílmica incluida– edulcorantes de actividades poco edificantes, relatos apócrifos de Corín Tellado sazonados de zafio exotismo tropical, carentes de la agudeza y frescura de Rudyard Kipling o Alberto Manzi, huérfanas del arte de Mogambo o Memorias de África, falseando realidades sangrantes para reivindicar mitos decimonónicos. ¿Qué juicio esperar de los deudos de aquellos «nativos» alelados ante la «furia incontenible del hombre blanco»? También heredaron memorias que exhumar.

La retórica imperante permite otear la Europa futura, al expresar ideas y actitudes que revelan la voluntad de revisar los valores fundamentales del Humanismo. Inmigración y terrorismo parecen argumentos aparentes que solapan objetivos más profundos: recuperar el pasado a toda costa, aflojado todo freno moral. La crisis económica pareció potenciar Asia y África, únicas zonas que crecían a ritmo destacable en estos años de recesión; pero la depreciación de las materias primas agudiza el espejismo de un crecimiento sin desarrollo ni bienestar, abocando a la indigencia a sociedades ya míseras. Pero la pasividad ante las causas de la inmigración inoculó la carcoma en el corazón de Europa: con la irrupción de mesianismos de toda laya renace el fantasma del totalitarismo.

Donato Ndongo-Bidyogo, escritor.

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