Banderas y destino común

Esperanza Aguirre, a la que siempre leo con interés, escribió el pasado 25 de febrero una Tribuna Abierta siguiendo la reflexión de Ignacio Camuñas en su Tercera del 13 de febrero. No es esta ocasión para recordar mi vieja relación con Esperanza Aguirre con la que he compartido tantas aventuras e ilusiones, ni para remontarme a los ahora infravalorados –por intereses espurios– años germinales de nuestra democracia recuperada, en los que fui testigo cercano, como periodista, de la acción política y de gobierno de Ignacio Camuñas.

Las aportaciones de esos dos artículos a la realidad de un momento complejo de España, sean o no políticamente correctas como ellos mismos aventuran, mueven en mí alguna reflexión, sin más valor que la de nacer de quien en un día ya lejano, en «la mitad del tiempo» que diría Manolo Alcántara, pasó de la fila «0» del comentario de la política al escenario que supone su ejercicio. Llegué a la política con muchos años de profesión detrás; no fui un parvenu. Hace tiempo que la incorrección política me parece de lo más correcta. A menudo el buenismo se me antoja suicida.

Los dos artículos parten de una fotografía que sorprende o inquieta a sus autores: las veinte banderas que suman las diecisiete de las autonomías, las de las dos ciudades autónomas y la enseña nacional, en un acto a las puertas del Senado donde, como sabe perfectamente Esperanza que lo presidió, ondean durante cada Pleno. La reflexión se encierra en la interrogación que da título a la Tercera de Camuñas: «¿Un país con veinte banderas?». Es decir: ¿resulta posible un país con veinte banderas?

Recordé de inmediato un viaje a Washington en 1981 acompañando como informador al Rey Juan Carlos en su segunda visita oficial a Estados Unidos y la primera de las cinco que hizo siendo Reagan presidente. En los jardines de la Casa Blanca formaban unidades militares que ondeaban las banderas de todos los Estados de la Unión, cincuenta, precedidas por la bandera de las barras y las estrellas, y el estandarte presidencial. La pluralidad de banderas no supone complejo alguno en la primera democracia del mundo ni conduce a desuniones en una gran nación cuya unidad nadie discute pese a su pluralidad étnica y cultural y en la que no se esgrime la Historia, ni cierta ni inventada, para alimentar demenciales conflictos de identidad.

Estados Unidos sufrió una cruenta guerra civil, tras la cual la bandera de los vencidos no fue símbolo de enfrentamiento sino seña de respeto histórico que se tremola como referencia del pasado. De aquel gigantesco país forma parte Texas, con casi 700.000 km2, que fue República independiente de primeros de 1836 a finales de 1845, y cuya voluntaria adhesión a la Unión desembocó en una guerra entre México y Estados Unidos. Nosotros padecemos la ficción separadora de partes del territorio nacional que nunca se contaron entre los viejos reinos. No fueron independientes nunca.

Los problemas del Estado de las Autonomías, nacido de la Constitución de 1978, más allá del «todos café», no se resuelven con una profunda marcha atrás, a estas alturas inviable, ni diseñando una realidad distinta que primase a dos o tres autonomías por encima de las demás. Tampoco se conformarían. ¿Y las autonomías leales a la Constitución, y por ello leales a su artículo 2: «La indisoluble unidad de la nación española»? ¿Por qué los más tendrían que padecer la deslealtad de los menos?

No se trata de que los nacionalistas vascos y catalanes se encuentren cómodos dentro de la nación española, porque España no es un sofá, sino de que los dos grandes partidos, PSOE y PP, y así lo creyeron erróneamente los constituyentes, hubieran cumplido en cada momento con su responsabilidad histórica por encima de sus intereses partidistas de sumar apoyos para poder gobernar sin contar con el otro. Y eso ha ocurrido con sucesivos gobiernos aupados gracias a los nacionalistas. Se empieza liquidando los gobiernos civiles y las capitanías generales, se transfieren competencias sensibles, como por ejemplo la Educación, y no se sabe en qué desembocará la tozuda realidad. El Gobierno del que formó parte Esperanza Aguirre, y ella misma lo padeció, funcionó con la dura presión de los nacionalistas, siempre insaciables.

No es un asunto de más o menos banderas históricas o improvisadas, ni es tampoco una cuestión económica, trampa en la que a veces han caído los sucesivos gobiernos nacionales. El grave problema ha sido y es la falta de estímulos creíbles para la recuperación de un destino común. Sin la percepción de ese destino, de ese compromiso asumido por las mayorías, la demagogia y la mentira se abrirán camino.

Resulta esclarecedora la lectura del debate, en 1932, del Estatuto de Cataluña en las Cortes de la República, en el que brillaron con luz propia Manuel Azaña y José Ortega y Gasset. Algunas de sus reflexiones, a favor y en contra, parecen de ayer mismo.

Juan Van-Halen, escritor y académico correspondiente de las Reales Academias de Historia y Bellas Artes de San Fernando.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *