Banqueros sin fronteras

Durante la fase más aguda de la crisis financiera de 2008-2009, parecía que los bancos occidentales iban a retirar sus participaciones en el extranjero e iban a irse a casa, dejando los mercados financieros mucho más fragmentados por fronteras nacionales. Pero, como muestra un nuevo informe de Deutsche Bank Research, al presente, los negocios transfronterizos – ya sea de manera directa o vía sucursales o filiales – se han estabilizado ampliamente.

Durante la crisis, el nivel de actividad bancaria se redujo fuertemente sobre todo en áreas de uso intensivo de capital, como por ejemplo la de préstamos tradicionales al sector privado. El efecto fue especialmente pronunciado en préstamos a empresas no financieras, mientras que los préstamos a hogares – un área donde tradicionalmente la internacionalización es menor – permanecieron más robustos.

En parte, el descenso se debió a una mayor tenencia de títulos de deuda pública externa en comparación a la tenencia de títulos de deuda privada externa. Antes de la crisis, frecuentemente los bancos habían actuaban como vendedores netos de bonos de gobiernos extranjeros; sin embargo, ellos aumentaron considerablemente sus compras durante el periodo 2008-2009. Con el inicio de la crisis de la deuda soberana europea en 2010, el apetito de los bancos por deuda pública cayó nuevamente.

En contraste con las actividades de préstamo, el compromiso de los bancos con los mercados extranjeros se ha mantenido virtualmente intacto con respecto a las actividades puramente de intermediación como ser la gestión de activos y banca de inversión. Las relaciones interbancarias, así como las operaciones de banca de inversión, ya son muy internacionales. Los lazos transfronterizos profundos entre las instituciones financieras y la actividad de los bancos de inversión a nivel mundial sólo fueron brevemente afectados durante la crisis. Por el contrario, la importancia de los mercados extranjeros para los gestores de activos sigue siendo muy limitada y no ha cambiado significativamente desde el año 2007.

A pesar del reciente retroceso, la presencia de los bancos en los mercados extranjeros es hoy, en general, mucho mayor de la de hace unos pocos años atrás. Una de las razones es que el crecimiento de ingresos, usualmente, va mano a mano con el crecimiento macroeconómico, el cual se encuentra cada vez más en países de mercados emergentes, en lugar de en los mercados nacionales occidentales más maduros de muchos bancos. Es más, los niveles de deuda en los sectores privados y públicos tienden a ser considerablemente menores en las economías emergentes.

Al mismo tiempo, las instituciones geográficamente diversificadas tuvieron un desempeño superior, incluso durante la reciente crisis mundial, porque ellas se encontraban menos vulnerables a las recesiones económicas en las regiones individuales. Y, por lo menos hasta un cierto grado de crecimiento, las economías de escala y de gama señalan, a menudo, que la expansión en el extranjero es la única manera de aumentar el tamaño, tomando en cuenta que los mercados nacionales ya se encuentran saturados.

Los mercados financieros integrados, por supuesto, también benefician a los clientes de los bancos al permitir que las instituciones presten servicios financieros más amplios y de mayor calidad a precios más bajos. Además, los socios financieros internacionales fuertes son indispensables para las empresas multinacionales, que a menudo necesitan de administración de dinero en efectivo a nivel global o respaldo para transacciones de gran escala.

Habida cuenta de estas ventajas, el ritmo de la internacionalización ha sido rápido. Tan recientemente como el año 2001, los principales 20 bancos de Europa aún generaban más de la mitad de sus ingresos de forma doméstica. Para el año 2010, este porcentaje había caído en 10 puntos porcentuales, a 42% – un descenso notable que sólo se interrumpió brevemente por la crisis financiera.

Curiosamente, los destinos principales de inversión de la mayoría de los bancos europeos más grandes fueron otros mercados europeos, no otras partes del mundo, aumentando la contribución de Europa a los ingresos totales a casi el 30%, en comparación con menos del 20% hace una década. Puede haber dos explicaciones para esto: por un lado, la participación de Asia en los ingresos de los bancos europeos probablemente ha aumentado. Sin embargo, esto puede haber sido compensado por una disminución en la proporción de los ingresos procedentes de los EE.UU. Y, mientras que esto refleja cambios en la importancia relativa, los volúmenes de negocios de los bancos europeos podrían haber aumentado en términos absolutos, incluso en los EE.UU., aunque a un ritmo más lento que en otros lugares.

En términos generales, las perspectivas para la banca internacional después de la crisis se han tornado positivas. Sin embargo, la normativa podría cambiar esto. En el entorno actual, con un enfoque renovado sobre la normativa de mercados, instituciones e instrumentos financieros, puede que sean inevitables algunas diferencias internacionales en cuanto a la escala, ámbito y aplicación de las nuevas normas. Sin embargo, sin un enfoque ampliamente consistente, las autoridades están en riesgo de crear un compendio legal formado a partir de retazos que haría que la banca transfronteriza sea menos eficiente, más cara y más difícil de desempeñar.

Aparte de desalentar las inversiones de los bancos en el exterior, las restricciones absolutas de acceso al mercado impuestas a los bancos extranjeros tampoco se pueden dejar de considerar. El rápido crecimiento de las relaciones bancarias intra-europeas en la última década ha sido en gran medida posible por la abolición de las barreras formales e informales impuestas a los proveedores extranjeros de servicios. A pesar de que este entorno puede no estar fundamentalmente en situación de riesgo, la tendencia actual hacia el aumento de requerimientos de capital para los bancos internacionales – que se refleja, por ejemplo, en las convocatorias para la creación de filiales independientes con capital y fondos de liquidez autónomos – es claramente preocupante.

No obstante, dadas las relativamente favorables perspectivas para la banca transfronteriza, la presencia de bancos occidentales en los mercados emergentes podría fortalecerse aún más, al mismo tiempo que los bancos domiciliados en estas regiones podrían empezar a mirar más allá de las fronteras nacionales. Los préstamos tradicionales y la captación de depósitos todavía ofrecen mucho potencial de crecimiento – y pueden tornarse más atractivos en comparación con la banca de inversión o la gestión de activos como consecuencia de la nueva normativa. En ese caso, la banca se tornaría más similar a otras industrias que se han beneficiado a si mismas y a sus clientes al desarrollarse hasta llegar a convertirse en redes verdaderamente globales.

Jan Schildbach, analista del sector bancario en el Deutsche Bank Research. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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