Barack Obama: un año después

La elección de Barack Obama fue para los estadounidenses la noticia más importante de 2009, por encima del desplome de la economía, la reforma del sistema de salud, la muerte de Michael Jackson o la aparición del virus de la gripe A. Sin embargo, un año después, el propio presidente de EEUU reconoce que está lejos de su gran sueño: «Mantener unido al país, como ocurrió durante mi investidura».

El joven mandatario afroamericano navega hoy por zonas de turbulencia. Desde los sectores a su izquierda, los utópicos del brusco cambio y las soluciones totales, han levantado el hacha. Así, para Gore Vidal: «Es un incompetente al que derrotarán en la reelección». El ala montaraz de la derecha lo considera una especie de Ángel caído, que se sumaría a la lista de presidentes norteamericanos arrojados a la papelera, pese a lo que un día representaran para millones de ciudadanos. Aunque estas posturas extremas son de dudosa fiabilidad, un dato más preocupante para el inquilino de la Casa Blanca es que los últimos sondeos (Universidad de Quinnipiac, CNN, etcétera) muestran a EEUU dividido más o menos en torno al 45% a favor, 45% en contra, acerca de si este primer año de Obama ha sido o no un éxito.

¿Quién tiene razón? El problema, me parece, es ante todo de ponderación del propio sistema de poder en Estados Unidos. Cuando se habla del presidente estadounidense como el hombre más poderoso del mundo, se olvidan las reglas del circo político en que actúa. Los miedos ante reyes y tiranos que los inmigrantes europeos del Myflower importaron a América produjo un sistema político pesado y lento por el juego de los contrapoderes. El chascarrillo político de que «la única decisión que el presidente puede tomar solo es la de ir al baño» ilustra sus condicionamientos, no sólo por el sistema de poderosos consejeros, sino también en el plano legislativo.

Así, para eludir el filibusterismo de la oposición, el presidente necesita una mayoría del 60% en el Senado si quiere aprobar leyes. Es una debilidad de la democracia estadounidense que rebota sobre el poder ejecutivo. Ha bastado que dos senadores demócratas de prestigio (Christopher Dodd, de Connecticut, y Byron Dorgan, de Dakota del Norte) anuncien que no concurrirán a la reelección en noviembre para que el pavor invada las filas demócratas. El lento discurrir de la ley sanitaria entre las dos cámaras -Congreso y Senado-, y el que Obama haya tenido que dejar en manos del Congreso la propia redacción del proyecto con sacrificio de promesas de la campaña, es un buen ejemplo de lo que digo. Incluso ha tenido que recurrir a lo que en el argot político parlamentario se llama el arma nuclear: un discurso especial ante las dos cámaras, al que raramente recurren los presidentes, si se exceptúa el discurso sobre el estado de la Nación. Como recuerda Garton Ash, Franklin Roosevelt – al que quiere imitar Obama- sólo pronunció uno en toda su larga presidencia: el que pidió al Congreso que declarase la guerra después del ataque japonés a Pearl Harbor.

De este modo, lo que debería ser un éxito para el presidente -así lo ve Europa- es en EEUU el punto más criticado de su agenda política. Los republicanos entienden intolerable el incremento del gasto y del déficit en el presupuesto; los demócratas del ala izquierda acusan a Obama de haber renunciado a una opción «verdaderamente pública» de la sanidad. Da que pensar que a estas alturas sólo esté a favor de su reforma sanitaria el 35% de los ciudadanos, frente a un 55% en contra.

Ahora bien, no todo es culpa del sistema. Muchas veces la personalidad del presidente es un factor clave de sus éxitos o de sus rémoras. Si estamos de acuerdo con Richard Norton, los presidentes son figuras esencialmente misteriosas, con capacidades no totalmente entendidas. El asesor de Seguridad Nacional de Reagan, Robert McFarlane, comentaba, por ejemplo, la asombrosa relación entre lo poco que sabía el anciano presidente y el mucho éxito que lograba. La clave estaba en su carácter optimista y decidido. Obama es un hombre culto, valiente, bien parecido, afable y brillante, pero duda demasiado, concilia en exceso, demora las decisiones, capta demasiados reflejos grises en situaciones de emergencia, quiere contentar a todos.

Esto podría ser positivo si no fuera porque Obama marcó en su brillante campaña una meta inalcanzable. Su «todo es posible» cristalizó en un grito que resonó en medio mundo: «Yes we can». Un año después, parece imponerse el «No you can’t». Es como si, por miedo a perder la campaña, Obama hubiera aplicado la vieja fórmula de «primero se gana, y luego ya se verá». Pero la realidad es implacable cuando se baja del cielo azul de las promesas al grosero mundo de los hechos. De modo que el desfase entre ofertas y realidades trae inquieto al electorado. Como se ha dicho gráficamente, en la política de Obama, «los cambios se demoran, las promesas se matizan y los plazos se extienden demasiado». El mito sobre el hombre está enterrando al político.

Pensemos en la política internacional. Bajo algún aspecto, es verdad que Obama manifiesta señales del síndrome Carter. Oscila en Afganistán entre la retirada a plazo fijo y el envío masivo de tropas. En Oriente Próximo, adopta una postura propalestina al tiempo que lanza a su secretaria de Estado, Hillary Clinton, con unas declaraciones a favor de Benjamin Netanyahu que encolerizan a Mahmoud Abbas, que llega a calificar de «traidor» a Obama. Encabeza el lobby mundial por la ecología ambiental, pero cierra con China en Copenhague un acuerdo calificado de desastre para el medioambiente. Manifiesta ante las dos cámaras que no se financiará el aborto con dinero federal, mientras que Hillary anuncia que Estados Unidos se involucrará en un impulso de fondos masivos para promover en la ONU como derecho básico los «servicios de salud reproductiva», incluido el aborto. Acepta un Nobel prematuro y, para no ser acusado de pacifista, lanza en Estocolmo un discurso guerrero.

Igualmente, defiende en China la libertad de expresión como un «valor universal irrenunciable», pero al mismo tiempo declara la guerra en Estados Unidos a la cadena de televisión Fox, olvidando que la Historia demuestra que «la lista de gobiernos que han ganado en su lucha contra los media es más corta que esta misma frase» (David Carr, The New York Times). Respecto a la economía, basten dos datos. Prometió reducir el déficit a más de la mitad; pero el de 2009 se calcula en 1,42 billones de dólares (casi un billón de euros) mientras que el presentado por Obama para 2010 es de 1,75 billones de dólares. Sus promesas sobre el paro se han estrellado ante los datos de diciembre: ya roza el 10%.

ASÍ LAS cosas, la victoria de los republicanos en las elecciones a gobernador de Virginia y Nueva Jersey presagia vientos de fronda para Obama en las legislativas de noviembre. Los demócratas comienzan a pensar si para esas elecciones Obama será un referente o una carga. En mi opinión, ésta es una duda que peca de impaciente. El joven líder afroamericano está todavía en fase de aprendizaje. Los primeros 18 meses de una presidencia en EEUU suponen un periodo en el que su titular tiene que incorporar o deshacerse de muchos conceptos sobre su trabajo, independientemente de su experiencia previa.

Como observa Neustad, «nada de lo que ha hecho antes le ha preparado para abarcar todas las facetas de su nueva tarea». Convertirse en el centro ordenador de los valores económicos, políticos, jurídicos, culturales o ecológicos que deberán regir la vida de toda la humanidad lleva su tiempo. Sobre todo si se piensa que tiene que hacerlo en medio del torbellino de acontecimientos, ceremonias, crisis, viajes, peticiones, ataques y sorpresas que constituyen un día habitual en la rutina presidencial.

De momento, ha conseguido lavar la imagen de EEUU en el mundo, ha actuado como un verdadero comandante en jefe ante la catástrofe de Haití (por más que el envío de 10.000 marines haya puesto nerviosos a Chávez y a Ortega), y ha iniciado una fase de distensión con Rusia y los países islámicos, aunque la amenaza terrorista le haya hecho olvidarse de sus promesas sobre Guantánamo. Démosle tiempo, siempre que a su vez Obama no olvide lo que un viejo senador decía a un joven presidente: «Hijo, no te pongas demasiado cómodo en el sillón del Despacho Oval. Antes de que te des cuenta será la hora de partir. Todos estamos de paso en la política: sobre todo los presidentes».

Rafael Navarro-Valls, catedrático de Derecho en la Universidad Complutense y autor, entre otros libros, de Entre la Casa Blanca y el Vaticano.