Barcelona 92: ¿Juegos? ¿Qué Juegos?

El 7 de mayo de 1986 el Barça perdía la Copa de Europa en Sevilla, en la final más insultantemente fácil que ha perdido un equipo en la historia del fútbol. Era el día de mi cumpleaños. Mi padre se fue a la cama sin cenar, mi abuelo le prendió fuego a su corbata azulgrana, mi abuela dijo “yo ya lo dije” y mi madre preguntó al día siguiente “¿cómo han quedado?”.

Muchos trenes que volvían de Sevilla cargados de aficionados azulgranas fueron apedreados por el camino y en la piel de toro se hizo popular aquel chiste que rezaba “nunca digas de Steaua no beberé”. Para Barcelona fue como si un nubarrón gris se instalara en la ciudad y se negara a moverse. Solo que unos meses después, Juan Antonio Samaranch se subía a un púlpito y anunciaba que los Juegos Olímpicos de 1992 se organizarán en la Ciudad Condal. Pronunció “Barcelona” en catalán, un detalle que emocionó incluso a mi abuelo, un republicano gruñón que odiaba Tarradellas y a Samaranch por igual.

Los independentistas, que en aquel entonces debían representar a un 4% de la población y podían dar gracias si aglutinaban a dos o tres mil personas el 11 de septiembre, trataron de convencer a los catalanes de que aquello sería una ruina, pero –la verdad sea dicha– nadie les hizo ni puñetero caso: el número de voluntarios, el entusiasmo popular, el orgullo mal disimulado, pocas veces se ha visto a una urbe tan volcada con algo como aquella Barcelona con aquellos Juegos Olímpicos.

Casi todos mis amigos estaban metidos en el meollo (cosas de ir a un colegio de pijos) y los seis años que separaron el anuncio de la celebración fueron una explosión de júbilo. Excepto para el perro contrahecho de Mariscal todo fueron parabienes. Jordi Pujol, Felipe González y Pasqual Maragall se paseaban de la mano por todas partes y hablaban de lo estupendo que nos llevábamos todos.

Luego, el 20 de mayo del 92, el Barça ganó su primera copa de Europa y unos meses después, mi padre, mi madre, mi hermana y yo nos sentábamos en el sofá de casa a ver la ceremonia de inauguración de los mejores Juegos Olímpicos de la historia. El tricicle, la voz de Constantino Romero, el tipo que encendió el pebetero con una flecha… fue imposible no emocionarse con aquello y todo el mundo lo hizo.

En casa hubo lágrimas, como las hubo en las de mis vecinos, y en muchos bares. Qué coño, habíamos hecho algo increíble. La ciudad se había abierto al mar y el boom turístico no había hecho más que empezar: habíamos entrado en el progreso de una patada en el trasero.

Lo que pasó luego debería ser materia de estudio para nuestros nietos, si es que para entonces queda alguien en el planeta para estudiar algo. Lo que muchos/as creyeron que era la paz perpetua, la chispa que haría volar por los aires las diferencias irreconciliables que atesoramos desde mucho antes de la Transición, fue solo una ridícula tregua coyuntural. Nada de paz sistémica, nada de hermanos más allá del Ebro.

Truman Capote decía que “la diferencia entre realidad y ficción es que la ficción debe ser coherente”, y los veinticinco años que han seguido a Barcelona 92 han servido para darle la razón. El enfrentamiento entre los dos rebaños de librepensadores que se alinean a un lado y otro del puente aéreo se enrocó con el famoso Estatut que Alfonso Guerra afirmó “haberse cepillado” y tomó matices guerracivilistas con el duelo al sol entre Generalitat y Gobierno.

La decisión de Mariano Rajoy de dejar morir el Procés por aburrimiento y la de Junqueras y compañía de inventarse una ley universal que derroca el resto de leyes (Tolkien estaría satisfecho con su influencia en este asunto) han dejado el camino sembrado al resto: del 4% de secesionistas se ha pasado al 45%; de los dos mil al millón y pico.

Juan Antonio Samaranch, sin el cual es difícil pensar que Barcelona hubiera batido a la mismísima París o a Ámsterdam a la hora de organizar las Olimpiadas, vivió en la memoria de muchos vecinos de la Ciudad Condal hasta que el actual Ayuntamiento decidió que su pasado franquista pesaba más que su presente como impulsor del evento más importante de la historia de la capital de Catalunya. No solo se retiró la estatua que regaló al consistorio con la excusa de que no había que exponerla “en espacios públicos” sino que se ha puesto en duda si seguir manteniendo el nombre de Samaranch en el Museo Olímpico y del Deporte (a propuesta de la CUP, heredero de aquel MDT, el grupúsculo independentista que se oponía a la celebración de los Juegos) mientras sigue en el limbo lo de dedicarle una calle en Barcelona.

El otro gran rostro de aquellos tiempos, el alcalde de Barcelona, Pascual Maragall, se adscribió más tarde a una corriente soberanista del PSC (ahora en vía muerta o integrada en Junts pel sí) y acudió a título personal a actos con ERC o a la Diada. El veneno no estuvo ausente en los últimos años de su trayectoria, ya que muchos recordaron que el alcalde padecía alzheimer y que el movimiento secesionista se aprovechaba de ello.

Curiosa paradoja, que uno acusado de franquista (no había duda de que lo era) y el otro de independentista (dijo en 2004 que la independencia de Catalunya y la España federal no eran incompatibles) fueran capaces de darse la mano por una causa mayor para acabar recibiendo más palos que una estera desde polos radicalmente opuestos. Ya se sabe: al enemigo ni agua.

Así que seguimos teniéndonos manía como las familias de verdad (pero no solo la noche de Navidad y en Nochevieja), nadie se acuerda del perro contrahecho de Mariscal y –hay que joderse- el Ayuntamiento de Barcelona no se atreve a celebrar a lo grande el 25º aniversario de los mejores Juegos Olímpicos de la historia “porque no todo el mundo está de acuerdo”. Se hace una fiesta popular y listos, argumentan.

Sí, los marselleses no soportan a los parisinos y el norte de Italia no puede ver al sur, pero en una competición de cainismo nadie nos ganaría: el odio se nos desparrama en los programas de opinión, en las columnas de los periódicos y en las malditas redes sociales. Y lo peor es que ni siquiera tenemos una explicación convincente, más allá de la docena de tópicos que unos y otros esgrimen a modo de florete en las sobremesas sociopolíticas con una copa de más.

Nadie sabe por qué hay tantos independentistas de la misma manera que nadie sabe porque antes no había ninguno. Eso sí, hemos sido capaces de reproducir la guerra fría sin Reagan, ni muro de Berlín y sin misiles en Cuba y es que si hay algo capaz de mantener España unida es el poder del odio: nadie odia tanto y tan bien como nosotros, ya sea en la periferia o en el centro. Desde la perspectiva de un catalán de cuarenta y muchos y si me preguntan hoy, la única solución es que le den de una vez unos Juegos a Madrid. Grosso modo eso nos daría otros seis años de tregua y –francamente– los necesitamos.

Toni García es periodista.

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