Barcelona bien vale una misa

La negativa de Zapatero a asistir a misa en Barcelona durante la visita del Papa este fin de semana, en el mismo año en que participó en una reunión de oración protestante en Washington (véase «Zapatero y su desayuno con La Familia», EL MUNDO, 4 de febrero de 2010), es la evidencia definitiva de su completo fracaso para adoptar una actitud racional hacia la cultura de su propio pueblo.

Si el presidente del Gobierno tuviera algún conocimiento de la historia europea, conocería el caso del rey de Francia Enrique IV, quien pronunció la célebre frase: «¡París bien vale una misa!», cuando se dio cuenta de que la religión de la mayoría de los franceses debía respetarse. Unos días más tarde, aquel rey, un protestante practicante, recibió la bendición del Papa y acudió a misa. Zapatero, que ha llevado a España al borde de la ruina en prácticamente todos los aspectos, también se beneficiaría de una bendición papal. La ayuda de Dios, después de todo, se extiende incluso a los no creyentes.

Afortunadamente para el Partido Socialista de Cataluña, el presidente de la Generalitat, José Montilla, ha accedido con entusiasmo a respetar la religión de la mayoría de catalanes, y asistirá a la misa papal. Pero Zapatero se niega a hacer el gesto, ni siquiera por motivos de cortesía o diplomacia. Es difícil encontrar otro ejemplo en la historia reciente de un jefe de Gobierno occidental que se niega a reconocer la cultura histórica de una sección de su pueblo.

El evento me ha hecho volver a considerar un libro que escribí hace muchos años, Cambio cultural en la sociedad del Siglo de Oro: Cataluña y Castilla, en el que hice un estudio de las reformas católicas en Cataluña durante su gran época de religión. Al escribir el libro, descubrí las grandes riquezas del pasado histórico de Cataluña en el siglo XVI. En aquel periodo Barcelona era el gran centro para la entrada de España en Europa. Desde esta ciudad, el emperador Carlos V solía hacerse a la mar cuando se desplazaba a Italia y Alemania. También desde Barcelona zarpó Felipe II en sus viajes a través de Europa. Y fue Barcelona la destinataria de los grandes movimientos de la civilización europea: el Renacimiento entró a través de la ciudad; igual que la contrarreforma, o la cultura y arte de Italia. Y el primer gran centro de los jesuitas en la Península Ibérica se desarrolló en Barcelona. Por supuesto, estos movimientos no se detuvieron en la ciudad, que era el canal por el cual las grandes influencias culturales de Europa podían ser distribuidas en toda España.

Uno de los grandes símbolos de estos cambios fue la basílica construida por Felipe II en El Escorial. De lo que pocas personas parecen darse cuenta es de que el palacio fue sólo un aspecto de la renovación en la Península. En esos mismos años, el monarca también reconstruyó la gran basílica de Montserrat en Cataluña, que fue, después de El Escorial, su lugar favorito de culto.

Dada su posición estratégica, la capital catalana se convirtió en un cruce de caminos internacional para reyes, capitanes y misioneros, siempre en el centro de la actividad y abierta a las influencias de toda la Europa occidental. Hacia finales del siglo XVI, la ciudad condal se había convertido en una metrópoli internacional. ¡Y capital también de la fe! Vinculados estrechamente por tradición a la sede de Roma, los catalanes fueron los primeros de la Península en aceptar los decretos de Trento y los primeros en apoyar un programa de reformas religiosas. Las necesidades militares y administrativas propiciaban un constante intercambio de ideas y de personal entre la península y Europa, a través de Barcelona. ¡Y que podemos decir de las librerías de Barcelona! Bien entrado el siglo XVII, estaban llenas de libros europeos, en una escala sin comparación con cualquier otra ciudad española.

Barcelona, entonces, era la vanguardia peninsular de la fe y la cultura. Gracias a esto y a su propia historia de contacto con el mar Mediterráneo, la ciudad siempre mantuvo estrechas relaciones con Italia y con Roma. Los reyes y dirigentes de España siempre respetaron el papel especial de la ciudad, junto con su especial carácter espiritual. Cuando se negaron a hacerlo, como ocurrió durante el mandato del Conde Duque de Olivares, terminaron con graves problemas y, finalmente, con el desastre político.

La imagen, inevitablemente, tiene su lado negativo. Hay que reconocer, sin duda, que España -y con ella, Cataluña- ya no es lo católica que una vez fue. Posiblemente sólo una minoría de los catalanes son creyentes activos. Hay una crisis de vocaciones, y muchas parroquias no tienen sacerdotes. Los conventos están prácticamente vacíos de novicios catalanes. Sin embargo, nada de esto afecta al hecho de que el cristianismo sigue siendo la principal religión de los catalanes, y que la fe católica, en particular a través de símbolos políticos, tales como la abadía de Montserrat, es la base de la cultura catalana tradicional. La literatura, el arte y la filosofía de los catalanes desde el siglo XVIII está profundamente impregnada de un reconocimiento de la fe católica; y el hecho de que el clero a menudo haya aprovechado esa fe con el fin de promover sus propios intereses no altera la validez de la tradición católica. Cuando fue necesario, el clero pudo demostrar que disponía de honor. Los sufrimientos heroicos de sacerdotes y monjas bajo la Segunda República, una tragedia que a menudo se pasa por alto, es testimonio de las raíces cristianas que fueron implantadas profundamente en el suelo de Cataluña y todavía permanecen allí.

Reconocer la cultura católica de esta región no debe confundirse con otros aspectos de la realidad catalana. La visita del Papa ha sido utilizada por los políticos de ambos lados de la verja. Acaba de publicarse un manifiesto de un número reducido de políticos en el que ponen mucho énfasis en los conceptos de «nación» y «lengua» y exhortan al Papa a que apoye a ambas. Éstas son cuestiones que, en realidad, tienen poco que ver con la religión. Cuando la fe católica estaba arraigada en Cataluña siempre fue internacional, no nacional, y sí dio importancia a las lenguas, la dio a todas ellas, no sólo a una. El manifiesto es, al parecer, otro ejemplo de cómo los políticos han intentado utilizar la religión para sus propios fines. El Papa, sin duda, tendrá mucho cuidado de evitar caer en la trampa que han colocado los regionalistas, ya sean de la izquierda o la derecha.

Pero, al menos, durante su muy apretada agenda, el Papa tendrá la convicción de que Barcelona vale una misa. Es, sin duda, un hombre más inteligente que Zapatero, quien ha cerrado su mente a cualquier reconocimiento de los valores de la cultura tradicional.

Henry Kamen, historiador británico. Su último libro es Poder y gloria. Los héroes de la España imperial, Espasa, 2010.

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