Barcelona, Madrid y Valencia

En espera de las negociaciones y pactos de los próximos días se puede afirmar que el país ha dado un giro a la izquierda y que el Partido Popular ha perdido unas quinientas mayorías absolutas en municipios y comunidades autónomas. El partido de Mariano Rajoy ha dejado casi dos millones y medio de votos en las municipales pero sigue siendo el primero. Los socialistas de Pedro Sánchez han perdido casi ochocientos mil. El bipartidismo ocupa un 52% de los votos, un retroceso significativo de cuando hace años se situaban por encima del 70%.

En Catalunya, CiU es la primera fuerza seguida del PSC, con una caída más abultada de los socialistas que de los convergentes. Una novedad catalana es el significativo avance de ERC que pisa los talones a los socialistas y se sitúa como tercera formación. El soberanismo ha aumentado pero sumando CiU, ERC y CUP no consiguen cruzar el umbral del 50%.

La paradoja del azul que tiñe la España del PP, con la excepción de Andalucía, Extremadura, Euskadi, Asturias y Catalunya, es que aun siendo la primera fuerza es la gran derrotada de las elecciones.

Los partidos emergentes, Podemos con sus franquicias y Ciudadanos, van a poner y quitar gobiernos pero no han llegado como primera fuerza en ninguna parte, excepto en Barcelona donde Ada Colau se presentaba con la bendición de Pablo Iglesias y con todo el capital y la historia de los viejos comunistas.

No ha habido una derrota estrepitosa de la derecha en cuanto a los votos. Pero los resultados en Barcelona, Madrid, Valencia, Zaragoza y Cádiz extienden una mancha roja que desplaza a políticos gastados por nuevas caras que van a gobernar con la ayuda explícita o implícita de Podemos y sus franquicias o Ciudadanos. El bipartidismo sigue, pero matizado, corregido, vigilado y controlado por las nuevas formaciones que impondrán nuevos aires.

El vuelco en Barcelona, Madrid y Valencia tiene una especial significación. Salvando todas las distancias, la victoria de la izquierda y sus posibles aliados guarda un cierto paralelismo con lo que ocurrió el 12 de abril de 1931. España se acostó con la mayoría de votos monárquicos y se levantó con la proclamación de la República dos días después porque la victoria republicana había sido incuestionable en las principales ciudades españolas.

La alcaldía de Madrid no es el epicentro del poder en España. Pero es un mirador significativo, una veleta que indica la dirección de los vientos de la política general. Lo mismo ocurre en Barcelona y Valencia, con distintas circunstancias pero con la misma proyección en sus respectivos territorios y en el resto del Estado.

Varios diarios europeos titulaban el lunes con la idea de que los indignados españoles van a gobernar Barcelona y Madrid. Se puede decir, ciertamente, que ha sido la corriente de indignación la que ha cambiado las alcaldías de las tres ciudades más importantes de España. Con todos los matices y diferencias. En el caso de la alcaldía de Madrid pueden haber influido los casos de corrupción rampante perpetrados en los últimos años en la capital y también la soberbia arrogante de Esperanza Aguirre que hizo una campaña como la de los viejos caciques de la primera Restauración de Cánovas y Sagasta. Manuela Carmena se presentaba con marca propia pero con la complicidad activa de los complutenses de Podemos. Ante una aristócrata zalamera y lenguaraz, los madrileños han optado por una señora juez, jubilada, que tiene pinta de convertirse en una réplica de lo que fue el viejo profesor Tierno.

La corrupción se ha llevado por delante también a la campechanota Rita Barberá y al presidente Fabra, heredero de Camps y Zaplana. Escuchar el recuento de miles de euros en el interior de un automóvil redondeando una operación corrupta ha hecho un daño irreparable al segundo feudo de votos del Partido Popular. Nuevamente, Podemos no se ha llevado todas las rentas del desgaste popular sino que lo tendrá que compartir con Compromís. Las viejas e inútiles trifulcas de la derecha valenciana con la lengua valenciana o catalana tendrían que entrar en un período de racionalidad. El caso es que el partido de Rajoy puede ser barrido de Valencia a pesar de haber conseguido más votos que nadie.

El resultado de Barcelona tiene también muchas lecturas en clave catalana y española. La victoria de Ada Colau ha puesto un interrogante al proceso independentista. El president Mas dijo el jueves que “si Barcelona nos da la espalda no saldremos adelante”. Barcelona no se ha alineado con la independencia. Las relaciones en el seno de CiU pasarán una prueba de fuego en los próximos días. ERC no es un aliado eterno. Ada Colau no sabemos cómo piensa cumplir sus promesas ni tampoco si va a avalar la senda independentista. En las elecciones del 27 de setiembre, confirmadas ayer por Mas, y en las generales, se valorará la obra de gobierno.

Lluís Foix

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