Barthes en la China de Mao

En la primavera de 1974, Roland Barthes viaja a la China de Mao con un pequeño grupo de sus amigos de la revista Tel Quel: los escritores Philippe Sollers, Julia Kristeva y Marcelin Pleynet, todos maoístas fanáticos. En 1974, Barthes tiene 59 años. Su estado de ánimo no es bueno: tiene migrañas, duerme mal, sufre ataques de pánico. En China nada le llama la atención: la ópera le aburre, el paisaje le recuerda las interminables llanuras de la Francia central y las supuestas conquistas de la revolución le traen sin cuidado. Un día, en Shanghai, una multitud sigue a Barthes y a su grupo por los muelles: nadie ha visto por allí a un europeo en los últimos veinte años. Muchos chinos enarbolan carteles en los que se lee en francés: «Damos la bienvenida a Tel Quel». Barthes ni siquiera se sorprende. Se siente asqueado, aburrido, deprimido. En el tren, en vez de contemplar el paisaje, se empeña en leer «Bouvard y Pécuchet». Durante las interminables sesiones de visitas a las fábricas, resiste estoicamente los tediosos discursos de los dirigentes maoístas, que le parecen «toneladas de bloques de hormigón fabricados con estereotipos».

Lo único que le llama la atención durante el viaje son las antiguas caligrafías chinas –que siempre ha amado– y el bello rostro de un obrero que un día le estrecha la mano durante la visita a otra fábrica. Pero aun así, China le parece un terrible «desierto sexual». En sus cuadernos de notas, angustiado, Barthes se pregunta qué demonios hacen los chinos con su sexualidad. En las grutas de Long Men, frente a las antiguas estatuas budistas, Barthes parece tocar fondo. «Sí, sí, muy bien –anota en sus diarios–, pero después de todo esto ni siquiera le he visto la pilila a un solo chino. ¿Qué se puede saber de un pueblo si uno no ha conocido su sexo?» Pero el sexo, claro está, es tema tabú en China. Y más aún el sexo homosexual, que es el único que interesa a Barthes. Justo antes del despegue del avión que le trae de vuelta, Barthes anota en su diario una irreprimible exclamación de alivio: «¡Uf!». Por desgracia, el servicio a bordo de Air France deja mucho que desear. El almuerzo le parece repugnante. Y lo peor de todo, las azafatas no le ofrecen champán.

Al volver a Francia, Barthes publica un artículo en «Le Monde» contando su viaje. En el artículo – «Et alors, la Chine?» («Y China, ¿qué?»)–, Barthes llega a la sorprendente conclusión de que no ha podido extraer ninguna conclusión. Después de casi tres semanas en China, no ha descubierto nada de nada. Roland Barthes es un escritor famoso en toda Europa por haber sabido interpretar como nadie la sociedad contemporánea, pero en China no ha sido capaz de interpretar nada. De todo lo que ha llenado su cuaderno de notas –el aburrimiento infinito, el asco por las toneladas de clichés ideológicos, la perplejidad ante la misteriosa vida sexual de los chinos–, nada asoma a esta reflexión pública que escribe para «Le Monde».

Peor aún, Barthes tampoco hace una sola crítica a la violencia desatada por la Revolución Cultural contra los intelectuales chinos acusados de contrarrevolucionarios. Ese mismo año de 1974, justo cuando Barthes y sus amigos de «Tel Quel» están en China, ha estallado una nueva campaña de persecución y difamación ideológica –instigada por la siniestra Banda de los Cuatro–, «la campaña de denuncia de Lin Biao y Confucio». Todos los intelectuales chinos que se parecen a Barthes –solitarios, homosexuales, aficionados a la música clásica o al cine europeo, devotos de la antigua caligrafía, lectores de Flaubert– sufren las amenazas y los insultos virulentos de los guardias rojos. Pocos años antes, en los primeros tiempos de la Revolución Cultural, a muchos de esos intelectuales barthesianos los han matado a golpes en plena calle, o los han exhibido en infamantes ceremonias públicas con un grotesco capirote que los acusa de ser unos burgueses decadentes (lo más parecido a un auto de fe ideológico que ha ocurrido en el siglo XX). Barthes conoce sin duda todas estas cosas, pero en su artículo para «Le Monde» no dice nada. Todo lo más, se atreve a hacer unos cuantos comentarios irónicos sobre el nombre en chino de esa campaña revolucionaria, «Pilin-Pikong», que suena «como un alegre cascabel». Por supuesto, a Barthes no se le ocurre decir ni una palabra sobre lo que ese «alegre cascabel» ha supuesto para muchos intelectuales chinos en términos de persecuciones y afrentas públicas.

Y no lo hace porque Barthes, a sus 59 años, quiere ser considerado un intelectual «moderno», «à la page», «transgresor», y le conviene estar a bien con sus amigos maoístas de «Tel Quel», que en aquellos momentos cortan el bacalao en toda Europa con su abstrusa logorrea plagada de términos seudo-científicos. En realidad, no hay ninguna diferencia entre las paparruchas teóricas de los escritores de «Tel Quel» y las «toneladas de bloques de hormigón fabricados con estereotipos» que sueltan los dirigentes chinos durante las visitas a las fábricas. Pero Barthes no se atreve a decirlo. No quiere parecer un viejo burgués aburrido y neurótico. Necesita hacerse pasar por alguien a quien las persecuciones ideológicas de la Revolución Cultural sólo le evocan el sonido alegre de un cascabel. No olvidemos que estamos en 1974. El maoísmo domina el discurso intelectual de Francia y media Europa (en España lo defienden, en la clandestinidad, los fogosos intelectuales de «Bandera Roja» y del «Partido del Trabajo»). Barthes, que no es un intelectual valiente, no se atreve a abandonar esa acogedora zona de confort. Prefiere callarse la verdad y soltar cuatro vaguedades inanes. Sabe muy bien que cualquier escritor chino, si se pareciera a él, estaría encerrado en un campo de reeducación. O escondido en una aldea de las montañas. O muerto. Pero Barthes se calla todo eso.

Y como señaló Simon Leys en uno de los ensayos de su «Breviario de saberes inútiles», Barthes prefiere olvidarse de las crueles persecuciones de la China de Mao y concentrar su indignación contra la comida que le sirven en el avión de Air France. Reparemos en esa terrible afrenta: ¡ni siquiera le han dado champán! Ay, ay, qué terribles son los crímenes del capitalismo para un intelectual modélico como Roland Barthes.

Eduardo Jordá, escritor.

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