Bate y vate

Mi liberada:

Pensaba antes de escribirte qué iba a ser para ti más formativo e irritante: si una karta llamada Continuidad de Llach u otra que dijera El gitano Corberó. Esta semana han coincidido sus titulares en las noticias. El escultor, porque ha muerto. El cantante, porque sigue vivo. No quiero ahorrarte nada. Uno, además, ilumina al otro. Esta semana se supo que el cantante, también diputado en el Parlamento regional, va anunciando en los púlpitos que los funcionarios que cumplan la ley en Cataluña serán castigados por el gobierno desleal. Su bravata no tiene mayor importancia técnica; aunque si los fiscales de este desgraciado país se tomaran un descanso en su metódica tarea de apuñalarse tal vez habrían encontrado el tipo legal en que encajar tan nítidas coacciones y amenazas. Lo que me ha llamado la atención ha sido el estupor triste de viejos fans del cantante -alguno hasta le puso Laura a una hija- que le reprochan un acto de traición. Todo lo contrario: es un mero acto de culminación. Llach es el exponente máximo de la cursilería catalana, siempre vigente y en los últimos años asfixiante. Llach es un Julio Iglesias que se lo creyera. ¿Puede imaginarse un Julito sin humor y sin cinismo, que no se desprendiera a cada melisma de sí mismo, un tipo que de verdad dijera lo que dicen sus keywords: hey, truhán, quijote? ¿Por qué no le puso, mi arma, Gwendolyne a su Laura? Si algo semejante puede imaginarse eso es Llach. No sospechó nunca el bate que cuando cantábamos L’Estaca lo hacíamos con la misma trascendencia épica con que encarábamos Asturias, patria querida. Para saber quién es Llach, a fondo, hay que escucharle cantar esto: “Si em dius adéu, vull [quiero] que el dia sigui net [limpio] i clar, que cap ocell [ningún pájaro] trenqui l’harmonia del seu cant. Que tinguis sort i que trobis [encuentres] el que et va mancar [faltó] en mi”. No puedo reproducir los trémolos, la languidez, el desfallecimiento. Pero lo dramático es la mentira que lleva dentro. La gente rompe, como explica el tango. O sea rompe a palos, sin esa fatua e irreal deportividad. Hasta ayer la xenofobia simpática de los nacionalistas se exhibía con mecheritos y vaivenes, a la manera de Llach. Todo era tierno y sudado. Pero la verdad asoma detrás de la hipócrita cursilería: si no movéis el mecherito os joderemos. Y entre el iluso público adviene la misma sorpresa del día que descubrieron que Llach era calvo.

Entretanto murió Xavier Corberó. La noticia de su muerte apenas ocupó lugar. Es probable que la parquedad innoble, analfabeta, humillante se deba a una de sus sentencias favoritas sobre los catalanes: “Son como judíos, pero en tonto”. Era un escultor que había aprendido su oficio en la forja paterna y que conocía las piedras y los metales de un modo radical. El día que murió, su hija Ana hizo grabar en un tuit que traduzco del inglés esta sentencia: “Vivió una vida excitante y a lo grande”, que a mí me parece muy exacta. De su vida, pero también de su obra, es síntesis su casa de Esplugues de Llobregat. Hace años estuve. Afirmo severamente que en el tiempo que pasé, dos o tres horas, la casa ya había crecido. Lo confirmó el Wall Street Journal en un reportaje reciente que incluía esta declaración desesperada del escultor: “No puedo parar”. A la hora de su muerte la casa ha llegado a los 15 mil metros cuadrados. El año próximo hará medio siglo de la primera compra, una antigua masía llamada proféticamente, espiral sin fin, del Caracol. Nadie sabe muy bien cómo se ha hecho. Ni él lo sabía. Compulsivamente fue adquiriendo fincas vecinas e incorporándolas a través de una red de arcos, galerías, jardines y patios, siguiendo un plan que solo él tenía en la cabeza y solo allí. Todo tiene el aire inquietante de un juego que ha desbordado su límite ficcional. Hay un elegante vídeo de Albert Moya en que el escultor dice que se limitó a pasar a metal y piedra un poema y que la casa era su agenda y cada ángulo llevaba su imaginaria nota al pie. Como es habitual en el país, la casa tiene mucha lírica y poca crónica. Llegó un momento en que esculpía febrilmente para seguir construyendo febrilmente con el dinero que sacaba de la venta de sus obras. Hasta que un día se paró y se dijo que si todo lo que esculpía lo vendía qué iba a quedar en la casa. La respuesta fue esculpir aún más febrilmente. Es emocionante, pero habría que ver las facturas para apreciar terrenalmente el prodigio. Y hablar con el Ayuntamiento. Siempre hay que hablar con el Ayuntamiento. Hace años se presentaron dos funcionarios municipales pidiéndole cuentas, probablemente con razón. El escultor practicaba la poesía del verso libre y jamás se le había ocurrido pedir permisos de obra. Tan acorralado se vio por la prosa civil que al despedirlos les dijo: “Si vuelven por esta casa, los mataré”. Lo dijo con voz impostada y terrible, parte del juego, páginas de agenda… Pero no volvieron. Mucha otra gente sí fue bien recibida. Habría para escribir un gran libro, en modo join the dots, con los nombres de los que pasaron allí una noche: Dalí, Antonio Gades, Carmen Amaya y Paco de Lucía, entre los flamencos. Y Margaret Thatcher, Woody Allen o Robert Hughes entre los payos. Párate en el último nombre. El gran crítico australiano, autor de La cultura de la queja, este libro del que todos los carcamales leemos cada mañana dos párrafos para combatir la adicción de vivir dando patadas, y que escribió la guía más famosa y emocionada que haya tenido nunca Barcelona (no hay edición digital en castellano, para qué, pero encontrarás una en polaco), llegó a la ciudad en 1966 y por suerte encontró de inmediato a Corberó. En el extraordinario pregón que pronunció Hughes en la Mercè del año 2000 -antes de que la ciudad y los pregones cayeran en manos de cursis y pisarellos– habló así: “El verdadero milagro es que, después de nuestro comportamiento de jóvenes en la Barcelona de los años 60, Corberó y yo aún sigamos vivos”. Sí. Parece que tal intensidad fue cierta y que tiene su arranque, su hecho incontrovertible y seminal, el día en que Miss Bennett, la psiquiatra inglesa que fue su esposa inicial, se puso la primera minifalda verace que se vio en Barcelona. El escultor Xavier Corberó i Olivella modeló la vida con sus manos. Qué iba a importarle lo que hicieran con su muerte.

Y ahora, libe, deja de tremolar y pasa el mecherito.

Y sigue ciega tu camino.

Arcadi Espada

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