Bebedores pasivos

Por Javier Elzo, catedrático de Sociología en la Universidad de Deusto (EL CORREO DIGITAL, 04/03/07):

La expresión se la escuché, por primera vez, a José Antonio Marina en una de las sesiones de trabajo del Comité Científico Asesor de la Fundación Alcohol y Sociedad (promovida por la Asociación de bebidas espirituosas de España) que dio lugar a un ‘Manifiesto sobre el consumo de alcohol, con atención especial al consumo por menores y jóvenes’. Lo presentamos en Madrid hace escasas fechas y lo firmamos, entre otros, Santiago Grisolía, Domingo Comas, Gonzalo Musitu, Juan Cruz, presidente del Comité, amén de Marina y yo mismo.

Recientemente ha estado presente en los medios de comunicación la discusión acerca de la nueva Ley de protección al consumo de alcohol que preparaba el Ministerio de Sanidad y que finalmente ha sido retirada. El hecho de que se incluyera el vino entre los alcoholes suscitó polémica, básicamente en el sector vitivinícola, como lo fue hace un tiempo en el cervecero, a cuenta de la cerveza, claro está. Es lógico que cada sector defienda sus derechos y siempre he pensado que, en vez de enfrentarse a ellos, es mejor para todos, también para ellos, buscar un acomodo razonable, como ‘nada de venta de alcohol a menores’, e inteligente, esto es, ‘saber beber no es emborracharse, más bien lo contrario’. Lo que también se aprende. Recuerdo un trabajo francés, publicado hace muchos años, que se titulaba ‘De emborracharse a aprender a beber’. Era un estudio financiado por el sector del alcohol. Más allá del lavado de imagen que con ello perseguían, que también, daban en el clavo. En una sociedad en la que el alcohol forma parte integrante de la cultura es un despropósito, amén de un objetivo de imposible cumplimiento para la generalidad de la población, pretender erradicar el alcohol de nuestras vidas. Entre otras cosas porque, bebiéndolo con mesura los adultos sanos, es fuente de placer, y bastantes problemas tiene la vida para renunciar -¿en aras a qué?- a un vaso de buen vino, una cerveza con ‘cremá’ (Chimay, por ejemplo) o a una copa de whisky, brandy, pacharán o lo que apetezca y siente bien a cada cual.

Ciertamente tenemos un muy serio problema con la cantidad, forma y modos de consumir alcohol en muchos de nuestros jóvenes (y en los menos jóvenes, también). Pero es aún más grave cuando en vez de jóvenes estamos hablando de menores. En breve se darán a conocer los hábitos de consumo de tabaco, alcohol y drogas de los escolares vascos de final de Primaria y Secundaria, luego en edades comprendidas entre los 12 y los 18 años, la gran mayoría. Hay muchos, muchísimos, que beben más que demasiado y no se puede, ni debe, mirar para otro lado. Pero hay otros muchos también que no beben o beben moderadamente. La lógica tremendista en la que estamos metidos hará que se ponga el acento en los que más consumen y no en los que no beben, o beben de forma moderada, quienes, además, según sus propias valoraciones, dicen pasárselo mejor que los primeros. Es curioso. En más de un caso en mi vida me he topado con una mueca, entre sorpresiva y dubitativa, cuando decía al responsable que me había encargado el estudio que en su localidad o institución no había aumentado el consumo de tal sustancia y que al lado todavía se consumía más. Parecería que se deseaba entrar en el ‘Guiness de borrachos y drogatas’.

Pensamos que hay que abordar el problema del consumo de alcohol en menores y jóvenes desde, al menos, estas premisas básicas.

1. Se debe diferenciar entre el consumo por parte de menores (prohibiendo rigurosamente la venta de alcohol a este grupo) y el consumo adulto y, dentro de este último sector, entre lo que es un consumo moderado y lo que supone un abuso o consumo indebido de bebidas alcohólicas.

2. También hay que diferenciar entre los problemas que causa una ingesta de alcohol abusiva prolongada en el tiempo -cuya consecuencia más dramática sería la adicción- y los problemas provocados por un consumo episódico y excesivo, por ejemplo los fines de semana. Los problemas de tipo sanitario suelen producirse a medio y largo plazo, mientras que en otros casos -como sucede, por ejemplo, con los accidentes de tráfico- pueden ocasionarse tras una ingesta única y puntual. En ambos casos, obviamente, estamos hablando de consumo indebido y la labor preventiva debe ser distinta.

3. Es necesario lograr percepciones equilibradas respecto al consumo de alcohol que huyan tanto del tremendismo y el alarmismo como de la indiferencia. Por ejemplo, se deben cuestionar aquellas manifestaciones que tratan de identificar a los jóvenes con el consumo abusivo de alcohol, ya que esta afirmación no es cierta, contribuye, injustamente, a criminalizar a la juventud y acaba diciéndole al joven que por serlo debe beber. Mucho.

4. Las campañas contra el consumo indebido y abusivo de alcohol no están dando los resultados esperados. Consideramos que para que estas iniciativas sean más eficaces y alcancen los resultados deseados deben utilizar también un enfoque ético en sus mensajes. No sólo han de centrarse en la idea de que los hábitos de consumo abusivos atentan contra la salud del bebedor, sino insistir en que también limitan su libertad y provocan conductas incontroladas que pueden dañar a otros. Aquí surge la figura del bebedor pasivo. Piénsese un solo momento en la mujer violada por un hombre borracho, el agredido por otro que ha bebido más de la cuenta, el accidentado por un conductor bebido y la gran masa de ciudadanos sufridores que no pueden descansar las noches de fin de semana porque tienen una taberna o discoteca en su calle. En este último supuesto, y en muchos casos, estamos hablando de personas mayores, sin recursos económicos, cuyos últimos años son un auténtico martirio. Ante situaciones de consumo excesivo, la sociedad no debe mostrarse tan permisiva como hasta ahora, ya que nuestra convivencia se fundamenta en la responsabilidad individual y colectiva de todas las personas. Aquí es donde debe aplicarse la tolerancia cero.

5. Se ha de potenciar y hacer atractiva la figura del menor no consumidor de bebidas alcohólicas, así como la del joven y adulto consumidores razonables, en vez de insistir, exclusivamente, en las consecuencias del consumidor excesivo. Es lo que venimos denominando ‘prevención positiva’.

6. En fin, todo esto será pena perdida si entendemos que la fiesta debe comenzar a las 12 de la noche o a la una de la madrugada y no reflexionamos sobre el uso que estamos haciendo del tiempo cronológico en nuestras vidas. Hay que recuperar la plaza pública diurna. No le den vueltas. Esta es condición ‘sine qua non’. No suficiente pero sí necesaria. Y me temo que aún quedan muchas reticencias a superar en este punto. Esta situación no se modifica con leyes. La sociedad no se cambia por decreto. Hará falta, como poco, una generación para introducir la racionalidad en el uso del tiempo. Pero algún día habrá que empezar, porque ya hemos llegado a la situación en la que las lamentaciones son pura hipocresía social.