Belleza, ciencia y utilidad

Decía Henri Poincaré, en su libro 'La ciencia y la hipótesis', que «la experiencia es la única fuente de la verdad: solo ella puede enseñarnos algo nuevo; solo ella puede darnos la certeza». La observación del mundo y la generalización de lo observado en forma de teoría permite construir el edificio del conocimiento. Y también recordaba este físico, matemático y filósofo francés de finales del siglo XIX que «se hace la ciencia con hechos como una casa de piedras, pero una acumulación de hechos no es una ciencia, lo mismo que un montón de piedras no es una casa».

La tarea de experimentar está asociada a la de observar y a la de formular explicaciones que permitan la previsión de acontecimientos. Dado que ningún hecho se repite como tal -jamás son las cosas y las personas las mismas-, solo cabe imaginar por analogía y proponer explicaciones para entender mejor el mundo que nos rodea. En esto Poincaré también era contundente: generalizamos experiencias, las contrastamos y las corregimos de manera sucesiva por experimentación. Pero «los hechos desnudos no alcanzarían, pues, a satisfacernos totalmente; por eso necesitamos la ciencia ordenada o, mejor dicho, organizada». E insistía en que todo esto se hace siempre desde una idea preconcebida: «Cada uno lleva en sí su concepción del mundo, de la cual no puede deshacerse tan fácilmente».

La labor después es corregir los errores de observación, algo sobre lo que escribió con más detalle en su libro 'La ciencia y el método'. Se eligen los hechos a observar, se jerarquizan en función de su valor, pero es una clasificación relativa y «depende de la debilidad de nuestro espíritu». Y entre unas páginas y otras propuso argumentos e ideas para mostrar que nos fijamos en las regularidades, en los hechos que nos permiten construir reglas. Y una vez que tenemos esas rutinas, lo que interesa son las excepciones: «Cuando una regla queda establecida, lo que debemos buscar antes que nada son los casos en que esta regla tenga más posibilidades de fallar». Ese proceso interminable de búsqueda y de conocimiento se aplica a todos los campos de la vida, donde el elemento común del trabajo científico es «observar y experimentar».

Ahora bien, Poincaré no se quedó solo en eso, que es obvio. Dio un paso más que en nuestro tiempo ha quedado prácticamente olvidado: «El sabio no estudia la naturaleza porque ella es útil; la estudia porque encuentra placer y encuentra placer porque es bella. Si la naturaleza no fuera bella, no valdría la pena conocerla ni que la vida fuera vivida. No hablo aquí, entendamos bien, de esta belleza que sorprende los sentidos, de la belleza de las cualidades y de las apariencias; no es que la desdeñe, lejos de ahí, pero no tiene nada que hacer con la ciencia; quiero hablar de esa belleza, más íntima, que proviene del orden armonioso de las partes y que solo una inteligencia pura puede comprender». Nos remite a la «belleza intelectual» como propósito y placer, mucho más que como utilidad o beneficio; y recalca que «se basta a ella misma y por ella, más que por el bien futuro de la humanidad, el sabio se condena a largos y penosos trabajos».

Esa apuesta y esa pasión por la belleza quedan lejos de las políticas científicas actuales y del discurso dominante. Hoy priman los 'rankings' que miden productividad e impacto. Los alimentamos entre unos y otros. Construimos una vida académica que se ha industrializado, tanto como adocenado y embrutecido. La mayoría de las universidades y de los institutos de investigación nutren, nutrimos, estos procesos que nos alejan de esa sabiduría que practicaba Poincaré. Cada vez hay menos tiempo para pensar, más prisas por publicar y más urgencia por acreditar supuestas formas de calidad alienantes en su diseño y concepción. Y eso, en cierto sentido, hay que incentivarlo sobre todo en aquellos casos donde brilla por su ausencia. La paradoja está en el horizonte a donde apuntamos. Poincaré recordaba que «los griegos amaban la belleza intelectual que se ocultaba tras la belleza sensible y que es la que hace a la inteligencia segura y fuerte». Nuestro referente es otro.

Chaime Marcuello Servós es profesor de la Universidad de Zaragoza

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