Ben Arabí

Han pasado efemérides por él, y España le olvidó. Y ahora, a quien le copió, plagio descarado, de Circulo en Circulo, para Dante, se están conmemorando, por todo lo alto, los setecientos años de la muerte del autor de la ‘Divina comedia’. Y antes de hablar del plagio y el silencio que en su patria, la chica, Murcia, y la grande, España, ha sufrido Ben Arabí durante largo tiempo, hablemos de Dante. De una breve semblanza de los dos. De Dante Alighieri se desconoce la fecha de su nacimiento, pero no el lugar, Florencia. Se dice que fue hacia el año 1265 un 29 de mayo cuando vio la luz del sol. De los hitos documentados, los más importantes, que cabe destacar, son: el año 1274. Encuentro con Beatriz Portinari, dama de la que se enamora y la idealiza en su ‘Vida nueva’ y en la misma ‘Divina comedia’. Contrae matrimonio el año 1285 con Gemma Donati, y cursa estudios en la Universidad de Bolonia. Después de publicar algunas obras, empieza a componer la ‘Divina comedia’ en 1308. Escribe el ‘Infierno’ (1312), que tanta fama le daría. El ‘Purgatorio’, en 1315. Y termina el ‘Paraíso’ en 1321. Año este en el que muere, el 14 de septiembre en Rávena. Tenía 56 años.

Ben Arabí nació en Murcia, el 28 de julio de 1165. Cuando contaba ocho años se trasladó con los suyos a Sevilla. Murió en Damasco el 16 de noviembre de 1240. Dos de sus hijos le sobrevivieron. Tuvo también una hija, Zeinab, favorecida desde la infancia con la inspiración divina. Si famoso fue en vida, más creció su prestigio después del A-Dios. Perteneció a una familia noble, rica y muy religiosa. Desde la infancia mostró inclinación a la vida espiritual. Dotado de poderosa inteligencia y brillantez expositiva. Deportista. La caza le cautivó. En su educación y formación, además de su madre, fundamental fue su esposa, Maryam, de distinguida familia sevillana. Otras importantes mujeres fueron en su vida Yasmina de Marchena y Fátima de Córdoba. Esta, sobre todas, fue verdadera madre espiritual. Maryam y Fátima pronto le inclinaron hacia el misticismo musulmán, esto es, al sufismo. Palabra que deriva del griego ‘sofía’, que quiere decir ‘sabiduría’. Con temprana edad se formó en gramática, retórica y jurisprudencia.

Viajero incansable, leyendo y también escribiendo. Siempre meditando. Hasta cumplidos los treinta años mantuvo su residencia en Sevilla. Después se estableció en Túnez y Fez. Retornó a España a finales de 1198, asistiendo en Córdoba a los funerales de Averroes y visitando Murcia. Su definitiva marcha a Oriente fue en el año 1202. Pasando por La Meca, Bagdad, Jerusalén y El Cairo, fijaría su residencia en Siria. En Damasco estuvo consagrado a la enseñanza y a la redacción de sus más importantes obras, que se acercan al millar. Allí murió el 16 de noviembre de 1240. Es difícil encontrar en la historia de la literatura y en la poesía un autor que haya recibido tantos calificativos elogiando su figura y su gran obra. Por unos cuantos: «doctor máximo», «maestro por excelencia», «vivificador de la religión», «hijo de Platón», «genio de Murcia», «personaje del milenio», y lo más importante, todo con justicia. Y, además: «No se concibe santa Teresa de Ávila y san Juan de la Cruz sin él». En efecto, abundan los textos de Ben Arabí que inspiraron escritos a los dos santos.

Santa Teresa se acerca a Ben Arabí cuando no le agradaba que los enamorados pensaran y razonaran las cosas para decirlas, pues con el amor se cometen locuras. Y antes, el sufí de Murcia se expresaba así: «No hay bondad en el amor/ Si la razón gobierna», porque «Es tan grande el imperio/ Del amor sobre el alma/ Que al de la razón misma/ Subyuga y anonada». Ben Arabí y santa Teresa coinciden también en lo que deben practicar los que siguen los caminos de Dios, que nadie se puede excusar, y que se debe estar exento y apartado de toda disputa, discusión y controversia. Y los dos muestran un deseo apasionado por llegar a Dios: del «que muero porque no muero», de la santa, al apasionado grito del poeta murciano: «Amigos míos, matadme;/ que en mi muerte está mi vida». El fin del amor «es unirse con quien ama/ Unión de cuerpo con cuerpo/ Unión de alma con alma». Este es el gran Amor eterno y universal. Muerte que es Amor y Dios en soledad. La muerte es soledad con Dios. Y abundan más textos que coinciden en redacción y espiritualidad. Y san Juan de la Cruz llega a tomar de Ben Arabí expresiones como esta: «Cada uno a su manera engrandece a Dios, teniendo en sí a Dios según su capacidad». Y al hablar de la soledad, Dios está en la tierra al «abrirse en la sonrisa de sus flores». «Nadie como Ben Arabí ha cantado mejor la soledad y la naturaleza como poeta» (Carmen Conde).

Pero pasemos de los santos a Dante, de la espiritualidad a la realidad de un plagio sin confesar. Y aquí cabe la gloria a otro español por ser el primero en detectar la similitud en los textos de Dante con los de Ben Arabí. Así, para Miguel Asín Palacios, es muy clara la influencia de Ben Arabí en la ‘Divina comedia’. Y lo mantiene en su obra ‘La escatología musulmana en la Divina comedia’ (primera edición de 1919). Libro que sería el centro de una encendida polémica, y marcaría un hito en las investigaciones posteriores en Europa. Asín Palacios aporta pruebas de la coincidencia en el ‘Infierno’, ‘Purgatorio’ y ‘Paraíso’ con las descripciones simbólicas que Ben Arabí realiza en las ‘Revelaciones de la Meca’ y en el ‘Libro del ascenso oscuro’. Hay razones para pensar en cómo Dante llegó a conocer y copiar los textos de Ben Arabí. Pero lo importante es la noticia que en 1949 se produce sobre las fuentes musulmanas en la escatología de la ‘Divina comedia’. La verdad de la tesis de Asín está en sendos escritos hallados por Enrico Cerulli en la biblioteca de Oxford, que prácticamente coinciden también con lo adelantado por otra autoridad española, el profesor Emilio García Gómez, que fue asiduo colaborador de este periódico y en algunos números defendió la tesis de Asín Palacios, llegando a calificar a Ben Arabí como «globo místico» (ABC, 25 abril 1992).

Y sobre la actualidad de Ben Arabí en la historia hasta el día de hoy, podíamos destacar a Séneca, que su pensamiento tanto tiene de Ben Arabí en cuanto a la libertad y tolerancia. Al desprecio de los honores, así como a los bienes terrenales. Ensalzando el agradecimiento como virtud y que la honra es alegre pobreza. Defensores de la paz. Que la felicidad es no necesitar de ella. Valoran la tolerancia. Y cerca de la doctrina de Ben Arabí también estuvo don Fernando de Castro, rector de la Universidad Central de Madrid. Y el mismo Papa santo Juan Pablo II en lo que se refiere a la hermandad de las religiones. Pero «no habrá unión de civilizaciones si antes no la hay de religiones».

Francisco Rico Pérez es profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *