Benedicto XVI, un Papa libre

«Ya no tengo fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino» …«Os doy las gracias de corazón por todo el amor y el trabajo con que habéis llevado junto a mí el peso de mi ministerio, y pido perdón por todos mis defectos»

Estas dos frases, extraídas del sencillo y sorprendente anuncio de renuncia de Su Santidad Benedicto XVI, son un ejemplo vivo de la grandeza de este Papa y de los modos que han alumbrado su gran ministerio como sucesor de Pedro durante estos últimos años ocho años. Humildad y valentía; libertad y responsabilidad; generosidad e inteligencia, sencillez y fidelidad; cercanía a Dios y a sus gentes: todo esto es lo que nos ha enseñado Benedicto XVI.

Reconocer las propias limitaciones y pedir perdón son las dos mayores señales de humildad que puede haber. No es la primera vez que Benedicto pide perdón, no sólo por sus errores sino por los de la Iglesia. Su modo de actuar, y de despedirse, ha conseguido acercar más la institución del Papado a los fieles y al mundo; el Papa ha humanizado la figura de líder de la Iglesia en la tierra y nos ha recordado que nadie, salvo Cristo, es más que un mero hombre al servicio del mensaje de Dios. El Papa es el primer siervo del Señor y la renuncia de Benedicto es una señal preciosa que nos deja este Vicario de Cristo, tan unido a Dios, para recordarnos que nuestro deber es servir a los demás, que nadie es imprescindible y que el Amor y la Verdad son más importantes que los quiénes y cuándos. Renuncia a su cargo, pues, con plena congruencia con la idea de que Cristo es sacrificio, es poner al prójimo antes que a uno mismo, es pensar en el otro antes que en el yo; la vida cristiana es una constante renuncia, sabiendo que en esa renuncia hay grandeza, hay amor y hay esperanza.

Toda la profundidad de este mensaje ha sido capaz de transmitírnosla el Papa con un simple gesto. Esta sencillez es otro de los rasgos que han definido su Papado. Nadie ha dudado nunca, pues ha dado muestras continuas de ello, de la gran talla intelectual de este Papa. Benedicto XVI es un teólogo de primer nivel, una mente privilegiada, un sabio profesor pero, sin embargo, ha sido capaz de condensar toda la densidad de su pensamiento en obras claras, sencillas y accesibles para todos. Sus enseñanzas, en sus homilías, en sus encíclicas y en sus libros nunca se han hecho desde la prepotencia intelectual, sino que se hacen cercanas, visibles y, nuevamente, humildes. Benedicto XVI no se ha preocupado, durante su pontificado, de complicar a los fieles con grandes disquisiciones teológicas, como algunos apuntaban dada su condición, sino que ha hecho uso de su privilegiada cabeza para invitarnos a reflexionar sobre la naturaleza y la esencia misma del cristianismo: esencia que se plasma en su trilogía sobre Jesucristo y en sus encíclicas, que hablan de caridad, amor y esperanza.

En el trato personal, quienes hablaban de un cardenal Ratzinger distante y frío no han podido errar más clamorosamente. Benedicto XVI no será un Papa de masas, como su predecesor, pero ha sido un Papa íntimamente cercano, suave, presente en la relación. Un Papa que ha escuchado, que ha tenido los gestos de cariño apropiados, que ha sabido interesarse por los demás con sinceridad, como demuestra su memoria de los problemas que iba escuchando. Benedicto XVI es un Papa muy cercano y familiar con Dios y, por tanto, muy cercano a los demás. Su conocimiento del Misterio y su íntima oración con el Señor se plasman en su humanidad, que le hace parecer más apegado a las vidas de los que estaban en su presencia.

El Papa se va de manera sencilla y humilde, se va dando gracias y pidiendo perdón; se va demostrando gran generosidad y gran sentido del servicio; se va invitándonos a todos a reflexionar y a rezar; se va cercano y humano; lo hace desde la libertad que brota de su cercanía con el Señor, pues está familiaridad con el Altísimo le hace estar más presente con nosotros. Se va el anciano profesor dándonos a todos una última y magistral lección; se va plenamente libre y fortaleciendo la figura de su ministerio. Asombra al mundo al reconocer que es humano y que «sin vigor de cuerpo y espíritu no es capaz de ejercer su ministerio». Benedicto XVI ha cumplido su labor, y nos invita y recuerda que nosotros también somos parte de la Iglesia y que somos de Cristo. Ahora solo pido que la alegría del Señor Resucitado nos otorgue a todos la fortaleza para, unidos, seguir proclamando el Amor de Cristo.

Mons. Enrique Figaredo Alvargonzález S.J., Prefecto Apostólico.

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