Benedicto XVI y los jóvenes

En apenas 25 años, los encuentros veraniegos del Papa con los jóvenes se han convertido en acontecimientos de interés mundial y en poderoso instrumento de diálogo con las nuevas generaciones, como pocas personalidades saben hacerlo. Ningún otro líder se acerca, ni de lejos, a encuentros tan numerosos, tan internacionales ni de tal intensidad. Para sorpresa de muchos observadores, la primera cita de Benedicto XVI con los jóvenes en Colonia —convocada por su predecesor, Juan Pablo II— se convirtió en «amor a primera vista». Algo había, tanto en el mensaje como en el mensajero, que superaba todas las expectativas.

En América, en Asia o en Europa, las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ) son un auténtico «laboratorio de la fe», una «revolución silenciosa», en la que centenares de millares de chicos y chicas descubren a Jesucristo como Camino, Verdad y Vida; a la Iglesia, como Madre y Maestra; y al Sucesor de Pedro, como un amigo de quien fiarse. Gracias a ellas la Iglesia ha reencontrado su permanente rostro juvenil.

Millones de jóvenes, dejando a la espalda los falsos maestros y las ideologías que ofrecen espejismos de felicidad ligth, acuden a estos encuentros en busca de respuestas a las preguntas fundamentales. ¿Qué puedo hacer con mi vida? ¿Estoy aprovechando mis talentos para hacer el bien a otras personas? La juventud es el momento de descubrir el significado de la existencia.

Y estos jóvenes buscan la respuesta en Cristo y en la Iglesia. En una Iglesia de la que son parte activa, de la que son ya el presente y no tan solo el futuro. Benedicto XVI los llama los «centinelas de la mañana», el «pueblo de las bienaventuranzas», los «profetas de la nueva era» y los «mensajeros del amor de Dios».

Bajo el lema «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe», comenzó en Madrid la edición XXVI de la Jornada Mundial de la Juventud, una nueva señal de esperanza entre los muchos desafíos incómodos que la posmodernidad plantea a la misión evangeliza-dora de la Iglesia. En estos encuentros, los jóvenes descubren el significado universal del ser cristianos: que no están solos, que la fe tiene una dimensión planetaria. Y los adultos descubrimos que en los jóvenes de nuestros días —a pesar de las apariencias amplificadas por algunos medios de comunicación— yace escondido un enorme potencial de valores verdaderos y de grandes ideales.

El cristianismo no se puede reducir a un árido moralismo, a un fardo de «debes» y «no debes», explica una y otra vez Benedicto XVI. El Evangelio es una aventura apasionante que abre nuevos horizontes por los que merece la pena jugarse la vida. No hay nada más bello que ser alcanzados y sorprendidos por el Evangelio, conocer a Jesucristo y anunciarlo a los demás, para poder así participar en la transformación de este mundo.

Las JMJ son un tiempo propicio para presentar a Jesucristo a todos los jóvenes, también a aquellos que no han escuchado aún su plan de salvación. Una prioridad pastoral que ayudará alas jóvenes generaciones a descubrir la belleza de la fe y de la comunión en la Iglesia universal, que necesita del entusias-110 y de la alegría de los jóvenes, y acoge sus d safios. Una señal extraordinaria de la cercanía de los jóvenes a la Iglesia y de la Iglesia a los jóvenes.

Las JMJ son, además, un minucioso sismógrafo que registra las tendencias emergentes del complejo y variopinto mundo juvenil, en continua y rápida transformación. Se trata de estilos que van a contracorriente de la cultura secularizada de nuestros días. Los jóvenes que acuden a Madrid encarnan, de algún modo, las características de esas «minorías creativas» determinantes para el futuro de la Humanidad. Sus interrogantes, sus expectativas y sus desafíos exigen una adecuada respuesta por parte de los adultos.

Esta tarea no es fácil, pero ocupa un lugar central en la actividad de Benedicto XVI y está estrechamente ligada a la antropología. Según el Papa, no consiste solamente en una instrucción académica o profesional, ni en la mera transmisión de informaciones variadas, sino en una «formación integral de la persona que debe capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad».

Se trata de resolver una «gran emergencia educativa» en la que es necesario afrontar tres grandes cuestiones ampliamente difundidas: el nihilismo, el relativismo y la ausencia de Dios. Para muchas personas, la transgresión, la droga o el alcohol son las vías de fuga de un vacío interior, de un nihilismo —ausencia de valores y de creencias— que corroe silenciosamente el corazón humano.

A su vez, la «dictadura del relativismo» desorienta a muchos de nuestros conciudadanos, inseguros de que haya certezas o de que algo pueda considerarse claramente como bueno o como malo.

Hay que superar este relativismo que se ha constituido en una especie de dogma cuyo predominio resulta destructor, pues nos impide hablar de la verdad y traslada el único primado a la experiencia. El relativismo contemporáneo oprime la razón, ya que de hecho llega a afirmar que el ser humano no puede conocer nada con certeza más allá del campo científico positivo.

En efecto, hoy en día no hay nada que se precie de tener valor si no ha sido experimentado. Se ha trastocado el clásico «pienso, luego existo» por el «siento, luego existo». El postulado de esta «religión de la experiencia» es afirmar que no hay una verdad absoluta que guíe nuestras vidas. Pero las experiencias, separadas de cualquier consideración sobre lo que es bueno o verdadero, pueden llevar no a una auténtica libertad, sino a la confusión moral e intelectual, al debilitamiento de los principios, a la pérdida de la autoestima, e incluso a la desesperación.

Se relega así el primado de la verdad. Se pierde la evidencia originaria de los fundamentos del ser humano y de su obrar ético. Y se socava la doctrina de la ley moral natural, enfrentándola con otras concepciones que constituyen su negación directa.

Al mismo tiempo, un mundo hipertecnificado y racionalista lleva a innumerables personas a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna referencia a la vida social.

A esos interrogantes, serios y vitales, intenta responder Benedicto XVI. La tarea es compleja, pero el Santo Padre es un gran catequista y está dando respuestas en tono amable, esperanzado y positivo. Casi un millón de jóvenes están ya escuchándole en Madrid. Muchos más se sumarán al encuentro hoy y mañana. Y decenas de millones en todo el mundo seguirán sus discursos mediante el «streaming» en directo y las redes sociales, que han llegado a su madurez. La JMJ de Madrid va a ser la más seguida de la historia.

Francisco Javier Froján Madero, miembro de la curia vaticana.

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