Benet, un estilo para alumbrar las ruinas

Desde que tuvo que pronunciarse sobre sus primeras novelas, Juan Benet no engañó a nadie. De una de las versiones de Volverás a Región dijo que era extensa, demasiado prolija e impertinente y con Una meditación fue incluso más duro: la tildó de monótona, y dijo que era un latazo, muy farragosa. Contaba, a propósito de esta última, que no terminó contento con la primera versión. Había escrito un largo monólogo donde el narrador se pronunciaba sobre diversas circunstancias de su vida, las analizaba y valoraba, se las volvía a contar a sí mismo. El problema que no había conseguido resolver, explicaba, era que el lector se fuera enterando al leer esa meditación de que el narrador no jugaba limpio, que su participación en algunos de los episodios que contaba había sido la de un bellaco, pero que él mismo, al volver sobre todo aquello, nunca habría de reconocerlo y, más bien, haría todo lo posible por ocultarlo.

¿Cómo introducir dentro del relato que hace un personaje para perdonarse a sí mismo sus desmanes las huellas de, por así decirlo, su incompetencia (su propia bellaquería)? ¿Cómo hacerlo en un monólogo, donde no hay sitio para otra mirada, para una réplica, para otra versión de las cosas? ¿Cómo conseguirlo, incluso, si no hay una trama clara sino sólo la voz que va y vuelve sobre el pasado, y que conforme lo cuenta lo transforma y pervierte, y de alguna manera lo aniquila? Son sólo unos cuantos de los retos que Benet se impuso al escribir Una meditación. Cuando se refirió con naturalidad a ellos al aparecer el libro, muchos encontraron en sus opiniones un punto de altanería y unos modales distantes que parecían perdonar la vida a cuantos pasaran por allí.

Seguramente los modales de Juan Benet llamarían hoy más la atención que entonces, en 1969, cuando ganó con Una meditación el Premio Biblioteca Breve. Porque seguramente ahora resulta mucho más difícil de entender que un escritor se sumerja una larga temporada a escribir una obra a la que, cuando ha de presentarla al público, la califica de tediosa. Siete años estuvo trabajando en Saúl y Samuel, y así lo liquidó en una entrevista: “Un libro pesadísimo, quizá el más pesado que me he propuesto nunca”. En los ochenta, Benet se refirió a la docilidad de la cultura actual. Pero no se rasgaba las vestiduras. Reconocía que siempre había sido así: “Es el público el que dicta el gusto cultural y, a medida que el público va siendo más extenso, el gusto es, por así decirlo, obligatoriamente más mediocre”.

Más mediocre, menos exigente, más previsible. Benet habló entonces también de la necesidad de decenas o centenares de millones que tiene hoy un producto cultural para salir adelante. Hablaba, claro, de la fabricación de un éxito: del imprescindible despliegue de una batería de recursos para darle visibilidad y ese definitivo empujón para que caiga en manos del consumidor. Frente a ese orden de cosas, resulta cuando menos raro el proyecto de un escritor que defendía con ahínco la ocupación de producir pestiños. “He dedicado más tiempo del necesario a definir el paisaje, o algunos paisajes, con la palabra escrita”, confesaba en un breve artículo a propósito de la adaptación cinematográfica de su novela El aire de un crimen. Decía haberse empeñado en hacerlo de la manera que creía “más exacta o rigurosa, no siempre la más económica”. Así que invertía horas y horas hasta pulir un párrafo.

“Escribo, en definitiva, porque me distrae, me entretiene, y es una de esas cosas de las que no me harto nunca: cuesta mucho, pero no decepciona”, contó Benet hace ya años. Ponía en funcionamiento recursos de la más variada especie para concentrarse en la definición más precisa de los lugares de ese territorio imaginario que levantó desde muy joven y donde se desarrollan sus narraciones. En Volverás a Región, su primera novela, dedica casi toda la primera parte a eso: a desplegar ante los ojos del lector el mundo en el que habitan sus criaturas. Un gesto de elegancia, una invitación para ir llegando poco a poco al centro más íntimo donde se han de desencadenar los acontecimientos, felices o turbios o dolorosos o trágicos, inexplicables tantas veces, por los que discurre su literatura. Al final de todo, comentaba Benet, todo el aire de esa región queda reducido a bien poco: “Una sierra al fondo, una carretera tortuosa y un monte bajo en primer plano”.

Es por ahí, por esa carretera tortuosa, por donde hay que entrar en el mundo de ese escritor, y el de ahora es un buen momento para hacerlo porque Debolsillo ha puesto en marcha la publicación de una Biblioteca Juan Benet. La edición está al cuidado de Ignacio Echevarría y cada volumen incluye alguna pieza que ilumina las circunstancias de su aparición o propone un ángulo concreto desde el que abordar su lectura. Así que se entra por esa carretera tortuosa y al rato la literatura de Benet va penetrando y hurgando en todos los recónditos reductos en los que habita la ruina. El tiempo que se ha perdido de manera inevitable, las devastadoras huellas de una guerra que liquidó cualquier remota esperanza, el tedio circular que agarrota los músculos y evita cualquier gesto, las marcas imborrables de cada fracaso, y el vértigo de asomarse a la conclusión a la que llega uno de sus personajes: “No existe el destino, es el carácter quien decide”.

En La inspiración y el estilo, un ensayo que publicó en 1966, Juan Benet se propuso “indagar la razón por la cual desapareció del castellano el Grand Style para dar paso al costumbrismo”. Reflexionaba sobre esta cuestión, pero sobre todo lo que estaba haciendo en su obra era salir de esa calle de dirección única que parecía conducir, en la literatura escrita en español, inevitablemente al mismo sitio, el de un realismo chato donde primaba lo anecdótico. El camino que Benet eligió, en cambio, fue el de forjarse, a golpe de horas y horas, eso que quería recuperar para la literatura escrita en nuestra lengua, el estilo. Lo que había que buscar en éste, escribió Benet en aquel ensayo, era esa “región del espíritu” donde, una vez que se hubiera liquidado a los dioses que la habitaban, se pudiera encontrar ahí una vía de conocimiento, “independiente y casi trascendente a ciertas funciones del intelecto”, que permita describir cabalmente el mundo y suministrar “cualquier género de respuesta a las preguntas que en otra ocasión el escritor elevaba a la divinidad”.

El camino tortuoso y la ruina quizá no sean al fin más que dos maneras de nombrar ese largo aprendizaje en el que se ponen todas las energías para conseguir descifrar de todas las voces (y Benet, en este punto, escuchaba con mucha finura tradiciones muy diversas: la de los autores en lengua española, pero también literaturas foráneas: Faulkner, Conrad, Beckett…) la que es la propia, y tomar desde ahí al asalto ese estilo con el que se habrá de ir explorando el mundo. Explorarlo y nombrarlo que, al fin y al cabo, en literatura son dos maneras de hacer lo mismo.

Juan Benet seguramente hablaba de sus farragosos textos para no engañar ni engañarse. Se pasaba largas temporadas afinando las palabras para dar cuenta cabalmente de las cosas, con rigor y hondura, sin escatimar esfuerzos, y estaba aprendiendo a gobernar su estilo. Los libros que se están recuperando ahora permiten reconstruir la gestación de su admirable obra. El estado de gracia que alcanza en algunos momentos de Volverás a Región, la árida aventura de Una meditación por agarrar los puntos de fuga de cada experiencia personal, la facilidad (y la felicidad, si es que puede decirse así) con que su escritura aborda una trama negra en El aire de un crimen, por referirse a algunos títulos. Es una provocación, cada vez más tentadora, abordar las dificultades y extrañezas de algunas novelas de Benet: aportan esa dureza con que aguantar el viscoso avance de la pasta blandengue con que se fabrica la cultura actual. Y para quienes prefieran sólo la alegría de deslizarse sobre los lomos de una prosa prodigiosa, que vayan reservando tiempo para Herrumbrosas lanzas, donde narra con todo detalle los episodios de la Guerra Civil en el territorio de Región, su mundo.

José Andrés Rojo