Berlín, el Goliat que no quiere serlo

Todo el mundo coincide: el futuro de Europa está en manos de los alemanes. Berlín es hoy la capital de la Unión Europea, el lugar donde se toman las decisiones cruciales. En todas partes se habla de esta situación, en Bruselas y en París y, desde luego, en Atenas, Roma y Madrid. A decir verdad, en todas partes salvo en Alemania.

Los alemanes no discuten los hechos. Saben que sólo ellos pueden permitirse el lujo de sacar de apuros a los griegos y que casi todos los demás países de la zona euro, Francia incluida, han perdido su calificación triple A. Saben que le ha tocado a Alemania dotar el fondo de cerca de 500.000 millones de euros con el que se hará frente a futuras crisis de deuda. Saben que las nuevas normas harán que todos los miembros de la Eurozona tengan que someter sus presupuestos al control de Berlín. De haber seguido los hados un curso diferente, de haber emergido Sarkozy como el gran muñidor de Europa, nunca habríamos oído hablar de nada de esto. Si el Reino Unido se encontrara, aunque no supiéramos bien cómo, en lo más alto del entramado europeo, con un primer ministro capaz de determinar el futuro político del continente, la prensa británica no cabría en sí de orgullo. Sin embargo, en Alemania no se da esa clase de triunfalismos. Los cambios de fortuna como éste apenas si son objeto de debate y, por supuesto, no se celebran. En la Europa de 2012, Alemania aparece como un Goliat que no quiere serlo.

En conversaciones recientes con políticos y periodistas, nadie niega que la idea de Merkozy, con una Francia y una Alemania asumiendo las responsabilidades a medias, ya no se ajusta a la situación actual del poderío alemán en solitario. No obstante, también hay coincidencia en que se trata de un cambio del que pocos en el país querían que se alardeara en público. ¿Será porque este nuevo poder se alcanza a un precio muy alto, bajo la forma de los miles de millones que Berlín va a tener que echar a paladas sobre la achacosa Grecia? No. Dieter Janecek, una estrella de los Verdes en alza, me explicaba que el plan de rescate griego todavía es «una entelequia» para la mayoría de los alemanes. El nivel de vida sigue siendo alto, con el desempleo a la baja. Los alemanes no lo están pasando mal.

Además, la economía griega no es más grande que la de muchos de los lands alemanes. Mientras el contagio no se extienda a España o más allá, el rescate de Grecia es manejable. Es más, aun en el supuesto de que a algunos germanos les chinchen los helenos, gracias al consenso en torno a la UE que comparten los principales partidos alemanes son pocos los políticos dispuestos a explotar e incluso a articular políticamente ese resentimiento.

Así pues, no es el coste lo que hace que Alemania guarde silencio acerca de su predominio en estos momentos. La explicación va más allá. «Se debe a nuestra historia», afirma Janecek. Posteriormente, un destacado editor me comentaba que el poder hace que sus compatriotas alemanes se sientan «incómodos», que el mensaje que se les ha inculcado desde la infancia es que «una Alemania poderosa es una Alemania peligrosa». Cuando me reúno con Jochen Arntz, director de Opinión del diario Süddeutsche Zeitung, me confiesa que «los alemanes nos hacemos pasar por más pequeños de lo que somos Esta es una costumbre alemana que hemos aprendido en los últimos 50 o 60 años; por razones que todos conocemos».

La guerra terminó hace casi 70 años, pero la sombra que proyecta es aún larga e ineludible. No hay más que darse un paseo por la Marienplatz, en el centro de Múnich, para encontrar sucursales de Diesel, Zara y el inevitable Starbucks, pero también se puede ver a un guía turístico que, mientras se dirige a un grupo de estudiantes provenientes de toda Europa, sostiene en alto una foto de archivo de una manifestación celebrada en la Marienplatz en los años 20. En ella, enmarcado con un círculo, se ve el rostro de Adolf Hitler. No lejos de allí, un cuarteto de música klezmer [música de los judíos askenazíes de Europa Oriental] interpreta las evocadoras melodías de una cultura judío-europea cuya extinción perseguía con ahínco el movimiento que Hitler puso en marcha en estas mismas calles.

Esta herencia afecta a todos y cada uno de los aspectos de la cultura política alemana. Se acaba de elegir como presidente de la República a Joachim Gauck. Uno de sus antecesores, Horst Köhler, dimitió en 2010 por haber hecho unas declaraciones que en Gran Bretaña o Francia no habrían hecho pestañear a nadie. Dijo que, en ocasiones, es necesaria la fuerza militar para proteger los intereses económicos de un país, defender las vías marítimas y cosas así. Mientras tanto, un ministro de Defensa, que también hubo de dimitir, sufrió todo tipo de ataques por su negativa a emplear la palabra guerra para describir la presencia alemana en Afganistán. «En Alemania, guerra es una palabra malsonante», afirma Arntz.

Ambos episodios remachan unos recelos arraigados entre los alemanes desde 1945 hacia cualquier cosa que pueda sonar a agresión o a aspiración de dominación, a cualquier cosa que pueda sonar al pasado nazi. La clave de la división sobre Libia durante el año pasado estuvo en si el país debía emitir su voto en la ONU en contra de la intervención o simplemente abstenerse (hizo esto último). Esta actitud se extiende incluso a la conducta personal. Cuando el presidente ejecutivo de Deutsche Bank dibujó con los dedos una uve en señal de victoria tras una sentencia favorable, fue objeto de una rotunda condena por semejante exhibición de arrogancia grosera, por comportarse como lo que un intelectual describe como «el alemán amenazador».

Parte de todo esto se debe al miedo sobre lo que el resto del mundo pueda pensar, pero una gran parte es miedo de los alemanes a sí mismos, miedo a lo que Alemania es capaz de hacer. Ello ayuda a explicar la duradera popularidad de Merkel (su estilo de perfil bajo y de prudencia no resulta amenazador) y las razones por las que el político que el año pasado señaló que «de repente Europa se ha puesto a hablar alemán» fue instado a callarse de forma tan perentoria.

Es también ese mismo miedo la razón por la que Alemania necesita a Europa. Para ellos, Europa no es sólo una cuestión de acuerdos comerciales, es también una solución a un problema más profundo. Como me hizo notar un observador, «una identidad europea es más cómoda que una identidad alemana», habida cuenta de la sangrienta historia que hay detrás. La Alemania de posguerra ha sido un Gulliver encantado con Europa, feliz de estar atado por los lazos del comercio y de la soberanía compartida, con la esperanza de que las restricciones de la UE pudieran salvarlo de sus siniestras inclinaciones personales. Ésta es la razón por la que se ha disparado la alarma ante las señales de que tanto Gran Bretaña como, por otras vías, Turquía, se estén alejando del proyecto europeo. Alemania necesita que el sueño europeo se prolongue en el tiempo.

Existe el riesgo de que los vecinos de Alemania, incluidos nosotros, olviden esa necesidad de los alemanes; de que, en medio de tanto hablar y hablar de los rescates y del ajuste fiscal, nos olvidemos de cuál era el objeto de la comunidad europea y de cuáles eran los demonios que la hicieron necesaria. Alemania, sin embargo, no se ha olvidado. Goliat aún se asusta de su propia fuerza.

Jonathan Freedland es periodista y columnista de ‘The Guardian’.

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