“Bienaventurados los panificadores”

En una grotesca escena de la película de Monty Python La vida de Brian aparece una gran multitud esforzándose por captar las palabras de Jesucristo durante el Sermón de la Montaña. A falta de altavoces y amplificadores, los situados al fondo, que no dejan de discutir entre sí, confían en que alguien de delante les repita las palabras de Jesús. Como era de esperar, lo transmitido se da de tortas con el mensaje original. De esta forma, “Bienaventurados los pacificadores” se convierte en “Bienaventurados los panificadores”. Señales en verdad contradictorias.

Al escuchar la sorprendente noticia de que al presidente Obama le habían concedido el Premio Nobel de la Paz, no pude sino sorprenderme de lo habitual que es desde hace tiempo que el comité noruego envíe mensajes contradictorios sobre sus intenciones y razonamientos. En su origen, la institución del Premio Nobel siempre fue profundamente irónica, ya que la fortuna de Alfred Nobel se levantó gracias a la invención y la fabricación de dinamita. Sería como si Edward Teller y los demás creadores de la bomba de hidrógeno concedieran premios, por ejemplo, a la conciencia medioambiental.

¿Debe recaer el premio más famoso del mundo en un estadista que haya logrado convertir la guerra en paz o en alguien que haya luchado toda su vida por el entendimiento internacional? ¿Debe otorgarse a defensores de la paz? ¿Debe acaso concederse a una organización? Finalmente, y con esto regresamos a la decisión respecto a Obama, ¿debe concederse con el deseo expreso de impulsar futuras iniciativas de paz? Es decir, ¿debe recompensar más expectativas que obras?

A juzgar por la larga lista de premios Nobel de la Paz concedidos desde el primero, que en 1901 se otorgó conjuntamente a Henry Dunant (fundador del Comité Internacional de la Cruz Roja) y Frédéric Passy (creador de un movimiento pacifista francés), se diría que la respuesta a todo lo anterior es positiva, casi como si el comité de Oslo se preciara de su carácter impredecible, e incluso confuso.

Por ejemplo, cada pocos años otorga el premio a una organización. La Cruz Roja lo ha recibido en tres ocasiones (1917, 1944 y 1963). En 1910 se concedió a la Oficina Internacional Permanente para la Paz (¿y eso qué era?). Más recientemente, el premio ha ido a parar a la Campaña Internacional para la Prohibición de las Minas Terrestres (1997), y a la famosa organización Médicos sin Fronteras (1999), algo que parece bastante justo.

Sin embargo, ¿qué decir del premio de 2001 a las Naciones Unidas, que desconcertó a mucha gente, incluyendo a partidarios de la ONU como yo mismo? Concedérselo a ese organismo o a la Organización Internacional del Trabajo (1969) se antoja como dar el Premio Nobel de Física a Bell Labs.

Mucho más comprensibles son los galardones anuales a individuos que dedican su vida a mejorar las condiciones materiales de los demás y el respeto a los derechos humanos, o a luchar por la paz en el mundo. A la primera categoría pertenecen personajes destacados como Albert Schweitzer (1952), Martin Luther King (1964) y la Madre Teresa de Calcuta (1979), además del disidente soviético Andrei Sajárov (1975), Eli Wiesel, conciencia del Holocausto (1986), la disidente birmana Aung San Suu Kyi (1991), y el francés René Cassin, erudito judeo-católico (1968), que redactó gran parte de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. A la segunda pertenecerían el gran pacifista y diplomático afroamericano Ralph Bunche (1950), incansables defensores de la paz y el desarme como Lord Robert Cecil (1937) y Philip Noel-Baker (1959), y el admirable obispo Desmond Tutu (1984).

Tengo que confesar que, cuando me recorrí toda la lista desde 1901 hasta 2009, me di cuenta de que la mitad de los nombres me resultaban desconocidos. En cualquier caso, la mayoría de los antes mencionados eran muy comprensibles, salvo aquellos, evidentemente, que no estaban a favor ni del desarme, ni de los derechos humanos, ni de la libertad de expresión ni de las declaraciones internacionales sobre nada.

En ocasiones, éste ha sido un premio a la tozudez persistente (Sajárov) y una reprimenda contra regímenes autoritarios que intentaban amordazar las opiniones. A veces, quizá su efecto haya sido contraproducente: puede que el premio a Aung San Suu Kyi llevara a la junta militar a mantenerla privada de libertad. Con todo, está claro que centró el foco en el desagradable régimen actual de Myanmar.

En mi opinión, mucho más discutible es la concesión del Premio Nobel de la Paz a políticos, sobre todo a los que aún están en ejercicio. El primero fue Theodore Roosevelt, ese vivaz imperialista que forzó la guerra contra España en 1898, condujo al campo de batalla a sus Roughriders [regimiento de caballería], dotó a Estados Unidos de una enorme Armada, amenazó con su famoso gran garrote a América Latina y amedrentó tanto a Canadá -hasta arrancarle concesiones en la frontera entre Alaska y la Columbia Británica-, como a los británicos -para que le cedieran sus derechos parciales sobre el canal de Panamá-. En 1906, Roosevelt recibió su Nobel en reconocimiento a la labor de mediación realizada entre los Gobiernos ruso y japonés, ambos reacios a poner fin a su enfrentamiento en Extremo Oriente.

Así se instituyó la categoría de “recompensa para expertos en llegar a buenos tratos” y, desde entonces, ha habido muchos, entre otros Woodrow Wilson (1919), por su labor diplomática en pro de la Sociedad de Naciones; Aristide Briand y Gustav Stresemann (1926), por sellar en Locarno la reconciliación franco-británica el año anterior; Willy Brandt (1971), por su Ostpolitik orientada a deshelar la Guerra Fría; Henry Kissinger y Le Duc Tho (1973), por sus negociaciones en relación con la Guerra de Vietnam; Mijaíl Gorbachov (1990), por tener la gentileza de poner fin a la mencionada Guerra Fría, o Anuar el Sadat y Menajem Begin (1978), por el acuerdo de paz entre Egipto e Israel.

Con la perspectiva que da el tiempo, algunos de ellos o bien parecen un tanto prematuros o bien ponen de manifiesto, más que el reconocimiento a una auténtica labor, las esperanzas del comité de Oslo. El estadounidense Charles Dawes consiguió su galardón en 1925 por obtener reparaciones para Estados Unidos y negociar deudas de guerra tras la Primera Guerra Mundial. El también norteamericano Frank Kellogs lo obtendría en 1929 por firmar con el francés Briand un pacto que declaraba ilegal la guerra como instrumento diplomático. Yaser Arafat, Simón Peres e Isaac Rabin obtuvieron los suyos (1994) por una reconciliación palestino-israelí que no se ha llegado a producir. Los de Kissinger y Tho del año 1973 fueron por un compromiso alcanzado en el sureste asiático, donde, sin embargo, los combates continuaron. Es bien sabido que Tho rechazó el galardón, probablemente con buen criterio, ya que podría haber supuesto el fin de su carrera en Hanoi, o el de su propia vida.

Merece la pena señalar, por último, que el Comité Nobel suspendió la concesión de sus galardones durante las dos guerras mundiales, salvo para honrar al Comité Internacional de la Cruz Roja (1917 y 1944) por su labor incansable en defensa de los combatientes heridos y cautivos. La concesión del premio 2009 a Barack Obama sólo después de nueve meses en el poder no encaja en ninguna de las categorías anteriores. Hay que reconocer que el presidente, al recibir la noticia, que claramente le sorprendió, ha demostrado una mezcla de humildad, elegancia y desconcierto. En la actualidad está intentando presentar el galardón como el reconocimiento que muestra la vieja Europa ante el regreso de Estados Unidos a políticas más multilaterales y afables (en realidad no necesita decir “en contraste con las de Bush y Cheney”).

Columnistas y expertos tendrán que dilucidar si para Obama el premio va a suponer un obstáculo o una ayuda. Sin embargo, en conjunto, uno tiene la sensación de que el Comité Nobel ha entrado sin querer en un territorio inexplorado, que se ha alejado mucho de sus objetivos y que el mensaje que pretende dar desconcierta tanto a conservadores viscerales como a pacifistas desencantados. Las noticias procedentes de Oslo dan señales muy confusas. En verdad, bienaventurados los panificadores.

Paul Kennedy, Dilworth Professor de Historia y director de Estudios de Seguridad Internacional en la Universidad de Yale. © 2009, Tribune Media Services, Inc. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.