Bienvenido, míster Gálvez

Berlanga fue un genio porque, además de troncharnos de risa con sus películas, elevó al cuadrado situaciones absurdas que reflejaban los recovecos de la España que le tocó vivir. Sus personajes y diálogos son tan antológicos que no hay manera de elegir con cuál quedarse, como sucede en Patrimonio nacional, película en la que un viejo aristócrata y su familia tronada pretenden medrar en la naciente España democrática, sin percatarse de que ellos representan el desván de la historia, son unos cachivaches del pasado. En el celuloide, el marqués de Leguineche, su hijo y un capellán ultramontano –entre otros– habitaban en un inmenso y destartalado palacio de la plaza de Cibeles. Dicho palacio, restaurado con primor, es el del Marqués de Linares, reconvertido desde hace años en la Casa de América.

Recientemente se presentó en la Casa de América el libro no venal Bajo dos banderas, una obra patrocinada por Iberdrola, editada por Zenda y dirigida por Arturo Pérez-Reverte, en la que varios autores escribimos un relato histórico acerca de la ayuda que la monarquía de Carlos III prestó a los revolucionarios americanos en su Guerra de la Independencia frente a Gran Bretaña. El libro, cuya portada es un cuadro de FerrerDalmau, es la guinda de la exposición Memorias recobradas compuesta por obras de arte, trajes y mapas que viaja por Nueva Orleans, Washington y Miami para recordar la gesta española en tierras americanas que ayudó a construir un país libre al otro lado del Atlántico.

Bienvenido, míster GálvezAhora que se ha puesto de moda que los futbolistas digan que tienen hambre de títulos, los que tienen hambre de historia son los españoles. Y ello para que los políticos no mangoneen nuestro futuro a cuenta de tergiversar el pasado. Conocer nuestra extraordinaria historia es una vacuna contra quienes pretenden disolver la nación o descoserla como un trapo raído. Por eso, en estos embravecidos tiempos, si hay algo transversal entre los españoles es el deseo de conocimiento histórico a través del periodismo, de la literatura y del cine. Saber lo que nos une aumenta nuestra autoestima. Y lo que nos une no brota solamente del presente, sino que se basa en una voluntad de convivencia heredada de quienes nos antecedieron, en una secular historia compartida. ¿No dicen que somos lo que comemos? Pues también somos lo que fuimos, porque la continuidad histórica de la nación se fundamenta en las instituciones y en la soberanía popular. Una soberanía que no puede trocearse como un pastel, envolverse y atarse con un lacito. Por muy amarillo que sea.

Escribir es algo que me ha brindado enormes satisfacciones. Me ha permitido conocer a personas interesantes, hacer grandes amistades y conocer mejor nuestro país. Si algo lamento es no tener el don de la bilocación para estar en dos lugares a la vez con amigos dispersos por nuestra geografía. Quizá por eso, cuando tengo la oportunidad de estar con ellos en sus ciudades, aprovecho el tiempo y lo vivo con una intensidad a veces apabullante. Es mi manera de ver y entender la vida. Mi casa, el despacho donde escribo y las entrañas del ordenador están llenos de fotos de personas que quiero, pues el verbo querer se conjuga en presente aunque intervenga la muerte. La memoria no distingue entre presencias y ausencias. Cualquiera de nosotros hemos aprendido a amar a España a través de los ojos y de los recuerdos de nuestros familiares, y a conocerla mejor gracias a los amigos repartidos por ella que hemos hecho a lo largo de los años.

Este periódico es un generador de sentimientos nacionales y un afianzador de convicciones y principios éticos. En la sección dominical de cultura «El autor y su personaje histórico», diversos novelistas, aglutinados merced a Antonio Pérez Henares, escribimos acerca de una figura relevante que hemos incluido en nuestras respectivas obras narrativas. Tan importante es la historia en las páginas de este diario, que Bieito Rubido, en uno de sus astrolabios dedicado al descifrado de las cartas del Gran Capitán, dijo «es curioso comprobar cómo muchas veces el pasado acude al rescate del presente». Está bien recordar ese pensamiento ahora que se avecinan tiempos de aprendices de brujo. En la presentación de Bajo dos banderas nos reunimos muchos hombres y mujeres, heterogéneos, zurdos o diestros ideológicamente. Nos congregamos amigos de variadas comunidades y distintas profesiones movidos por el amor a la literatura. Y a la historia. Lo hicimos en el palacio madrileño de mullidas alfombras, arañas de bronce y maderas preciosas en el que Berlanga dirigió a Luis Escobar y a López Vázquez. Pero las escenas berlanguianas acontecían en el Congreso de los Diputados durante la moción de censura, cuando un diputado independentista, con una trabucada chulería tabernaria, se permitía hablar del Rey, y una diputada del partido de los herederos de ETA daba una arenga desollada de todo concepto de decencia. Mientras, en la Casa de América, los españoles de hoy conversábamos con afabilidad y recordábamos las hazañas de los españoles del siglo XVIII, su valor, sacrificio, esfuerzo y lealtad.

Ese episodio histórico literaturizado en Bajo dos banderas, casi desconocido en nuestro país, no lo es en EE.UU., donde la colaboración de la Corona española es bien estudiada y conmemorada, y donde un malagueño, Bernardo de Gálvez, gobernador de la Luisiana y héroe en dicha guerra, tiene su retrato colgado en el Capitolio desde 2014, en la sala de honor de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, junto a las imágenes de Wilson y Eisenhower. Y como último detalle, Obama nombró a Gálvez ciudadano honorario de los Estados Unidos. No está mal.

Qué paradoja, el Senado de los Estados Unidos y su presidente homenajean a un español mientras que España, tantas veces más madrastra que madre, olvida a sus figuras de relumbrón o les quita calles. Como en Barcelona.

Supongo que los senadores estadounidenses se echarán a temblar si reciben una carta remitida por la aldeana alcaldesa de la Ciudad Condal demostrando, que ese tal Gálvez, era otro facha.

Emilio Lara, historiador y escritor.

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