Bienvenido, Mr. Guangjing

Hace más de un año, el presidente de China, Hu Jintao, visitó un Portugal en el cual todavía nuestro antiguo primer ministro, José Sócrates, jugaba al póquer con la deuda. Durante las ceremonias de recepción, mientras los soldados lusitanos rendían honores, un caballo nervioso echó por los suelos a uno de los flamantes oficiales portugueses. Rompiendo el protocolo, Hu Jintao se acercó para interesarse por el estado del militar. Y esta imagen se transformó en una metáfora de la visita: los chinos venían a levantar un caballeroso Portugal derribado por la crisis.

Fue entonces que los lusitanos nos dimos cuenta de que, en China, hay genialidad estratégica. No se trata sólo de mano de obra barata. Existe un plan, una sinfonía histórica interpretada por virtuosos de la política. Más de un año ha pasado, Portugal echó del poder a Sócrates porque se asustó con el laberinto griego en el que nos íbamos adentrando, sin defensa ante los minotauros financieros. Y hoy por hoy tenemos un gobierno apto para estos tiempos.

El gabinete de Passos Coelho posee las cuatro características que deben tener los gobiernos europeos del presente. En primer lugar, no se trata de una panda de malabaristas jugando con los naipes de una sociedad de imágenes, sino de un equipo de cirujanos a los que no les tiembla la mano. Claro que a veces tendrán ganas de llorar, como la ministra italiana Fornero, pero la verdad de la situación la confesó el propio Passos en una declaración valiente, de la cual no será capaz otro político de Europa: Portugal tendrá que empobrecerse para salir de la crisis.

La segunda característica del Gobierno es su temple moral. Los gabinetes europeos actuales tienen que ser éticos, sin ser moralistas: tienen que ser italianos sin pisar ciertos terrenos húngaros. Algo que no es fácil cuando los constituyen políticos profesionales, acostumbrados a jugar un ajedrez de muchas sombras. Tropezando de cuando en cuando, los actuales ministros portugueses terminan convenciéndonos de su honradez, sobre todo el responsable de la cartera de Hacienda, Vítor Gaspar, que para los lusitanos representa el último mohicano de la probidad gubernativa.

Sin autoridad moral, un gobierno europeo de la actualidad es como una bomba de relojería que, tarde o temprano, generará una fuerte explosión social. Y, además, quien manda tiene que saber escuchar: tiene que estar atento a los latidos de desesperación de una sociedad en agonía. Passos Coelho sabe cortar, pero también sabe atender. En la sociedad europea del momento, hay que ser sensible al clamor subterráneo, tantas veces avergonzado, de una clase media que está siendo transformada en un nuevo proletariado de la globalización.

Pero lo más difícil es la cuarta dimensión de la gobernación: captar, abducir inversiones. Este es el cabo tormentoso que hay que superar. Porque la austeridad no sirve de nada si no atrae el capital flotante del mundo actual. El Gobierno de Passos está usando la venta de algunas empresas públicas como señuelo para los amos económicos de la ingravidez financiera presente. Y lo primero que se vendió fue el 21,35% de EDP, la gran empresa pública portuguesa de energía eléctrica.

Los candidatos a la compra vinieron de tres países: Alemania, Brasil y China. Y los vencedores del concurso fueron los chinos, a través de la corporación Three Gorges. El contrato se firmó en tiempos navideños y el señor Cao Guangjing adquirió por esos días, para la sociedad portuguesa, la pinta simpática de un Papá Noel oriental. En la ceremonia estuvieron presentes tres ministros, tres, todos con sonrisas muy monetarias. Al caballero portugués que se había caído al suelo lo alzaban con 2.700 millones de euros, en números redondos.

En resumen, vamos bien, aunque lo estamos pasando muy mal. Hemos alejado de nosotros el espectro helénico. Estamos intentando encontrar el camino para conectar con la nueva órbita financiera global. Pero, curiosamente, todo esto se hace no volando hacia arriba, sino agachándonos para entrar en el túnel de una extraña pobreza desarrollada. Nuestras exportaciones han crecido, fruto del heroísmo silencioso de numerosos empresarios. No obstante, muchos jóvenes tienen que buscarse la vida en una nueva ola migratoria. En las calles portuguesas, hay un silencio frío: ese mutismo desmoronado que ocurre después de un funeral.

En el fondo, somos una pobre nación que busca “un buen señor”. Quizás China desempeñe ahora el papel que Inglaterra tuvo para nosotros en el pasado: no nos vendría mal ser uno de los socios occidentales preferentes de la nueva potencia mundial. Bienvenido, Mr. Guangjing. Pero la verdad es que el Portugal actual juega en todos los tableros, también en el brasileño y en el africano, y por supuesto en el europeo. En fin, los portugueses somos una carabela con toda su tripulación esforzándose por achicar el agua que entra por el boquete de la deuda mientras se busca un nuevo rumbo para nuestro viejo viaje en la brújula loca del tiempo presente.

Por Gabriel Magalhães, escritor portugués.

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