Bildu y el síntoma plurinacional

La campaña para las elecciones autonómicas y municipales, inservible a estas alturas, se ha convertido, de nuevo, en un tema vasco. Bildu ha querido satisfacer a su sector más duro, Sortu y alguna organización juvenil, colocando en las listas a 44 condenados por terrorismo. Covite, un mástil moral al que agarrarnos, ha estado vigilante y la opinión pública ha conseguido que renuncien de forma diferida al menos los candidatos que tenían delitos de sangre a sus espaldas. Es una victoria pírrica, porque deberían haber anunciado su renuncia todos los candidatos que han tenido relación con ETA vía condena, pero el suelo ético vasco es en realidad un subsuelo y bien está, como ha señalado Arcadi Espada en estas páginas, que la representación cumpla la función de reflejar los pareceres indecentes de votantes y partidos.

En este caso, prefiero ser relativista que militante. La democracia, apuntaba Karl Loewenstein, debe tolerar a los intolerantes hasta el momento en el que se concreta o va a concretarse el abuso de derecho: es decir, cuando se usan las libertades públicas para destruir los derechos de los demás mediante la violencia u otras técnicas de norma perversa. Por eso creo que no ha lugar a la aplicación de la Ley Orgánica de Partidos en este caso. Discrepo de los que señalan que dicha ley solo es aplicable cuando existan formas concretas y arraigadas de terrorismo, pero me parece claro que su artículo 9.3, donde se apuntan los indicios que pueden llevar a la ilegalización de un partido, no se dan en el caso actual de Bildu porque no ha habido "repetición", "acumulación" o "inclusión regular" de personas condenadas por delito de terrorismo en sus listas u órganos directivos desde su (re)fundación. A veces, basta con leer las normas y aplicarlas a la realidad con prudencia para llegar a conclusiones más o menos racionales.

Bildu y el síntoma plurinacional
RAÚL ARIAS

Tiremos ahora del hilo de la Ley Orgánica de Partidos Políticos. Fue el último "momento constitucional" de la democracia española porque fue el último gran consenso del PP y PSOE para afrontar de forma conjunta un desafío de Estado. Después llegó el horror del 11 de marzo de 2004 y se jodió el Perú. Ni el terrorismo islamista, ni la crisis económica, ni el procés, ni la pandemia han servido para reunirnos en un objetivo común. Eso significa algo complicado de aceptar: que nuestro sistema democrático se construyó, en gran medida, contra el terrorismo de ETA y que la desaparición de la banda no solo ha mudado la piel política del país, sino que ha puesto al descubierto las carencias estructurales del modelo constitucional. Veo que a casi nadie le ha llamado la atención que el procés separatista cogiera vuelo tras el cese de la violencia terrorista en octubre de 2011. El nacionalismo catalán se vio libre de la imagen truculenta que devolvía el espejo vasco y comenzó la búsqueda de un Estado propio en medio del caos financiero.

Efectivamente, la piel política del país ha cambiado porque la lánguida democracia liberal ha dado paso a una pujante democracia plurinacional. Me viene ahora al recuerdo una intervención de Ramón Jáuregui en la casa del pueblo de Valmaseda, tras la derrota electoral frente a Ibarretxe en las elecciones autonómicas de 2001. Asediado por los militantes, que le echaban en cara haber combatido los planes del nacionalismo -violencia de ETA y reforma del Estatuto- junto al PP de Mayor Oreja, el político socialista enarboló un discurso inolvidable en el que contrapuso romanticismo premoderno y ciudadanía, concepto al que en aquellos años nos agarrábamos para dotarnos de una identidad civil. Hoy ya nadie habla de ciudadanía ni en Euskadi ni en el resto del país, porque nuestro republicanismo ha fracasado y se ha impuesto una plurinacionalidad que nos permite ser españoles de muchas maneras y vascos y catalanes de una sola. Que esta incongruencia democrática ha arraigado se demuestra cuando vemos a un irreconocible Patxi López preguntando a Díaz Ayuso a qué ha venido a Bilbao en plena campaña electoral. Uno supone que a ejercer sus derechos políticos, como él cuando va a Madrid.

Deberíamos tomar nota, por cierto, de las caras de tristeza y derrota que los miembros del PP vasco arrastran no solo en la presente campaña electoral, sino desde hace tiempo. El apunte rápido nos lleva a una conclusión tertuliana: la derecha española usa el terrorismo como arma política y la sociedad vasca castiga a los candidatos locales del PP por no pasar página. Las cosas son más complejas. En realidad, la derecha en Euskadi y Cataluña se está quedando sin clientes porque en tales territorios se ha consolidado aquella idea que circula desde la Transición y que asocia democracia y progresismo a descentralización, identidad regional y nacionalismo periférico. En mi patria chica ya nadie se define de derechas porque implica considerarse español y por tanto facha. El foralismo refuerza esta percepción al considerar España un país ajeno al que se le alquila un Estado a un precio irrisorio gracias a la cuestionable interpretación del Concierto, interpretación a la que por cierto se suman casi todos los partidos de las Cortes.

La izquierda ha leído mejor la situación y se ha sumado al proyecto global por interés o convencimiento. Dicen que así habría traicionado sus principios, pero en ese tema hay mucha tela histórica e ideológica que cortar. Dejémoslo ahí. Sí creo importante apuntar los frutos que están dando en España y Euskadi las políticas de memoria partidistas. Que los vascos queramos pasar página del terrorismo me parece muy bien, pues yo mismo reivindico la necesidad de echar al olvido lo ocurrido para superar los traumas colectivos del pasado. Ahora bien, ello no se compadece con el uso que el nacionalismo y la propia izquierda hacen de la Guerra Civil y el franquismo como bucle temporal que permite desatender la obligación de reparar la violencia de ETA, más cercana y con un impacto brutal en la configuración política y cultural del País Vasco contemporáneo. No quiero que Bildu y el terrorismo sean el centro de la campaña electoral, pero tampoco que esta dé comienzo cuando Bolaños decida que hay que sacar a José Antonio Primo de Rivera de la tumba.

Lo importante, por lo tanto, no es la indignidad de colocar a personas vinculadas en el pasado con ETA en listas electorales. Los árboles morales no nos dejan ver el bosque político de fondo. La plurinacionalidad que ya practica Bildu en el Estado con notable éxito es el triunfo de una forma concreta de contemplar democráticamente el conjunto del país. En Euskadi ese principio ha servido para eliminar el pluralismo interno y negar el conflicto en asuntos centrales para la sociedad como la distribución del poder, la falta de alternancia partidista, las políticas lingüísticas o la hegemonía simbólica que practica sin freno el nacionalismo. En España, la plurinacionalidad está sirviendo, por el contrario, para construir nuevas mayorías y, por qué no decirlo, para trasladar a las Cortes un estilo paranoico de hacer política que nos enfrenta cada día más, diluye la posibilidad de reencontrarnos y revive un nacionalismo español agresivo que creíamos desaparecido.

El domingo volveremos a contemplar sorprendidos cómo Bildu, probablemente, sube en votos y resulta una fuerza decisiva en Navarra. También cómo el PNV vuelve a lograr un poder casi total en ayuntamientos y diputaciones del País Vasco. A ver qué dicen entonces los expertos en pensamiento dialéctico y, sobre todo, los comunicadores que transforman la política en una mercancía simulada que agoniza y solo encuentra algún fragmento de realidad en los resultados electorales. A mí me gustaría que esos fragmentos sirvieran para que, al menos, pensáramos de forma genuina si merece la pena seguir la vía destartalada de la plurinacionalidad, si en España lo común tiene hoy algún significado o si la democracia liberal debe ser el precio que tenemos que pagar por dejar de afrontar desafíos que nos interpelan desde hace años.

Josu de Miguel es profesor titular de Derecho Constitucional en la Universidad de Cantabria

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