Bipartidismo de nuevo revisitado

En los últimos tiempos, los nuevos partidos políticos y sus más jóvenes dirigentes dedicaron gran parte de su esfuerzo en vilipendiar al bipartidismo y la acción histórica que, a lo largo de la democracia, tanto el Partido Socialista como el Partido Popular habían desarrollado. Eran viejos, caducos, corruptos –unos más que otros, según vinieran los dardos de la extrema derecha o izquierda–, ideológicamente desfasados y un larguísimo etcétera de adjetivos descalificativos. Como todo en la vida, no había más remedio y paciencia que ponerse a esperar y comprobar lo que ellos iban a hacer. Y pasado ya el tiempo suficiente para juzgarlos con motivos y pruebas, lo que han hecho ha sido incluso peor de lo que intentaban combatir. En realidad, no han hecho nada. Tan solo venir a revolver, a confundir, a inquietar todavía más la ya de por sí compleja política española. Sí han demostrado, en muy poco tiempo, que se puede superar con creces la incompetencia de los otros y la propia.

Podemos trajo, entre sus representados, ilusiones, esperanzas, pequeñas utopías que se fueron rompiendo por el camino. El cisma permanente entre sus dirigentes ha sido una de las más grandes vergüenzas que ha tenido que asumir la política nacional, pues dejó bien claro, y a la luz pública, que tras ellos no había cuestiones ideológicas, sino puramente intereses personales. Los recién llegados de la extrema izquierda populista (peronista, montonera, chavista, senderista luminosa, como quiera llamarse), se mostraban como tantos otros: deseosos de poder, para satisfacerse, en primer lugar, ellos mismos. Es curioso que quienes representaban unos valores incuestionables colocaban a compañeras sentimentales o familiares en puestos de preferencia. Hoy Pablo Iglesias e Irene Montero son nuestros Perón-Evita sin complejos, sin remilgos, con absoluto descaro. Y de sus humildes cunas de mimbre han pasado a altas atalayas. Mientras tanto, sus incautos representados siguen con sus escasos sueldos, pensiones y demás precariedades laborales y vitales. Carmena, por ejemplo, colocó a un familiar inútil y mercachifle como vicealcalde in pectore. Esta señora, que ahora estará esperando la herencia de Defensora del Pueblo, de ahí su silencio, hundió la cultura de Madrid y arrancó de Matadero los nombres de Max Aub y Arrabal. Hoy Podemos y sus infinitas adherencias yacen rotos en mil pedazos. Los Reinos de Taifas no fueron nada al lado de estos jefecillos.

De nuevo aparece otra excrecencia , Más País que, en el fondo, es más de lo mismo. Más País solo está de acuerdo en que se lleven a cabo, allí donde quieran, referéndums separatistas. Errejón, que sigue defendiendo a la dictadura de Maduro, es la otra cara de la misma moneda. Aún muchos profesores universitarios, como yo mismo, nos preguntamos cómo pudo conseguir tan suculentas becas. Sólo por este milagro podría ser nombrado ministro de Educación y así multiplicar los pocos panes y peces que hay en ese presupuesto.

Ciudadanos fue una gran esperanza. Jóvenes bien preparados, profesionales liberales, impolutos en sus trayectorias… Además habían luchado –y lo siguen haciendo– contra el independentismo catalán y con éxito. Ante un Partido Popular prácticamente desaparecido allí, y un Partido Socialista en duda permanente, Ciudadanos se erigió como un bastión frente a la irracionalidad. Pero Cs, en España, ha cometido errores mortales. No han sido tanto errores de partido como de su líder todopoderoso. Se equivocó cuando Arrimadas ganó en Cataluña y no supo qué hacer con estos laureles; se equivocó trayendo a su vencedora a Madrid donde su sonrisa se ha cuarteado; se equivocó al defenestrar a Valls; se equivocó al no querer pactar con el PSOE y evitar estas nuevas elecciones, teniendo la posibilidad de imponer una intervención en Cataluña y un control económico ante una posible nueva crisis. En fin, que Rivera se ha venido equivocando casi permanente y reiteradamente todos estos últimos meses sin hacer caso a nadie. Y sus últimas rectificaciones sólo demuestran su temor ante el abismo en que se ha metido él solo.

Si Pablo Iglesias mancilló el salón de plenos del Congreso de los Diputados pidiendo cargos, Rivera hizo lo mismo negándose a cualquier tipo de diálogo en la sede parlamentaria por excelencia. A Iglesias lo comprendo más que a Rivera. Comprendo las miserias vitales del dirigente de Podemos porque son las naturales de todo ser humano, aunque él se considere por encima de la media; pero las de Rivera se me hacen absolutamente incomprensibles. A veces pienso que mi mente ya no es capaz de alcanzar a entender las decisiones alocadas del dirigente de Ciudadanos. Por qué tiene que estar permanentemente jugando a la ruleta rusa. Un partido no puede echar por la borda a sus mejores cabezas. Y en esto también se parecen mucho Iglesias y Rivera. Hoy Rivera está solo al frente de un partido que va camino de ser un buque fantasma. Tirar por los acantilados a toda una socialdemocracia que se había adherido a su causa disconforme con la proclividad del Partido Socialista hacia los populismos y nacionalismos étnicos, fue un disparate y una deslealtad, y siento utilizar esta palabra, hacia quienes le habían votado. Rivera y Ciudadanos se acabó cuando abandonó el espacio que había entre la socialdemocracia y el liberalismo y se entregó a la conquista del territorio del PP. Un recién llegado, por muchas dotes que tenga, nunca derrotará a los viejos y experimentados partidos constitucionalistas por muy heridos que estén. Rivera probará muy pronto el hierro de sus propios errores. Perder, por lo menos, 20 diputados, es perder su cuerpo de ejército. Y Rivera no podrá pagar sus errores dimitiendo porque si dimitiera el partido desaparecería. No hay alternativa para Rivera, como no la hubo para UPyD. Ojalá me equivoque, ojalá. Últimamente deseo equivocarme con frecuencia, pero Rivera no va a poder mantener el tipo. Él mismo, durante estos meses, ha trazado su sino. La política cada vez es más científica y menos humanística.

¿Qué decir de Vox? De nuevo otro matrimonio y de nuevo otro chalet. La extrema derecha y la extrema izquierda unidas por los mismos pecados veniales. Es como si la fuerza antropológica de este país habitara todas las carnes sean del signo que sean. Lo demás, quienes vivimos los años finales del franquismo, lo conocemos de sobra.

Así las cosas,el Partido Popular, con Pablo Casado, ha sabido recolocarse perfectamente. Haciendo oídos sordos a su extremo ha recuperado, silenciosa y muy sensatamente, el centro derecha que por la historia le corresponde. Albert Rivera, como un satélite, circunvala sin cesar este espacio astral ya ocupado. Ya nadie duda que Casado es ahora la verdadera oposición al Gobierno en funciones y, aunque avance aún sin conquistar Moncloa en las próximas elecciones, seguirá teniendo este frente ganado. Siempre que en esta operación centro recién iniciada cuide de los derrapes ideológicos de altas dirigentes de su partido, como la Presidenta de la Comunidad de Madrid.

El Partido Socialista ha hecho su papel. En política internacional ha mantenido una muy importante presencia (no estoy de acuerdo en las críticas que en este sentido se le han hecho al presidente). Y esa presencia ha amputado muchas actuaciones desleales y traidoras de los nacionalistas catalanes. Y en casa han contribuido a cortar de raíz el paso a los populistas (se dieron cuenta a tiempo de en dónde se metían), y están dispuestos a no ceder en Cataluña, aunque esto último les cuesta. Por ejemplo, deberían apoyar la moción de censura contra Torra, un verdadero Nerón que pretende incendiar Barcelona. Y el pacto en Navarra todavía sigue siendo una herida. Pero si el PSOE se mantiene en este tono, incluso contradictorio, recuperará todos los votos que cedió a Rivera.

En España lo único que se cumplen son los refranes populares. Nunca fallan. Ya hemos visto lo que han dado de sí los partidos y líderes recién llegados y ya vemos cómo viran a babor y estribor los viejos partidos renovados. Por tanto, mi querido lector, si aún le quedan fuerzas para ir a votar el próximo día 10 de noviembre, piense aquello del Más vale malo conocido… Además, esta vez, la Providencia divina o los dioses de la mitología, les obligarán a los constitucionalistas a firmar la gran coalición. La única manera de sacar adelante a este país, en estos momentos tan tenebrosos.

César Antonio Molina es escritor, ex director del Instituto Cervantes y ex ministro de Cultura. Autor de La caza de los intelectuales (Destino) y Las democracias suicidas (Fórcola).

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