Bipartidismo y coaliciones

EL socialista Guy Mollet, primer ministro de Francia durante la IV República, obrerista y radical que no eludió alianzas con el centrismo, nos dejó una curiosa definición de las coaliciones: «El arte de llevar el zapato derecho en el pie izquierdo sin que salgan callos». En la España de la recuperación democrática no hemos sido capaces de ejercer ese arte.

Una vez aprobada la Constitución de 1978, en cuatro decenios no ha habido coaliciones de gobierno, fórmula que no resultó insólita en épocas anteriores, como no lo fue el turnismo acordado entre conservadores y liberales, nacido del llamado Pacto de El Pardo entre Cánovas y Sagasta que garantizó la estabilidad de la Monarquía a la temprana muerte de Alfonso XII gracias a la responsabilidad y a la talla política de sus dos protagonistas.

A la vista de la laboriosa gestación de la nueva coalición alemana propiciada por Angela Merkel y aceptada sin entusiasmo por Martin Schulz, con su posterior renuncia nada menos que al Ministerio de Asuntos Exteriores y a integrarse en el Gobierno, me pregunto en qué fallamos los españoles que sólo nos ponemos de acuerdo para acosar al adversario político con la intención de derribarlo y si es posible anularlo, y no para construir juntos atendiendo al interés general de los ciudadanos en vez de mirarse unos y otros el ombligo partidista.

Muchas veces hemos escuchado en boca de algunos de esos cachorros enfurecidos de la autoproclamada nueva política la cantinela «hay que echar a Rajoy»; el término «echar» no es precisamente democrático, como si el poder político se tomase por asalto y no merced a la voluntad de los ciudadanos expresada en las urnas. Sin embargo parece que quienes buscan coaliciones son los recién llegados a la arena política, acaso aturdidos por su éxito aparente pero temerosos de las marchas atrás. Los votos son volátiles. Hay un asunto de fondo que Churchill explicó refiriéndose no a un pueblo sino a una época: «El problema consiste en que los hombres no quieren ser útiles sino importantes».

Las Constituciones pueden tener malicias y candores. Uno de los candores de nuestra primera Constitución, La Pepa, es la conocida inclusión, entre las principales obligaciones de todos los españoles la de ser «justos y benéficos» que sitúa al mismo nivel que el «amor de la patria». Obviamente todos los españoles no podían ser obligatoriamente justos y benéficos porque España no era aquella utópica Acadia feliz de Virgilio heredada por los renacentistas.

Sospecho que el candor de nuestros constituyentes de 1978 fue valorar en demasía la capacidad de encuentro de los dos partidos mayoritarios favorecidos, «a priori», por el sistema electoral, la curiosa fórmula matemática de la Ley D’Hondt, cuya aplicación para distribuir escaños beneficia a los grandes partidos. Paralelamente pareció confiarse en una mayor talla en los gobernantes que, además de políticos, serían estadistas y atenderían más al bienestar de las próximas generaciones que a los resultados de las elecciones inmediatas. No fue así; Cánovas y Sagasta quedaban atrás y cuando uno de los partidos mayoritarios necesitó votos para formar gobierno no contó con el otro posible socio, ni con su abstención, ni siquiera con sus apoyos puntuales como podría ser un pacto presupuestario, y buscó votos en los nacionalistas que es precisamente lo que el probable candor constituyente no esperaba.

En nuestro país huimos de los gobiernos de coalición; salvo en autonomías y ayuntamientos carecemos de esa experiencia. Se temen la inestabilidad, la ruptura, las elecciones adelantadas, y se repite el mantra de «coaliciones de perdedores». Nuestra reciente realidad democrática se ha apuntalado en el bipartidismo, primero de UCD y el PSOE y después del PP y el PSOE con el concierto de un nacionalismo preocupado sólo por sus pequeños intereses disgregadores. En cuanto se quebraron las mayorías claras accedimos a la amenaza de la inestabilidad y a males mayores; es la situación que ahora padecemos. Sin embargo, los pactos de gobierno son habituales en las maduras democracias europeas.

Las coaliciones de dos o más partidos rigen con normalidad en la Unión Europea donde se producen gobiernos plurales de derecha, de centro-derecha, de centro-izquierda, de izquierda, y de derecha-izquierda. Hasta 24 de los 28 Estados miembros han estado gobernados por coaliciones de dos, tres y hasta cuatro partidos, como el caso de Bélgica. Además Bélgica tiene el récord de espera en la formación de gobierno tras unas elecciones: año y medio. Por no hablar del pentapartido que gobernó Italia un decenio. Hasta en el Reino Unido, con un sistema electoral que produce mayorías claras de un solo partido, en 2010 los conservadores se vieron obligados a pactar con los liberales y Nick Clegg se convirtió en viceprimer ministro de David Cameron. No ocurría desde el acuerdo de 1940 entre Churchill y Attlee. La propia Unión Europea está gobernada en coalición si consideramos a la Comisión Europa un gobierno sui géneris de Europa.

Me declaro partidario del bipartidismo. Pero la fórmula precisa la buena voluntad, la altura de miras y la responsabilidad de sus dos pilares. Y más si aspira a no contar con chantajes de nacionalismos o bisagras oportunistas. La evolución del PSOE no fue por dónde se esperaba, no siguió la izquierda centrada que supuso Felipe González, y se desvió hacia el radicalismo, el odio y la mirada atrás que impulsó Zapatero, no sólo enquistando el independentismo catalán –de ahí viene mucho de lo vivido después–, sino, además, dando alas a los muchachos que en su día tomaron impunemente la Puerta del Sol.

Fue el primer paso para que una nueva opción de tinte neoleninista llegase al Parlamento. Aquellos nuevos políticos denigraron –y denigran– las instituciones, desde su utilización parlamentaria torticera a su indumentaria. No otra cosa es su apuesta por el disfraz de progres. Quien va al Parlamento y a las audiencias con el Rey en vaqueros acude a los premios Goya de esmoquin. Nada es casual ni inocente.

El liderazgo de Sánchez, con los peores resultados de su historia, ha terminado de desnortar el socialismo, de radicalizarlo, de reavivar viejas heridas, de considerar su enemigo a Franco –muerto hace más de cuarenta años– y de cortejar al populismo con una estrategia alternativa de lejanía-cercanía, aunque el populismo no crea en la democracia, sino en «su» democracia. Ya nos enseñó Ortega que «el revolucionario no se rebela contra los abusos, sino contra los usos».

Mientras, sin experiencia ni gusto por las coaliciones y con el bipartidismo tan maltrecho porque falla una de las dos columnas que lo sustentan ¿a dónde vamos?

Juan Van-Halen, escritor y académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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