Blair, injustamente marcado por la Guerra de Irak

Por David Marquand, ex diputado laborista y profesor visitante del Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford (EL MUNDO, 14/05/07):

La sombra monstruosa de Irak se ha proyectado sobre el Gobierno de Tony Blair durante tanto tiempo que resulta difícil acordarse ya de los logros de su primer mandato. Sin embargo, fueron extraordinarios, tanto por su alcance como por su importancia.

Con Blair como inquilino del 10 de Dowing Street, El Reino Unido se dotó de una norma fundamental, la Ley de Derechos Humanos, por primera vez en su Historia. Es algo que todavía no se ha digerido por completo. Está claro que el premier y sus ministros no han entendido toda la importancia, y mucho menos aún la opinión pública, más allá del mundo de los profesionales del derecho, de las repercusiones de esta ley en las relaciones de las personas y las organizaciones en el ámbito individual. Sin embargo, como la piedra que se arroja en un estanque, ha generado ondas que van mucho más allá de las expectativas de sus autores. Lo mismo puede decirse, aunque sea más obvio en estos casos, de los procesos de autonomía en Escocia o Gales, o del revolucionario acuerdo de Viernes Santo en Irlanda del Norte.

En el Reino Unido hay en la actualidad tres centros de poder, y cada uno de ellos vehicula una voluntad política diferente y contribuye a promover una cultura política diferente. El tradicional Estado de la unión, creado en 1707, ha desaparecido para siempre. En el Ulster no existe ya la democracia mayoritaria conforme al modelo clásico británico, reemplazada por una fórmula extraordinariamente sutil y compleja de democracia consensuada que tiene mucho más en común con los Países Bajos que cualquier otra forma de gobierno del área anglófona. Entretanto, la vaca sagrada de la soberanía del Estado, que tanto los políticos como los burócratas británicos han respetado tradicionalmente con un temor reverencial, ha sido sacrificada y se ha consolidado la participación de la República de Irlanda en el gobierno de los Seis Condados -eufemismo para referirse a Irlanda del Norte-.

A decir verdad, esta transformación no se debe exclusivamente a Blair, y ni siquiera principalmente a él. La Ley de Derechos Humanos y los procesos de autonomía han sido parte de la herencia de John Smith.

El mérito del acuerdo norirlandés ha de atribuirse a una larga fila de pioneros, entre los que hay que incluir al ministro de Relaciones Exteriores de Irlanda, John Hume, al líder unionista David Trimble y al ex primer ministro británico John Major, entre otros. Sin embargo, la revolución constitucional del país no habría tenido lugar si Blair no la hubiera apoyado con todas sus fuerzas.

Además, su papel en la consecución del acuerdo de Belfast no tiene parangón posible. Si el proceso fragua, cosa que ahora parece más probable que lo contrario, el tenso periodo que llevó hasta el acuerdo pasará a la posteridad como la etapa más brillante en la trayectoria de Blair.

Por una trágica ironía, no obstante, la parte de su herencia política a la que más atención se ha prestado está todavía por decantarse. Desde el primer día en que se hizo con el mando, se ha dedicado con una determinación implacable, un entusiasmo indesmayable y una energía frenética a la creación de una nueva coalición que reemplazase a aquélla con la que Margaret Thatcher transformó la política británica en los años 80. Ése era el sentido de expresiones como nuevo laborismo, país joven o Tercera Vía, e incluso de aquella horterada empalagosa de la princesa del pueblo referida a la fallecida Diana de Gales. En lugar del caduco Partido Laborista, engendrado por la cultura de la primera revolución industrial en una cultura encerrada en sí misma, en la escena política de finales de los 90 aparecía un movimiento nuevo de amplia base, multiclasista, volcado hacia el exterior, ligero de equipaje ideológico y pendiente de las modas, que reconciliaba lo irreconciliable y que reflejaba la despreocupada ausencia de raíces y el talante ecuménico de su creador y jefe.

Al principio, el proyecto resultó ser un éxito asombroso, de lo que dieron testimonio las aplastantes victorias electorales de 1997 y 2001. El círculo de Blair hablaba con un orgullo desmesurado del «siglo progresista», expresión con la que sus protagonistas se referían a un siglo dominado por ellos y por sus herederos políticos; encima, sus esperanzas parecían bien fundadas.

Sin embargo, Irak ha acabado con ellos. Los resultados desastrosos de las elecciones del 2005, en las que el laborismo triunfó con sólo el 35% de los votos populares y el 22% del electorado, demostraron que la coalición de Blair tenía los días contados. Las elecciones locales de este mes han demostrado que se está desmoronando a pedazos. La Inglaterra de las clases medias, cuya conquista constituyó el objetivo fundamental de Blair y su más destacado logro político, se ha vuelto en su contra. David Cameron es, en estos momentos, el principal profeta del ecumenismo político y el vendedor principal de esperanzas para las clases medias del sur del país. Si el laborismo gana las próximas elecciones legislativas, cosa que es perfectamente posible, lo logrará gracias al respaldo de su electorado tradicional en su feudo de toda la vida, ese centro de Gran Bretaña prácticamente desindustrializado en la actualidad.

Minimizar otra de estas ironías es una ironía aún mayor. Blair ha sido, y sospecho que sigue siendo, el más europeo de los primeros ministros británicos desde Edward Heath. Pensaba realmente lo que decía cuando proclamaba su voluntad de conseguir para el Reino Unido el liderazgo de Europa. Quería unirse al euro y, en un mundo ideal, le habría gustado que se ratificara el Tratado constitucional. Por encima de todo, quería salvar el abismo que separa a su país de los principales estados de la UE y reconciliar a sus conciudadanos insulares con su destino europeo.

También en este punto, los augurios parecían favorables al comienzo de su reinado. Por primera vez desde la trágica caída de Heath en febrero de 1974, el Reino Unido parecía un país del Viejo Continente normal, cómodo dentro de su piel europea. También en este punto, sin embargo, la malaventura de Irak dio al traste con las esperanzas más tempranas. Se ha reparado algo la brecha entre el Reino Unido y los estados principales de la UE, pero se hizo muy profunda mientras se mantuvo abierta y contribuyó a fortificar la eurofobia de la prensa popular y los recelos de la opinión pública. Todavía se siente incómoda la nación dentro de su piel europea.

Las ironías no se acaban aquí. Se ha comparado con frecuencia el intervencionismo moral de Blair con el del primer ministro liberal de finales del siglo XIX, William Ewart Gladstone, y algo de eso hay. Los encendidos ataques de Blair a las atrocidades perpetradas en Kosovo llevaban a recordar las famosas filípicas de aquél contra los horrores del Imperio otomano en Bulgaria; a su vez, la insistencia de Gladstone en que los países civilizados gozaban de un «derecho moral a entrometerse» cuando otros transgredían las normas del comportamiento civilizado puede considerarse, y con razón, como la progenitora intelectual de la doctrina de la «comunidad internacional» de Blair.

Sin embargo, el moralista gladstoniano que hay en Blair enseguida cedió paso a una figura muy diferente, mucho más nostálgica de los imperialistas que, a la manera de Rudyard Kipling, cargaban con las responsabilidades del hombre blanco. La característica más singular y llamativa de la Guerra de Irak es que no la emprendió esa comunidad internacional que Blair había predicado en su primer mandato; la intervención la emprendió la infamante coalición de voluntarios de Bush, es decir, Estados Unidos, Reino Unido y una pandilla de aliados menores, manifiestamente de tercera fila, en claro desafío al único organismo con derecho a hablar como portavoz de cualquier comunidad internacional digna de ese nombre. El resultado final es que el concepto de intervencionismo moral ha quedado desacreditado, y no sólo en EEUU.

Los efectos sobre el discurso de la nación, y aún más sobre el discurso de la izquierda y el centro izquierda, han sido uniformemente malignos. Aunque un número sorprendentemente elevado de políticos laboristas parezca no darse cuenta de este dato, la intelectualidad radical ha jugado un papel decisivo en la política de la izquierda desde la primera vez que el laborismo se convirtió en un contendiente en la lucha por el poder en los años 20. Las grandes victorias del laborismo, en 1945, 1966, 1997 y 2001, han reflejado en todos los casos una alianza tácita entre la intelectualidad radical y el partido.

El gran éxito del laborismo en 1945 y, de nuevo, en 1966, consistió en que representaba no sólo los intereses de los laboristas, sino también la conciencia progresista. Eso mismo fue aún más cierto en 1997 y, aunque el brillo había empezado ya a desaparecer, todavía era cierto en términos generales en el 2001. Por culpa de los horrores imparables de Irak en una parte muy considerable, pero también de la catarata de leyes de corte represor desde el 11 de Septiembre del 2001, los intelectuales radicales se sienten más desconcertados, más descontentos y más ajenos a la situación que en cualquier otro momento que yo recuerde.

Es posible que Brown consiga curar la herida abierta entre el aparato del partido y la intelectualidad, y yo deseo fervientemente que lo logre. Sin embargo, se le va a hacer muy cuesta arriba y, en el supuesto de que tenga éxito, no le va a deber nada a su predecesor.