¿Blanqueo de delitos?

Juan Pablo II ya es beato. Sin duda tendrá muchos devotos que le pedirán favores y que irán creciendo cuando se vaya corriendo la voz de los milagros, que servirán de prueba para la futura canonización. Tras ver el domingo la espectacular ceremonia de la plaza de San Pedro, dos son las preguntas que me rondan por la mente en torno a la beatificación, una de las más discutidas de la historia junto con la de Pío IX y la beatificación y canonización de Escrivá de Balaguer. ¿Está realmente justificada? ¿A qué puede deberse tanta celeridad?

No creo que haya justificación ético-evangélica para elevar a los altares a Juan Pablo II. Su pontificado, uno de los más largos de la historia, tuvo actuaciones loables, ciertamente, pero también comportamientos muy lejos de la ejemplaridad. Los segundos destacaron sobre las primeras y, en cierta manera, nublaron aquellas. Encuentro a Juan Pablo II cierto parecido con el dios romano Jano, que tenía dos caras, una que miraba hacia adelante y otra hacia atrás, pero, en el caso del Papa polaco, sin lograr la síntesis y el equilibrio entre ambas. La mirada hacia adelante fue una excepción; la mirada al pasado fue una invariante. Veámoslo en el siguiente decálogo.

1. Juan Pablo II fue un Papa moderno en las formas e hizo cosas impensables en sus predecesores: actor en los diferentes escenarios, montañero, viajero incansable. Pero, más allá de las formas, se mostró muy crítico con la modernidad, que consideraba enemiga del cristianismo. Dio respuestas del pasado a preguntas del presente.

2. Fue un Papa muy social como demuestran algunas de sus encíclicas, en las que coloca el trabajo por encima del capital, condena el capitalismo y denuncia sus mecanismos estructurales de opresión. Pero lo que predicaba en las encíclicas lo negaba al condenar a quienes ponían en práctica sus enseñanzas, como los teólogos y las teólogas de la liberación, las comunidades de base, cristianos por el socialismo.

3. Los discursos del papa Wojtyla están llenos de citas del concilio Vaticano II que defienden la igualdad de todos los cristianos y la participación de los seglares en la vida de la Iglesia y en la evangelización. Sin embargo, su modelo de Iglesia fue piramidal y negó cualquier tipo de participación de los laicos en la marcha de la comunidad cristiana.

4. Promovió encuentros de oración y de diálogo con los líderes de las diferentes religiones y movimientos espirituales. Pero generó la división en la Iglesia católica y el desencuentro entre las diferentes tendencias, que en su pontificado se hicieron más acusadas e irreconciliables.

5. Se mostró cercano a los jóvenes, que le aclamaron y respondieron masivamente a sus convocatorias, como la Jornada Mundial de la Juventud. Pero sus mensajes y propuestas apenas sintonizaban con ellos; más bien, estaban muy alejadas de sus inquietudes y problemas. 6. Tuvo un discurso de excelencia sobre las mujeres, al encumbrar su papel de madres, elogiar sus cualidades femeninas, pero era un discurso patriarcal y androcéntrico que las excluía del acceso al mundo de lo sagrado, del ministerio sacerdotal y de puestos de responsabilidad, les negaba los derechos sexuales y reproductivos y las convertía en mayoría silenciada y silenciosa en la Iglesia y en la sociedad.

7. En sus intervenciones públicas, discursos, encíclicas, homilías- defendió la democracia, los derechos humanos y el pluralismo político en la sociedad, que nunca puso en práctica en el seno de la comunidad cristiana, donde impuso el pensamiento único en cuestiones morales, doctrinales y disciplinares, y gobernó autoritariamente.

8. Llenó todo tipo de espacios públicos y fomentó un cristianismo-espectáculo. Pero sacrificó la esencia de la religión, que es la subjetividad y profundidad de la fe. ¿Qué queda de aquellos baños de multitudes, más allá de las imágenes?

9. Se echó en brazos de los movimientos eclesiales neoconservadores, que le acompañaban en sus viajes y sus manifestaciones públicas, y aplaudían sus consignas, al tiempo que se distanció de las más importantes congregaciones religiosas en las que se apoyaron sus predecesores.

10. Demostró un rigorismo moral en materia de sexualidad, al tiempo que fue permisivo con los miles de casos de pederastia que llegaban a la Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigida por el cardenal Ratzinger.

En esta última contradicción quizá se encuentre la respuesta a la segunda pregunta: ¿por qué tanta celeridad en la beatificación? Puede tratarse de un blanqueo de delitos. Con su silencio durante tres décadas, Juan Pablo II y Benedicto XVI se hicieron cómplices y encubridores de miles de casos de pederastia. Con la subida de Juan Pablo II a los altares, ambos lavan su culpabilidad y ven perdonado su delito de silencio. Es solo hipótesis.

Por Juan José Tamayo, filósofo y teólogo.

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